Las relaciones entre Egipto e Israel fueron conflictivas desde la creación del segundo en 1948. La resolución 181 de Naciones Unidas dividía Palestina en un Estado judío y otro árabe, y dejaba a las ciudades de Jerusalén y Belén bajo control internacional. Egipto formó parte de los Estados árabes que se opusieron al plan de partición y que entraron en guerra con Israel recién creado. A esta primera derrota árabe se sumaron la guerra de los Seis Días de 1967 y la de la guerra del Yom Kipur en 1973.
Egipto tuvo un rol protagonista en ambas. La primera estalló cuando su presidente, Gamal Abder Nasser, expulsó a las fuerzas de paz de la ONU de la península del Sinaí y bloqueó el acceso israelí al canal de Suez. Israel lo interpretó como una amenaza y lanzó un ataque preventivo, iniciando seis días de contienda en los que se hizo con la península egipcia del Sinaí, la franja de Gaza, Jerusalén este y Cisjordania. En 1973, Egipto y Siria aprovecharon la festividad judía del Yom Kipur para atacar y tratar de recuperar los territorios perdidos. Fue su mayor demostración de fuerza hasta la fecha, pero la derrota cambiaría la estrategia de Egipto desde entonces.
El camino hacia la paz entre Israel y Egipto
Tras la muerte de Nasser en 1970 y la guerra del Yom Kipur, Egipto entró en una crisis económica. La necesidad de inversión extranjera le llevó a acercarse a Estados Unidos, que ejerció de mediador con Israel. El sucesor de Nasser, Anuar el Sadat, fue en 1977 el primer dirigente árabe en visitar Israel y en iniciar negociaciones bilaterales. El primer logro fueron los acuerdos de Camp David de 1978, auspiciados por el presidente estadounidense Jimmy Carter, en los que Sadat y el primer ministro israelí, Menahem Begin, se comprometieron a poner fin al conflicto. Así, Israel devolvería la península del Sinaí a Egipto, que a cambio reconocería la soberanía del Estado hebreo. Además, se fijaron pautas para negociar la situación en Cisjordania y la franja de Gaza.
Lo acordado en Camp David culminó en la firma del acuerdo de paz en Washington el 26 de marzo de 1979, mediante el cual Israel y Egipto fijaron sus fronteras. Egipto recuperó la península del Sinaí, que pasó a ejercer de “territorio tapón” dividida en tres zonas en las que podía desplegar un número limitado de militares. El acuerdo también ordenaba establecer una fuerza militar internacional para supervisar su cumplimiento. El veto de la Unión Soviética en el Consejo de Seguridad impidió que fueran fuerzas de observación de la ONU, por lo que Israel, Egipto y Estados Unidos crearon la Fuerza Multinacional de Paz y Observadores en 1981, un cuerpo específico para la tarea.
Las consecuencias de la “traición” de Egipto, en la región y en Palestina
Con el Sinaí, El Cairo recuperó un enclave con reservas de petróleo y aseguró un futuro económico más próspero, pero el resto de países árabes condenaron el tratado. Acusaron a Egipto de traidor y lo expulsaron de la Liga Árabe durante diez años. Si bien Sadat recibió el Premio Nobel de la Paz junto a Begin en 1978 por lo logrado en Camp David, fue asesinado en 1981 en un atentado yihadista motivado por su política de acercamiento a Israel. Aun así, readmitido en la Liga Árabe en 1987, Egipto ha ejercido desde entonces como mediador entre Israel y el resto de países de la región.
Con el tiempo, otros países árabes, como Jordania y Siria, firmaron sus propios acuerdos de paz con Israel. El último avance a la normalización de relaciones fueron los Acuerdos de Abraham de 2020, por los que Emiratos Árabes Unidos, Baréin y después Marruecos reconocieron al Estado hebreo. Desde entonces han profundizado sus lazos diplomáticos y hasta establecido acuerdos de cooperación militar. La otra consecuencia ha sido el abandono de la causa palestina, que pese a los reclamos de sus dirigentes no dejó de perder aliados frente a un Israel que avanza en sus políticas de segregación, represión y de expansión de asentamientos ilegales en Cisjordania.