La geopolítica de los alfabetos: el poder de la palabra escrita

El alfabeto latino fue usado por los imperios coloniales como herramienta de control, al igual que hizo la URSS con el cirílico en Asia Central. Pero los sistemas de escritura también se han usado como símbolo de resistencia.
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La geopolítica de los alfabetos: el poder de la palabra escrita
Inscripción en latín en el parque arqueológico de Xanten, Alemania. Fuente: Tfioreze (Wikimedia Commons)

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Los alfabetos son mucho más que herramientas de comunicación: son símbolos que representan identidades nacionales, culturales e históricas. Profundamente ligados a la geopolítica y a las dinámicas de poder global, los sistemas de escritura reflejan relaciones entre naciones y Estados, siendo tanto vehículos de lenguas dominantes como elementos de resistencia frente a la colonización y la homogeneización cultural. Así, los alfabetos no son inmutables: son campos de batalla simbólicos que han sido y siguen siendo utilizados para construir, transformar o desafiar naciones e imperios.

Quizá el caso más significativo es el del alfabeto latino, que se ha consolidado como un estándar en un mundo globalizado. Sin embargo, su adopción o rechazo por parte de distintas culturas y naciones revela los esfuerzos por mantener una identidad única frente a la creciente ‘globalización alfabética’, tal y como ha sucedido en Armenia, Etiopía o Mongolia. A través de los alfabetos se tejen narrativas de pertenencia, resistencia y soberanía, moldeando las relaciones internacionales.

Alfabetos modernos para un mundo moderno

Los alfabetos son fundamentales para la construcción nacional y la modernización. En Albania, en los años veinte, la unificación del idioma, que se escribía con los sistemas árabe, griego y latino, fue clave para construir una administración y un sistema educativo único en alfabeto latino. En Somalia, bajo la dictadura de Mohamed Siad Barre (1969-1991), la latinización del idioma a partir de 1972 fue clave para la promoción de una administración central y la creación de una identidad nacional, ya que antes usaban diversos alfabetos, principalmente el árabe. 

En el caso de China, en 1958 se desarrolló el pinyin, un sistema de transcripción fonética que usa el alfabeto latino, como parte de un proceso modernizador, facilitando la alfabetización y la enseñanza del mandarín estándar. Su invención ha sido clave para la informatización y la adaptación tecnológica del chino, ya que es el principal método de entrada de texto en dispositivos electrónicos.  

Pero sin duda la mayor revolución alfabética moderna fue la protagonizada por Turquía en 1928. Bajo el liderazgo de Mustafa Kemal Atatürk, la recién instaurada República emprendió la latinización del idioma turco. El alfabeto árabe, con solo tres vocales, resultaba difícil de adaptar a las ocho vocales del turco, lo que justificaba la necesidad de un nuevo sistema de escritura. 

No obstante, el verdadero objetivo no era solo la comodidad lingüística, sino una ruptura con el pasado otomano e islámico. La reforma acercaba el país a Occidente y reforzaba la identidad de una Turquía moderna y secular, desvinculada de las tradiciones religiosas. Además, la adopción del alfabeto latino facilitó la alfabetización y fortaleció la nueva identidad nacional, mucho más vinculada a Europa que a sus vecinos del sur y el este. 

sistemas-escritura

Así, la adopción de un nuevo alfabeto realineó la posición geopolítica de Turquía, alejándola de la influencia cultural y religiosa del mundo árabe y persa. De la misma forma, facilitó su integración en Occidente como un Estado secular y moderno, miembro de la OTAN desde 1952 y (eterno) candidato a la Unión Europea. Hoy en día, Turquía es el único país con alfabeto latino en la región, compartiendo fronteras con Bulgaria, Grecia, Siria, Irak, Armenia, Irán y Georgia, todos con diferentes sistemas de escritura. 

Pero la geopolítica del alfabeto turco no termina ahí. Recientemente, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, decidió impulsar el proyecto de un “alfabeto turco común” con los otros países túrquicos. El sistema, basado en el turco actual con cinco nuevas letras, fue aprobado por la Organización de Estados Turcos en septiembre de 2024, dando un nuevo aire al panturquismo impulsado desde Ankara. Para los Estados de Asia Central, sin embargo, supone un nuevo giro geopolítico tras la tortuosa y lenta desvinculación con la URSS.

La órbita postsoviética: el fin del cirílico como alfabeto unificador

En Asia Central, el alfabeto cirílico funcionó hasta los años noventa como un elemento unificador, consolidando lazos con la URSS. Sin embargo, con la disolución de la Unión Soviética comenzó un proceso de alejamiento de este alfabeto que estuvo vinculado a una búsqueda de nuevas identidades nacionales, el rechazo al legado soviético y la voluntad de integrarse en el contexto global. Países como Azerbaiyán, Turkmenistán, Uzbekistán y Kazajistán impulsaron un cambio de rumbo lingüístico y cultural tras años de influencia desde Moscú.

