Cultura Europa

Al Ándalus y la distorsión interesada de la Historia

Al Ándalus y la distorsión interesada de la Historia
Hasday ibn Shaprut, judío andalusí, médico personal del califa y embajador en la corte del cordobés Abderramán III. Cuadro de Dionís Baixeras (1885). Fuente: Cosas de Andalucía

Es difícil entender el Renacimiento europeo sin Al Ándalus. El nacionalcatolicismo afirma que es un paréntesis en la Historia de España en una narración histórica que persigue dividir el pasado y el presente entre civilización —Occidente— y barbarie —islam—, mientras que el yihadismo lo considera su paraíso perdido. Ambos interpretan interesadamente la Historia.

En las primeras líneas de La cárcel del feminismo, la autora musulmana sirio-granadina Sirin Adlbi Sibai explica que se animó a escribir el libro porque un profesor le preguntó para qué iba a escribir una musulmana con hiyab una tesis doctoral. Una conducta cargada de islamofobia de género que, aunque no sea visible a priori, mantiene un trasfondo fuertemente enraizado en los relatos construidos históricamente del otro en los que el islam es el enemigo.

En el caso de España, la otredad respecto del islam se ha construido en torno al imaginario de Al Ándalus, un período de alrededor de 800 años de Historia de la península ibérica encasillado desde el nacionalcatolicismo franquista como un paréntesis en la Historia de España. Pero datar el nacimiento de España es difícil; existe un amplio debate en el que las horquillas manejadas oscilan desde los siglos XV y XVI hasta el XIX. Solo podemos asegurar que lo que hoy constituye España hunde sus raíces tanto en la Hispania romana como en la Historia de los visigodos, celtas e íberos, mientras que respecto del periodo andalusí existe un fuerte rechazo en tanto se excluye como un pasado legítimo e influyente en la construcción de España y Portugal.

Esta visión distorsionada de la Historia andalusí trasciende las fronteras peninsulares. La creciente islamofobia en todo Occidente abraza las teorías del “choque de civilizaciones”, desde las que se ve en el islam un enemigo amenazante y en las que la caída de Al Ándalus —haciendo referencia a las cruzadas— constituye una victoria de la civilización occidental contra la barbarie islámica. A su vez, en esta polarización entre buenos y malos, “nosotros” y “ellos”, se ven favorecidos los grupos salafistas yihadistas, que ven potenciadas las narrativas que instrumentalizan como método de captación.

Para ampliar: “El fantasma de la media luna en Europa”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2017

El Renacimiento antes del Renacimiento

En la Edad Media, el continente europeo se encontraba en un período relatado hoy como una etapa de dilatada oscuridad y letargo cultural, una Europa decadente que añoraba los tiempos en los que el Viejo Continente brillaba con las civilizaciones de Roma y Grecia y que no vería su vuelta a la vanguardia cultural hasta que en los siglos XV y XVI surgiera, desde Italia hacia el conjunto de Europa, el Renacimiento de la cultura grecolatina. El relato occidental, etnocéntrico, de siglos de oscuridad cultural en el Medievo obvia la existencia de la civilización islámica, que desde ambas orillas del Mediterráneo escribe la Historia del esplendor medieval en árabe. Desde un Al Ándalus arabizado e islamizado se camina hacia el Renacimiento antes del propio Renacimiento.

Para ampliar: “Rumbo al Renacimiento. Ciencia y tecnología en Al Ándalus”, Emilio González Ferrín, 2007

Mientras la Europa cristiana se mantenía en su letargo cultural, la civilización-cultura islámica se situó a la vanguardia comercial, cultural y científica, un esplendor que se aprecia en el califato abasí (750-1258), bajo cuyo amparo se desarrolla —y se convierte en oficial durante muchos siglos— la escuela islámica Mu’tazila, cuya dedicación se orientó a la traducción e interpretación de obras filosóficas griegas y a la difusión de una teología islámica racionalista. A esta corriente teológica pertenecen algunos filósofos, como el centroasiático Al Farabi o el conocido médico persa Avicena, respectivamente llamados el “maestro segundo” y “maestro tercero” —el primero sería el filósofo griego Aristóteles—. Al Farabi es considerado el mayor traductor y difusor en árabe del maestro griego. Avicena, además de su trabajo sobre Aristóteles y el neoplatonismo, escribió el importante tratado El canon de la medicina, que sería estudiado en las facultades de Medicina europeas hasta entrado el siglo XIX.

