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“Una casa en la playa ya no es un sueño”. Así anunciaba una inmobiliaria israelí un supuesto proyecto delante del mar en una zona de la Franja de Gaza que Israel redujo a escombros. Aunque el propietario aseguró que era una broma, la publicación ilustra la deshumanización en parte de la sociedad israelí ante el sufrimiento palestino. La guerra contra Hamás está siendo un castigo colectivo en uno de los territorios más densamente poblados del mundo y una oportunidad para que Israel siga expandiendo sus fronteras.
Tras el ataque de Hamás en octubre, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu se propuso erradicar a la organización islamista, pero su cúpula sigue casi intacta. Sin embargo, las fuerzas israelíes han asesinado a más de 25.000 palestinos en Gaza. Un 70% son niños y mujeres. El 85% de los gazatíes han sido expulsados de su hogar y están acorralados en el sur del enclave. La relatora de la ONU para los Territorios Palestinos, Francesca Albanese, ya avisó en octubre del peligro de una limpieza étnica, y ahora la Corte Internacional de Justicia ha ordenado a Israel adoptar “todas las medidas” para evitar el genocidio.
Una derecha incendiaria
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