Los últimos años del reino visigodo de Toledo transcurrieron entre la atomización del poder, la inestabilidad política y luchas por suceder el trono. El Califato omeya, ya expandido al norte de África, aprovechó una sucesión conflictiva para que sus tropas cruzasen el estrecho de Gibraltar en el año 711. Comandada por el caudillo bereber Tariq bin Ziyad, la conquista se vio facilitada por la escasa resistencia visigoda y los pactos con poderes locales.
El avance musulmán atravesó los Pirineos y llegó hasta la derrota contra los francos en la batalla de Poitiers del 732. La presencia musulmana quedó limitada entonces a la península ibérica, llamada Al Ándalus, y se mantendría durante ocho siglos. Sin embargo, en el norte sobrevivió un enclave que sería el germen de los reinos cristianos. Estos emprendieron el proceso de Reconquista, cuyo punto de partida se sitúa con la victoria de Pelayo en la batalla de Covadonga del 722.
La batalla de Covadonga, entre verdad y mito
Tras la caída del Imperio romano en el siglo V, en el norte peninsular habían surgido poderes locales con cierta independencia del reino visigodo. Pelayo, un posible noble, pudo pertenecer a una de estas sociedades, en Asturias, aunque tampoco se descarta un vínculo con los visigodos. En cualquier caso, habría estado sometido al gobernador musulmán del norte, Munuza.
En el 718, la zona vivió una rebelión posiblemente a causa del cobro de impuestos que las autoridades musulmanas exigían a los cristianos. Pelayo, elegido princeps, encabezó aquella rebelión, pero acosado por una expedición musulmana se refugió con sus fuerzas cerca del monte Auseva. En esta zona agreste y de difícil acceso tuvo lugar la batalla de Covadonga, en la que sus reducidas tropas habrían vencido a un gran ejército musulmán con ayuda de la Virgen.
Algunos historiadores sitúan la batalla tras la rebelión en el 718, otros la ubican en el 722 e incluso hay quienes cuestionan que hubiera ocurrido. Con todo, los musulmanes se retiraron, pero en su huida por las montañas quedaron sepultados por un corrimiento de tierra que habría demostrado la intervención divina. La derrota también obligó a Munuza a retirarse, pero moriría en una nueva emboscada astur.
Don Pelayo en las fuentes
Pese a la escasez de fuentes, las primeras menciones a Pelayo las hicieron las crónicas de Alfonso III y la albeldense de finales del siglo IX. Según las crónicas alfonsinas, Pelayo era un noble visigodo, primer rey de la monarquía astur, que inició la rebelión y lideró la resistencia cristiana gracias a la ayuda divina. Por otro lado, las crónicas musulmanas reducen el número de rebeldes y su relevancia, mientras que la Crónica mozárabe del 754, más cercana al episodio de resistencia, no recoge la hazaña pelagiana.
Todo ello ha generado un debate entre los historiadores sobre los hechos de la batalla de Covadonga y su importancia en la rebelión de Pelayo. La academia también coincide en señalar que tanto las crónicas alfonsinas y latinas como las musulmanas deforman la realidad para adecuarla a sus intereses. De hecho, las alfonsinas presentan a Pelayo como un noble emparentado con la realeza visigótica para legitimar a Alfonso III y establecer una continuidad de su reinado con el visigodo.
Del reino astur a la Reconquista
La rebelión de Pelayo y la victoria en la batalla de Covadonga no amenazaron el dominio andalusí, que viviría su esplendor durante los siguientes tres siglos. No obstante, sí propiciaron un nuevo reino con capital en Cangas de Onís. El reino astur se extendió hasta el siglo X, cuando fue sucedido por el leonés, alcanzó el río Duero y llevó a cabo procesos de repoblación para habitar los territorios conquistados.
Ese avance de los núcleos cristianos del norte peninsular dio comienzo a la Reconquista, que finalizaría con la toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492. Este término, que funcionó para legitimar el expansionismo de aquellos reinos, surgiría en el siglo XIX en pleno auge del nacionalismo. Ya en el siglo XX se popularizó durante la dictadura franquista, con una historiografía que lo usó para presentar la historia de una España cristiana que había expulsado al invasor después de ocho siglos.






