27 de noviembre de 1868

27 de noviembre de 1868: el emperador japonés traslada su residencia a Edo, que pasaría a llamarse Tokio

El traslado en 1868 de la corte imperial japonesa a la ciudad de Edo representó el traspaso del poder político del clan samurai Tokugawa al emperador Mutsuhito. La restauración Meiji terminó con el aislacionismo e inició una rápida modernización que sentaría las bases del Japón contemporáneo.
27 de noviembre de 1868: el emperador japonés traslada su residencia a Edo, que pasaría a llamarse Tokio
Representación de 1869 del emperador Mutsuhuito y su corte yendo de Kioto a Edo, futura Tokio. Fuente: Alfred Roussin (Wikimedia Commons)

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Llamado así por la ciudad donde se ubicaba la sede política, el periodo Edo (1603-1868) logró la reunificación de Japón y casi dos siglos de paz. Se caracterizó por el semifeudalismo y un aislacionismo ante el temor a la colonización occidental. Por ello, se expulsó a los misioneros europeos, se prohibieron los viajes al exterior y se restringió la entrada de extranjeros, salvo los comerciantes holandeses, chinos y coreanos.

Durante este periodo, el poder político y militar estaba en manos del shogunato, un Gobierno militar liderado por el clan Tokugawa. En cambio, el emperador, asentado en la ciudad de Kioto, solo tenía el poder espiritual y religioso. Tras años de conflictos internos que desgastaron al shogunato, el traslado de la corte imperial a Edo en 1868 simbolizó su caída para dar paso al Japón imperial.  

La apertura al exterior fue el fin del shogunato Tokugawa

La estabilidad del periodo Edo permitió aumentar la producción de oro, plata y arroz, así como desarrollar nuevas actividades económicas precapitalistas, como el comercio. Esto incrementó el poder y las ambiciones de otros clanes de samuráis, que constituían la élite militar que dominaba los feudos, lo que acentuó desde el siglo XIX sus tensiones con el shogún. Esta oposición utilizó las presiones extranjeras contra el aislamiento japonés para alimentar un discurso ultranacionalista.

Cuando los estadounidenses forzaron la apertura del comercio en 1853, junto con unos tratados favorables a Washington, los contrarios a Tokugawa lo interpretaron como una muestra de debilidad y se acercaron al emperador. La crisis económica causada por los tratados comerciales impulsó un movimiento ultranacionalista que veneraba al emperador y quería expulsar a los bárbaros. Pero para sus líderes era una estrategia con la que desgastar al shogunato a través de revueltas donde disponían de una superioridad militar gracias al armamento que, paradójicamente, habían comprado a los occidentales. 

La incapacidad de mantener el orden deterioró la autoridad del shogunato, que en 1863 hizo efectiva la orden del emperador para expulsar a los extranjeros. Esto suponía reconocer su poder político, que hasta entonces era simbólico. La oposición siguió instigando rebeliones para presionar al shogún Keiki hasta que cedió el poder político al emperador Mutsuhito en 1867, esperando la vuelta de la paz al país. Terminaba así el shogunato y comenzaba el periodo Meiji, lo que se escenificó el 27 de noviembre de 1868, cuando el emperador trasladó la corte imperial de Kioto a Edo. Esta ciudad se remodeló como la nueva capital imperial bajo el nuevo nombre de Tokio, ‘la capital del Este’. 

La modernización durante la restauración Meiji 

Aunque se recuperó al emperador como figura política, su poder era escaso, ya que detrás estaba un nuevo Gobierno de samuráis, los cuales formaban ya una clase más administrativa que guerrera. Esta oligarquía, que había apoyado la expulsión de los extranjeros, tras las presiones de fuera para recuperar el comercio comprendió que la potencia militar de los occidentales era superior. Eso conllevó un cambio de mentalidad entre los patriotas, que decidieron aprender de los extranjeros para poder hacerles frente y mantener la independencia. 

El periodo Meiji (1868-1912) fusionó la tradición japonesa con la modernidad según los estándares occidentales. Se realizó una rápida y profunda reestructuración social, económica, militar y política hasta abolir las últimas estructuras feudales, como el sistema de castas. En 1871 los feudos se convirtieron en las prefecturas y con el tiempo desaparecieron los samuráis, que se integraron en un sistema parlamentario al estilo europeo. Tras años de elaboración, Japón promulgó su primera Constitución en 1889. 

Junto con la industrialización y la apertura al comercio exterior, que impulsó el crecimiento económico, se reformó el sistema de impuestos para financiar las infraestructuras de la banca, las comunicaciones y el sistema educativo. Para ello, se desarrollaron programas de intercambios mundiales de intelectuales, lo que permitió tanto la occidentalización de la sociedad japonesa como la difusión de su cultura y arte en Occidente. Este desarrollo económico cumplió los principales objetivos del nuevo Gobierno: Japón se convirtió en la principal potencia asiática, mantuvo su soberanía y se fortaleció lo suficiente como para renegociar los tratados internacionales en igualdad de condiciones.

En línea con estos fines, la modernización tenía un trasfondo militarista con el que aspiraba a alcanzar la misma capacidad que las potencias occidentales. Esto fue el germen del imperialismo japonés, que sumó varias victorias militares con las que conquistaron territorios vecinos. A la muerte de Mutsuhito en 1912, Japón se había convertido en una potencia, lo que le llevó a participar en la Primera Guerra Mundial en el bando de los Aliados.

Cristina Bermejo

Aranda de Duero, 1999. Graduada en Sociología, Relaciones Internacionales, y Experta en Desarrollo. Interesada en conflictos sociales, derechos humanos y migraciones, así como en temas de género y cultura.

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