Al Ándalus, como parte de la civilización y cultura islámica, recibe el influjo cultural e intelectual desde Oriente Próximo y África del Norte. Se desarrollaron disciplinas como la agricultura, las matemáticas, la poesía o la medicina. Mediante la obra del filósofo musulmán cordobés Averroes —quien fue, junto con el médico judío Maimónides, el más influyente filósofo andalusí—, se transmite el pensamiento aristotélico al resto de Europa continental.

Para ampliar: “La filosofía en Al Ándalus”, Miguel Manzanera Salavert, 2011

Lo esencial en la vanguardia cultural islámica fue la preservación de la “razón helenística” entre los filósofos musulmanes como Al Farabi, Avicena o Averroes, que posteriormente dará paso a la etapa del Renacimiento europeo y siglos más tarde evolucionaría hacia la democratización de Europa bajo los principios de la Revolución francesa. Es por ello por lo que entender Al Ándalus como “un paréntesis” es amputar parte de los cimientos de la Historia de España y Europa.

La Reconquista, el mito nacionalcatólico

A pesar de que la construcción de los Estados nación de hoy está íntimamente ligada al desarrollo integral de su Historia, existe una difundida visión que niega el legado andalusí como parte de esta construcción. Desde el nacionalcatolicismo, Al Ándalus se concibe como una discontinuidad invasiva y extranjerizante en la Historia de España. La idea de España está así única e indisociablemente ligada al desarrollo del catolicismo, que a su vez hunde sus raíces en un glorificado Imperio romano. En 2008 el polémico cardenal y arzobispo español Antonio Cañizares decía que “España” luchó durante ocho siglos contra el islam para afianzar la fe católica y que por tanto el cristianismo constituye el alma de la nación, excluyendo con ello todo lo árabe e islámico —y, por ende, lo andalusí— de esa “España”.

Estatua en Covadonga (Asturias) de don Pelayo, primer rey asturiano, ensalzado por la épica nacionalcatólica, según la cual frenó el avance musulmán e inició la “Reconquista” de España. Fuente: Wikimedia

El cardenal Cañizares estaba apelando al concepto de “Reconquista”, un término inventado y popularizado por historiadores y arabistas de tendencia nacionalista durante los siglos XIX y XX, puesto que nunca antes se refirió nadie al proceso de conquista cristiana de la península ibérica con ese nombre. La excluyente acuñación de esta épica está íntimamente ligada a la construcción contemporánea de la identidad nacional española. La intención es asociar la Historia imperial de Hispania y las etapas visigodas con la España actual, a pesar de que nunca hubo continuidad territorial ni institucional entre aquellas y la España contemporánea.

Para ampliar: “Reconquista, un concepto tendencioso y simplificador”, Alejandro García Sanjuán, 2018

Durante el siglo XIX, arabistas como Eduardo Saavedra o Francisco Javier Simonet calificaron de “catástrofe nacional” los siglos de Historia andalusí, cuando el invasor musulmán aplastó los derechos y las libertades civiles de España. Ambos realizan una distorsión anacrónica del pasado en tanto que en la Edad Media el concepto de “España” era marginal o desconocido —en favor del muy distinto “monarquía hispánica”— y tales derechos y libertades no empiezan a contemplarse filosófica y jurídicamente hasta el siglo XVIII. Es sobre esta supuesta catástrofe que se justifica la existencia de la “Reconquista”, con lo que se resta legitimidad histórica, jurídica y cultural a Al Ándalus como expresión de la barbarie que supone el islam para el nacionalcatolicismo desde la llegada árabe a la península ibérica en el 711 hasta la toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492.

Toda mitología requiere, además, de personajes y batallas encumbrados como hitos y referentes histórico-culturales. En la denominada Reconquista, resalta por encima de todo un nombre: el Cid Campeador, un noble burgalés que constituye el paradigma de heroísmo y estrategia militar cristiana en la “guerra contra los moros”. Sin embargo, el Cid fue un mercenario que pasó tanto o más tiempo en las tierras musulmanas de Al Ándalus como en los reinos cristianos.