Antes del siglo XX, los pueblos de Asia Central utilizaban el alfabeto árabe, el cual, desde el siglo VII, resultaba insuficiente para representar adecuadamente los sonidos de las lenguas túrquicas. En los años veinte, la URSS sustituyó los sistemas de escritura árabes de lenguas como el kazajo, uzbeco, kirguís o tártaro por el alfabeto latino, promoviendo la alfabetización masiva y creando una barrera lingüística con el mundo islámico y la cultura persa y árabe. Lenin lo llamaría “la gran revolución del Este”. Presentado como una simplificación escrita, el verdadero objetivo de este cambio era doble: fomentar una identidad moderna y soviética y debilitar los lazos con el islam, consolidando así el control ideológico sobre la región. 

Etnias de la Unión Soviética URSS

Curiosamente, en el contexto del proyecto de latinización de Asia Central entrarían en contacto  revolucionarios rusos y chinos, desarrollaron conjuntamente el alfabeto chino latinizado, considerado antecedente del pinyin. 

En 1938, con Stalin al mando, las repúblicas soviéticas dieron un nuevo giro lingüístico y adoptaron el alfabeto cirílico. Al igual que el anterior cambio, esta decisión tenía como objetivo reforzar la unificación soviética y promover el idioma ruso como lengua vehicular en Asia Central. Las autoridades soviéticas temían que el desarrollo de una literatura latina pantúrquica pudiera acercar a los países de la región a Turquía y alejarlos de Rusia. Así, la política de rusificación buscaba distanciar a Asia Central de otros sistemas geopolíticos.

Pero la caída de la Unión Soviética trajo la progresiva desvinculación lingüística con lo ruso de las repúblicas de Asia Central. A Azerbaiyán, que adoptó un alfabeto latino muy similar al turco en 1991, le siguieron Uzbekistán y Turkmenistán en 1993. 

De hecho, Azerbaiyán y Turkmenistán llegaron a prohibir el uso del cirílico: cambiar de alfabeto era un símbolo de ruptura con el pasado soviético y la influencia rusa, pero también de acercamiento a Occidente. Kazajistán esperaría hasta 2017 para la transición al alfabeto latino, aunque el proceso puede extenderse durante las próximas décadas ya que la latinización total le costaría al país en torno a 664 millones de dólares entre profesores y cambios de imagen. 

El alfabeto latino: unificación y poder colonial

Los imperios no sólo conquistan territorios, sino también lenguas. El español, el inglés y el francés se expandieron con los imperios, pero su legado no desapareció con la descolonización. Aunque muchas naciones recuperaron sus idiomas locales, los alfabetos impuestos durante el dominio colonial permanecieron como posos del sistema unificador de la metrópoli. En muchos casos el alfabeto latino se consolidó como herramienta de modernización, facilitando la alfabetización, estandarizando sistemas lingüísticos complejos o reforzando la integración de los nuevos Estados en el mundo occidental.

En el caso de Vietnam, la adopción del alfabeto latino simbolizó la afirmación de su soberanía, reforzando su identidad frente a la histórica influencia de China. Aunque hasta el siglo XIX utilizaba su propio sistema de escritura, el chữ nôm (una adaptación de los caracteres chinos), la transformación hacia el alfabeto latino comenzó en el siglo XVII con la llegada de los misioneros jesuitas portugueses y franceses. 

Tras la independencia en 1945, el alfabeto latino se consolidó no solo como una herramienta de modernización, sino también como un símbolo de resistencia frente a la asimilación cultural china, mientras que al mismo tiempo afirmaba la soberanía de Vietnam en el contexto de sus tensas rivalidades geopolíticas en el mar de la China Meridional.

Tras las colonizaciones española y estadounidense, en Filipinas también se adoptó de forma oficial el alfabeto latino, lo que llevó a la pérdida del sistema de escritura autóctono baybayin. Aunque el país ya se había alineado de forma clara con la cultura occidental durante la colonización estadounidense, tras la independencia en 1946 el sistema de escritura latino se consolidó como un elemento unificador tanto en la administración como en el sistema educativo, a pesar de la gran diversidad lingüística del país. De esta forma, el alfabeto latino no solo facilitó la comunicación interna, sino que también simbolizó el acercamiento a Occidente, impulsando la modernización y al mismo tiempo la cohesión nacional. 

Algo parecido pero a mucha mayor escala ocurrió con Indonesia y Nigeria. Tras la independencia del primer país en 1945, los mandatarios nacionales decidieron acabar con los alfabetos previos para adoptar el alfabeto latino, herencia de la colonización holandesa. Hoy, Indonesia tiene el bahasa como lengua vehicular y el alfabeto latino como unificador de los más de 700 idiomas del país. 

