Anarquía, inestabilidad, guerras civiles, magnicidios y ataques sasánidas y germanos. Esta era la crisis del siglo III para el Imperio romano hasta que llegó el emperador Diocleciano en el año 284. Para él, gobernar un imperio tan vasto de forma unitaria era inviable, así que repartió el poder entre Occidente y Oriente para dos emperadores o augustos, asistidos por dos césares que les sucederían en el cargo. Esa primera tetrarquía, desde el 293, le confirió estabilidad y continuidad al Imperio.
Sin embargo, el sistema de sucesión se quebró con la muerte de quien había sido césar con Diocleciano, Constancio Cloro, pues las tropas de su hijo Constantino I lo proclamaron emperador en el 306. Roma se vio entonces asolada por una nueva guerra civil, que llevaría a Constantino a acabar con la tetrarquía. A su muerte el 22 de mayo del 337, había consolidado al Imperio como una monarquía hereditaria.
De la tetrarquía a la unidad del Imperio
En torno al año 303, Diocleciano había abdicado por su frágil estado de salud y obligó a hacer lo propio a su par, Maximiano. De este modo, Galerio y Constancio Cloro pasaron a ser los nuevos augustos y Maximino Daya y Severo II los césares. Pero la tetrarquía se quebró con el fallecimiento de Constancio Cloro: Constantino heredó la administración de sus provincias, en lugar de Severo II, mientras que Majencio y su padre, el otrora emperador Maximiano, se proclamaron augustos.
Pese al intento de Diocleciano de recomponer la fracturada tetrarquía, nombrando a Licinio como nuevo emperador junto a Galerio, la hostilidad entre los aspirantes continuó. Las muertes de Galerio, de forma natural, y de Maximiano, tras haberse rebelado contra su antiguo aliado y yerno Constantino, redujeron la división. Después Majencio murió en el 312 en la batalla del Puente Milvio ante el ejército de Constantino.
Al año siguiente la tetrarquía se convirtió en una diarquía con la alianza entre Licinio y Constantino y la derrota de Maximino Daya. Esto inauguró una coexistencia forzosa entre los dos últimos augustos, que perduró hasta el 324, cuando Constantino acabó con Licinio en la batalla de Crisópolis. Así, Constantino logró recuperar la unidad del Imperio y concentrar todo el poder en su persona.
Abrazar el cristianismo para consolidar su poder
El cristianismo recibió un gran impulso durante el mandato de Constantino. Pasó de ser una religión minoritaria y perseguida en la época de Diocleciano a ser la religión personal del emperador. Constantino se había educado en los cultos tradicionales de la religión pública del Imperio, pero hacia el 313 empezó a considerarse cristiano para afianzar su poder político y militar con un clero y unos fieles en aumento.
Ese mismo año firmó con Licinio el Edicto de Milán, que, además de confirmar su alianza, concedía la libertad religiosa en el Imperio y restituía a la Iglesia los bienes confiscados. Constantino aún veneraba a los dioses romanos, pero empezó a cristianizarse hasta que manifestó su adhesión exclusiva en el 324. Ya en los debates doctrinales, promovió la celebración de los concilios de Arlés y Nicea para mantener la unidad de la Iglesia, y hacia el final de su vida, con el bautizo, terminó de abrazar su nueva fe.
Nueva ciudad y administración: el legado de Constantino I
Entretanto, uno de los hitos del reinado de Constantino fue la fundación de Constantinopla en el 330 sobre la antigua colonia griega de Bizancio. La ciudad se construyó a imagen y semejanza de Roma, y al instalar su corte allí se volvería la capital de la parte oriental del Imperio. Asimismo, Constantino creó un fuerte ejército de campaña en detrimento de las guarniciones de las fronteras y acuñó una nueva moneda, el sólido.
Junto a ello, su labor continuó en gran parte las reformas de Diocleciano. Constantino consolidó las diócesis y prefecturas del pretorio como unidades administrativas del Imperio, promovió la aristocracia senatorial, introdujo una nueva legislación y adoptó una nueva iconografía acorde al cristianismo, para el que fue clave en su expansión. A su muerte en el 337 en Nicomedia, el Imperio quedó para sus tres hijos: Constantino II, Constancio II y Constante.