Para ampliar: ”El Cid Campeador y los musulmanes”, David Porrinas, 2018

El mito de la catástrofe y la Reconquista sigue calando socialmente. Todavía es común pensar en Al Ándalus como la “anti-España”, un territorio histórico y cultural alejado de la construcción del “nosotros”. De hecho, en las últimas décadas parece haber resurgido esta mitología nacionalista con obras como la del historiador César Vidal, autor de España frente al islam. De Mahoma a Ben Laden, o el arabista Serafín Fanjul, autor de Al Ándalus contra España.

Autoras como la historiadora María Elvira Roca Barea y su libro Imperiofobia y la leyenda negra se han convertido en voces destacadas en el acelerado rearme intelectual del nacionalcatolicismo y consideran que el nacionalismo español no existe ni existió basándose en que los nacionalismos son excluyentes y España nunca lo fue. Pero el nacionalismo español existe y es igual de excluyente e identitario como pueden serlo los demás. Los lemas principales de la campaña del partido de ultraderecha Vox en las elecciones andaluzas de diciembre de 2018 hacían referencias continuas a esta épica asegurando que “la Reconquista comenzará en tierras andaluzas”, aquellas desde las que se expulsó al invasor musulmán en las Navas de Tolosa y que consiguió en Granada la rendición de Boabdil —último rey andalusí— en 1492.

Del enemigo rojo al enemigo verde

¿Por qué en los casos del Imperio romano, las civilizaciones íbera y celta o los reinos visigodos resulta incuestionable la continuidad histórica hacia la España moderna mientras se niega la legitimidad de Al Ándalus a formar parte de esa misma continuidad? La exclusión de los ocho largos siglos de cultura andalusí como parte de la memoria de España y Europa no responde a una lectura inocente de la Historia, sino que se enmarca en una contraposición interesada entre un “ellos” —el islam— y un “nosotros” —Occidente— que trasciende lo meramente hispánico.

La idea de Al Ándalus como un paréntesis en la Historia de España, el concepto de “Reconquista” y la consecuente expulsión de los musulmanes por parte de los cristianos mediante una cruzada liderada por los Reyes Católicos son elementos de la tradición nacionalcatólica revitalizados en la narrativa islamófoba del “choque de civilizaciones”, concepto popularizado en 1993 por el politólogo Samuel Huntington, quien consideraba que los conflictos internacionales tras el fin de la Guerra Fría estarían marcados por unas diferencias culturales insalvables entre civilizaciones —de las cuales Occidente es una y el islam, otra—.

Para ampliar: “Huntington y el nuevo orden mundial”, Alejandro Salamanca en El orden mundial, 2017

En 2004 el expresidente del Gobierno español José María Aznar decía en una conferencia universitaria sobre terrorismo que el problema de España con Al Qaeda se remonta al siglo VIII; dos años más tarde, sugirió que los musulmanes debían pedir perdón por “ocupar España durante ocho siglos”, pese a que por entonces no existía España ni tampoco Al Qaeda. De este modo, el expresidente conectaba la lectura nacionalcatólica de la Historia de España con el discurso xenófobo e islamófobo que está creciendo en Occidente, donde líderes nacionales como el presidente de Hungría, Viktor Orbán, consideran que los musulmanes no son refugiados, sino “invasores”.

El preocupante crecimiento de incidentes islamófobos en los últimos años va aparejado al auge de las extremas derechas en Europa y todo Occidente. Fuente: Anadolu Agency

Hasta la caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética entre 1989 y 1991, la amenaza para la civilización era de color rojo —el comunismo—. Tras el fin de la Guerra Fría era preciso proveer al imaginario occidental con un nuevo enemigo exterior que reafirmase su cohesión e identidad y la amenaza se tornó de color verde: el islam recogió el testigo como antítesis de la civilización. Mientras Occidente se erige como centinela de las libertades, la democracia y los derechos humanos, el islam —como antes el comunismo— es sinónimo de barbarie y autoritarismo.

