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Israel lleva victimizándose desde su fundación en 1948. La narrativa de la “única democracia en Oriente Próximo” que actúa por supervivencia frente a un vecindario hostil contrasta con la realidad, tanto por el funcionamiento del Estado hebreo como por las relaciones con sus vecinos. En la práctica, Israel es un etno-Estado nuclear que reclama más y más territorio nutriéndose del revisionismo histórico y provocando incontables crímenes de guerra por el camino. En su versión más extrema, el sionismo quiere extender su control desde Egipto hasta Arabia Saudí.
El 7 de octubre de 2023, Hamás atacó primero. La respuesta israelí, sin embargo, evidencia que al primer ministro Benjamín Netanyahu no le interesa ni salir de la Franja de Gaza ni traer de vuelta a los rehenes. Los miembros de su gabinete piden la limpieza étnica del territorio: las cifras oficiales superan los 40.000 asesinados. Mientras tanto, la destrucción es tal que sólo retirar las 40 millones de toneladas de escombros llevaría quince años. Por si fuera poco, las negociaciones con mediación internacional no se han consolidado y no se descarta una escalada que afecte a todo Oriente Próximo.
Guerras y refugiados palestinos
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