Durante los reinados de Juan II (1406-1454) y Enrique IV (1454-1474), la Corona de Castilla consiguió controlar e imponerle tributos al Reino de Granada y extender su territorio. Desde 1482, los Reyes Católicos emprendieron una serie de campañas para doblegar al reino nazarí, último reducto musulmán de la península ibérica y sur de la Andalucía actual.
Para el reinado de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, 1492 fue un annus mirabilis. Junto a la llegada de Cristóbal Colón a América, la expulsión de los judíos y la publicación de la Gramática castellana de Antonio de Nebrija, ese año fue testigo primero de la toma de Granada, que consumaba la Reconquista de los reinos cristianos. Las luchas internas marcaban al reino nazarí, y los Reyes Católicos las aprovecharían para aumentar la presión y reforzar su control sobre Granada. Finalmente, las victorias castellanas en el campo de batalla sellaron el destino de un reino debilitado que se rendiría el 2 de enero de 1492.
La guerra de Granada
Aunque Castilla y Granada habían firmado treguas a lo largo del siglo XV, las incursiones fronterizas en territorio enemigo no eran infrecuentes. De hecho, durante la guerra de sucesión castellana, el emir granadino Muley Hacén continuó las operaciones militares en la frontera. En 1481 arrebató la localidad de Zahara (Cádiz) a Castilla, lo que utilizaría Isabel para justificar al año siguiente una guerra ya predecible.
En la ofensiva, las tropas castellanas ocuparon la Alhama (Granada) y lanzaron ataques, con escaso éxito, sobre Málaga y Loja. Mientras tanto, los conflictos internos se intensificaron hasta el punto de que Boabdil se alzó contra su padre, Muley Hacén, quien huyó a Málaga. Obligado a demostrar su poderío, Boabdil planeó el ataque a Lucena (Córdoba), pero sería hecho prisionero. Su captura brindó a los Reyes Católicos una gran oportunidad: entrar de lleno en las crisis internas nazaríes para debilitar más al enemigo.
Los tres pactos de Boabdil
Los Reyes Católicos negociaron entonces una tregua con Boabdil, que, a cambio de su liberación, aceptó su vasallaje a Castilla. En 1485, Muley Hacén fue sucedido por su hermano Mohammed XII, conocido como el Zagal, quien había logrado varias victorias frente a los castellanos. Su reinado, sin embargo, estuvo salpicado por las divisiones internas contra los partidarios de Boabdil. Las ofensivas castellanas prosiguieron, con las capturas desde 1485 de plazas fuertes e importantes como Ronda, Loja y Málaga.
En 1486, las tropas castellanas volvieron a apresar a Boabdil, que de nuevo pactó su liberación con los Reyes Católicos. Además, logró una tregua con Castilla para destronar al Zagal, lo que consiguió en 1487, desplazando a su tío a Baza. El tercer pacto de Boabdil con los Reyes Católicos se acordó ese mismo año: estipulaba la entrega de la capital nazarí a cambio de un territorio en la zona oriental de Granada. En 1489, la toma de Baza certificó la derrota del Zagal, que también entregó Almería.
Boabdil, sin embargo, no cumplió con su parte del pacto ante la perspectiva de una escasa concesión de territorios y decidió resistir en Granada. Comenzaba entonces la fase final de la guerra que se alargó hasta 1491, con el fin del asedio que sometía a la ciudad.
Las Capitulaciones de Granada como fin de la Reconquista
El 25 de noviembre de 1491, Boabdil firmó el acuerdo de la rendición de Granada. En estas capitulaciones, el emir granadino aceptaba entregar la ciudad a Castilla, mientras que los Reyes Católicos garantizaban a los musulmanes tolerancia religiosa, el mantenimiento de ciertas costumbres y la posibilidad de emigrar a territorio musulmán. Tras una década de guerra, Boabdil entregaba la ciudad el 2 de enero de 1492 a los Reyes Católicos, que culminaban la Reconquista.
Con la toma del reino, los musulmanes que decidieron quedarse en territorio cristiano pasaron a llamarse mudéjares, cuya integración en la sociedad castellana supondría un reto para el gobierno de los Reyes Católicos. El arzobispo de Granada y confesor de Isabel, fray Hernando de Talavera, se encargó de implantar una evangelización progresiva, pero su escaso éxito llevó a que el arzobispo de Toledo, el cardenal Cisneros, lo sustituyera en 1499.
Bajo tutela de Cisneros, la política religiosa giró 180 grados. Se impulsó el bautismo a los mudéjares y la conversión de mezquitas en iglesias, pero la impopularidad de las medidas desencadenó revueltas de musulmanes entre 1500 y 1501. A raíz de estos altercados, los Reyes Católicos firmaron la Pragmática del 14 de febrero de 1502, que decretaba la expulsión de los mudéjares de la Corona de Castilla o su conversión al cristianismo.