La última gran derrota del mayor enemigo rojo, la Unión Soviética, fue la guerra de Afganistán en los años 80. El apoyo financiero y militar de EE. UU. a los grupos muyahidines —enemigos de la URSS y germen del futuro movimiento talibán— constituyó un preludio involuntario, pero paradójico, de este cambio cromático. Y, aunque EE. UU. no fundó Al Qaeda, como en ocasiones se afirma, su auxilio a los islamistas afganos sí alimentó el posterior nacimiento de esta organización terrorista, considerada enemiga principal de Occidente tras los atentados del 11S.

La otra Reconquista

Al Ándalus siempre se ha contemplado en la literatura arabo-musulmana desde la nostalgia, como un paraíso perdido y un período de esplendor en una Edad Media en la que el resto de Europa se encontraba en la oscuridad cultural. Esta idea nostálgica de paraíso terrenal se rellena de contenido según quién la narre, puesto que funciona como un motor importante en la construcción de la identidad. Si la narrativa impuesta desde la perspectiva occidental es excluir Al Ándalus como parte de la Historia e identidad de España y Europa, también los grupos terroristas salafistas encuentran en la Historia andalusí una excusa ideológica y propagandística para justificar y encuadrar su lucha en un escenario globalizado.

Antes que el grupo terrorista Dáesh, grupos como Al Qaeda, Al Shabab en Somalia o Boko Haram en Nigeria se han remitido a Al Ándalus como un paraíso perdido. En muchas ocasiones, militantes de Al Qaeda han hecho referencia directa a pretensiones de recuperar Al Ándalus; ya en 2001, comparaban la pérdida de Al Ándalus con la causa palestina. Las amenazas desde el Dáesh, aunque han sido menos numerosas que las de Al Qaeda, han gozado de mucha notoriedad, quizá debido a la sobredimensión del problema del terrorismo contemporáneo. Se viralizaron imágenes de banderas del Dáesh desde monumentos españoles a modo de amenaza y vídeos de militantes donde se afirma que España es la tierra de sus antepasados y les pertenece o el famoso vídeo del yihadista español apodado el Cordobés, quien tras los atentados del 17 de agosto de 2017 en Barcelona reclamaba venganza por los asesinatos de musulmanes andalusíes por los “cristianos españoles”, una instrumentalización tan distorsionada, anacrónica e interesada de la Historia de Al Ándalus como la que se hace desde el nacionalcatolicismo.

La glorificación de Al Ándalus por los yihadistas funciona exclusivamente como mito movilizador e identitario para su tarea de reclutamiento, por lo que es un error tomarse estas amenazas en su literalidad. Ni siquiera entre 2014 y 2015, cuando el Dáesh tenía mayor capacidad operativa, supuso una amenaza para la integridad territorial de España o de cualquier otro país europeo, como en ocasiones reflejan torpemente algunos medios de comunicación, que crean una alarma social infundada e innecesaria a la vez que se potencia la islamofobia.

Imagen difundida por el Dáesh en la que muestra su bandera frente al palacio andalusí de la Aljafería, en Zaragoza. Fuente: El Confidencial

La radicalización terrorista se produce en un escenario de acción-reacción entre un enemigo hipotético —Occidente, “ellos”— y los terroristas —islam, “nosotros”—, un proceso impulsado, entre otras causas, por la existencia de una narrativa islamófoba que permite la canalización de las frustraciones personales mediante la contraposición interesada entre Oriente y Occidente. Sin una masa de población ligada a identidades excluyentes, menguan las posibilidades de que la frustración desemboque en radicalización y terrorismo, puesto que no existiría confrontación narrativa suficiente para autojustificarse en un discurso bélico de choque de civilizaciones.

Para ampliar: “¿Islam vs Occidente? / ¿Estado islámico vs islam?”, Javier Blanco, 2016

La Historia no es más que un relato sobre el pasado construido interesadamente, una elaboración narrativa que da sentido y continuidad a identidades contemporáneas. Es difícil construir la Historia bajo el amparo de la objetividad; sin embargo, construir un relato de nuestro pasado no es una cuestión baladí: de ello depende que las identidades actuales sean excluyentes y polarizantes o, por el contrario, estén fundamentadas en la tolerancia y el respeto que supone un pasado y presente en común.

11 comentarios

  1. Buenas, Javier.
    Como compañero en EOM te hago un par de comentarios quisquillosos de historiador a tu buen texto:
    1 – Hay que tener mucho cuidado al citar a González Ferrín, especialmente si en el mismo texto se cita a Alejandro García Sanjuan. Ferrín es un tío bastante denostado entre la comunidad de historiadores especializados en Al Andalus porque sus interpretaciones son bastante problemáticas (por no decir fantasiosas) y porque se sabe que ha omitido evidencias históricas para favorecer ciertas tesis negacionistas. García Sanjuan, Manzano Moreno y el grupo de investigadores del CSIC que llevan el proyecto «Al Andalus y la historia» sí son buenos historiadores y han tratado el periodo con seriedad y rigor, a diferencia de González Ferrín. Este punto es importante porque Ferrín es continuador de las tesis negacionistas de Olagüe que son un tremendo fraude historiográfico.
    2 – Aunque Roca Barea, Fanjul y Vidal sean superventas, no son autores de mucho prestigio dentro de la historia.
    3 – No es oro todo lo que reluce. En Al Andalus tambiñen hubo muchísimos episodios de intolerancia religiosa e intelectual.

  2. Siendo tan objetivo como este artículo, mi comentario mantendrá lala mis línea editorial que esta publicación, concluyendo mis opiniones críticas y objetivas como historiador, que vaya basura ha escrito.
    1-Consulte fuentes originales, leerá palabras y conceptos que se dan por «inventadas» por el catolicismo, en este artículo.
    2-Lea a historiadores, por ende no lea a novelistas históricos, no son lo mismo.
    3-Para escribir sobre historia primero leala y entiendala, no sé quede solo intérpretar lo que entienda según su ideología, ya que acabará escribiendo este tipo de mierda.
    Fdo: un historiador cansado del intrusismo histórico y del «yo se de historia»

  3. Buenas, Alejandro.
    Me agrada que te haya gustado el texto. No hay apunte sobrante, por quisquilloso que pueda ser; en los matices está el conocimiento. Te respondo por los mismos puntos que me has indicado, por no liarnos.
    1- He incluido a los dos en el mismo texto a propósito. Disfruto mucho leyendo (y escuchando) tanto a Ferrín como a Sanjuan, y honestamente creo que ideológicamente no persiguen una finalidad muy distinta; espero no equivocame. El debate historiográfico que están protagonizando ambos es en ocasiones bochornoso por el tono y forma de las respuestas. Que Sanjuan dedique casi un libro entero a las tesis de Ferrín es un poco desafortunado. Aunque las tesis de Ferrín son bastante polémicas considero que es positivo que haya conseguido complejizar el debate. Es cierto que quizá Ferrín peque de cierta vehemencia en algunas de las afirmaciones que en su obra expone. Lo que creo que no está justificado es el acoso y derribo, académico y extra-académico, contra la credibilidad y persona de Ferrín.
    2- Completamente de acuerdo, ni Vidal ni Roca Barea han sido nunca unos académicos de prestigio, pero el hecho de que sean unos superventas posibilita un espacio mediante el cual sí se puede hegemonizar un relato; de ahí la posibilidad del rearme intelectual del nacionalismo. En cuanto a Fanjul, este sí gozó de prestigio antes de librar su particular cruzada contra el islam.
    3- También muy de acuerdo. El mismo Averroes tuvo que exiliarse durante el mandato almohade, quienes paradógicamente le permitieron desarrollar su obra. Un tema como Al Ándalus, expuesto en un texto de estas dimensiones no permite explayarse lo suficiente como para tocar todas las etapas, por ello he optado por seguir la visión de María Rosa Menocal, quien mediante su obra «La joya del mundo: musulmanes, judíos y cristianos, y la cultura de la tolerancia en Al Ándalus» espone la necesidad de mostrar «otro islam», obligados/as por un contexto post 11-S en el que el islam es visto en Occidente, en muchas ocasiones, como un extranjero y un enemigo.

  4. Como tú como historiador escribas historia tan bien redactada como este comentario, no me extraña que tengan que venir otros a divulgarla de una manera que alguien la entienda. Compro tilde y resuelvo.

  5. No creo que los españoles en general veamos la época musulmana como una catástrofe. Ese debate está en los expertos, por el uso de ciertos grupos, anti y a favor. Y no en la calle. Todo el mundo conoce la superioridad intelectual de la etapa árabe sobre la cristiandad de la edad media. En cuanto a superioridad moral, la visión fuera de contexto anula cualquier planteamiento. Revisar la historia es necesario, pero adjudicarse la superioridad de un grupo o ideologia sólo es útil a los fanáticos.

  6. Hola Javier! me ha encantado leer tu artículo. Nunca me había planteado que la historia de Al-Ándalus pudiese estar un tanto tergiversada hasta en los términos para referirse a ella. Me has hecho reflexionar. Gracias 🙂

  7. Este artículo solo puede escribirlo alguien que nunca se ha leído ni un solo libro de Historia de España, y que, por supuesto, ni en sus mejores sueños ha tenido en sus manos una fuente primaria medieval. Da incluso la sensación de no haber pisado jamás una universidad. Porque lo primero que cualquier profesor decente (e incluso muchos indecentes) te enseña es a ser crítico y lo más objetivo posible. Es decir, a no tener prejuicios ideológicos, o al menos, no consentir que esos prejuicios contaminen cualquier investigación que hagas en tu vida, desahuciando de tu cabeza leyendas negras y doradas y cánticos de sirenas de unos y otros.

    Y este autor tira por la borda a autores objetivos como Fanjul o Roca Barea (de esos que investigan entre Escila y Caribdis) y sin haber tenido un libro en su mano, pontifica desde prejuicios «progresistas» y actuales acerca de temas sobre los que tiene una ignorancia pasmosa. Tira por la borda la Reconquista, perfectamente plausible para la Edad Media, no como palabra, pero sí como concepto (tampoco ningún medieval hubiese empleado el término «Edad Media», ni un bizantino el término «Imperio bizantino», ¿y qué?). En el colmo de la ignorancia, incluso desconoce el concepto de nación de los tiempos premodernos y cree poder definir (para desmentir) la nación con algo tan westfaliano y decimonónico como lo institucional y lo estatal-territorial.

    A quien no le guste lo que voy a decir, que se aguante, pero prefiero mil veces antes a un autor renombrado y de referencia como Fanjul (ex militante del PCE, nada sospechoso) que a un articulista nacido en el 1992 y quizás sin estudio universitario alguno.

  8. Muchos conceptos historicos hunden sus raíces en el romanticismo del siglo XIX, perpetuando sus errores hasta el XX y más allá.

    No obstante, me parece que si admitimos que hubo una conquista, y que los conquistadores (o más propiamente sus herederos) fueron expulsados definitivamente siglos más tarde, no es del todo impertinente hablar de una reconquista, por lenta que fuera. Bien que sus contemporáneos no usaran el término reconquista, sería muy difícil explicar que desde unos pequeños reductos por las asturias y los pirineos se acabaran destruyendo los reinos islámicos peninsulares sin una mentalidad conductora, como parece subyacer en algunas ideas antiguas como la pérdida de España (sin entrar ahora a debatir lo que querían decir por España), o la vocación de los monarcas cristianos por ser «rex hispanorum» o «hispaniarum», o el valor como recurso ideológico y motivacional de la religión, o el mismo hecho de que la expansión de los reinos cristianos se diera hacia el Sur peninsular como vector de conquista territorial.

    Aunque puedan reconocerse las aportaciones del islam a la cultura europea, me parece un hecho claro que somos herederos directos de otra rama cultural, manifestado claramente en la religión, la tradición política y jurídica, la filosofía y las ciencias, las costumbres y hasta la gastronomía (sin desdeñar, insisto aportaciones desde el islam).

    Y no me parece por tanto, ilógico, que los historiadores hayan privilegiado la continuidad desde una historia, llamémosla europea, frente a otra, llamémosla africana, que en puridad, nunca llegaron a fusionarse como resultado final (sin desdeñar, vuelvo a insistir, en sincretismos que de hecho se han producido históricamente, pero no como el hecho sustancial de la historia de España entre islam y cristianismo).