Lenguas vehiculares África

Nigeria, con 520 idiomas nativos, también adoptó el alfabeto latino tras su independencia en 1960. El abecedario sirvió para crear programas de alfabetización masiva y unificar un país tan diverso, al mismo tiempo que manteniendo vínculos con Occidente. 

Otros alfabetos, no obstante, pudieron resistir a la influencia occidental, como en el caso de Irán, o a la ocupación colonial, como Etiopía, y mantenerse intactos. En Irán, bajo el gobierno del shah Reza Pahlavi (1925-1941), hubo  durante los años treinta iniciativas de latinización inspiradas en las reformas de Atatürk en Turquía. El objetivo era ‘purificar’ el persa y modernizarlo, pero la reforma nunca se puso en marcha por la generalizada oposición. 

En el caso de Etiopía, la ocupación de la Italia fascista de Mussolini entre 1936 y 1941 trajo consigo un intento de imponer el alfabeto latino sobre el sistema tradicional. La resistencia activa contra la imposición hasta el fin de la guerra convirtió el alfabeto ge’ez en un símbolo de resiliencia simbólica contra la colonización. Y es que los alfabetos también son símbolos de resistencia ante un mundo cambiante. 

Alfabetos de resistencia

Los avances tecnológicos y la globalización del siglo XX muestran una tendencia hacia la latinización de los idiomas: los alfabetos históricos mueren. Sin embargo, todavía quedan alfabetos que se han mantenido intactos, símbolos nacionales que perviven como elementos de resistencia de naciones que se niegan a ser absorbidas por estados mayores o por la propia globalización. 

Muchos estados han protegido su identidad nacional frente a la globalización a través de la escritura. Como en Etiopía, cuyo alfabeto continúa siendo usado de forma oficial, no sólo son herramientas de comunicación, sino símbolos de resistencia cultural. Frente a muchos estados que han ido adoptando el latín para construir una unidad nacional, como herencia del pasado colonial o con el objetivo de la modernización, otros estados han convertido a sus alfabetos en símbolos de resistencia. 

El alfabeto armenio es uno de los mejores ejemplos de esto. Diseñado por el monje Mesrop Mashtots en el siglo V, ha resistido al dominio persa, otomano y soviético. El alfabeto armenio se ha convertido en portador de la tradición intelectual (y espiritual) de los armenios, ya sea en la diáspora en EE.UU., en el lenguaje de las comunidades que permanecen en Oriente Próximo desde la época otomana o como símbolo de un Estado que resiste a las adversidades geopolíticas tras la pérdida de Nagorno-Karabaj frente a Azerbaiyán. El armenio es, en sí mismo, un símbolo de supervivencia. 

Estatua de Mesrop Mashtots, creador del alfabeto armenio
Estatua de Mesrop Mashtots, creador del alfabeto armenio, en Ereván (Armenia)

También en el Cáucaso, el alfabeto georgiano se ha convertido en otro símbolo de resistencia y construcción nacional, especialmente después de la caída de la URSS. La identidad postsocialista de Georgia se ha forjado en torno al fortalecimiento de su alfabeto como un distintivo nacional, impulsando campañas publicitarias como la de 2018, que promueven tanto dentro como fuera del país el lema “Georgia. Made by Characters”. 

A través de esta campaña, Georgia se posicionó como un país europeo que resalta valores comunes como el liberalismo o los derechos de las mujeres, mientras se distancia de su pasado soviético y protesta contra las injerencias rusas y la ocupación rusa de Abjasia y Osetia del Sur, territorios que Georgia considera partes inalienables de su soberanía. Aunque esta campaña se detuviera al llegar representantes prorrusos al poder, muestra cómo los alfabetos son herramientas de posicionamiento geopolítico. 

A miles de kilómetros y en otro contexto totalmente distinto, Mongolia también se prepara desde 2011 para regresar al alfabeto biching como parte de una incipiente reforma lingüística nacional. Este cambio tiene un profundo sentido geopolítico, ya que Mongolia se desmarcará del cirílico y reconectará con sus raíces túrquicas y chinas en un intento de reafirmar su soberanía nacional ante la presión de dos gigantes: Rusia y China. 

Desvincularse del cirílico es desvincularse del ruso, por lo que el Gobierno mongol se plantea potenciar también el inglés para vincularse más a Occidente. Volver al biching le facilitará, además, reconectar con la provincia china de la Mongolia interior, que si bien ha sido mayormente asimilada por el mandarín, mantiene el uso del alfabeto. 

Geopolítica, estética e idiomas

En el mundo globalizado actual, los alfabetos no sólo son representaciones fonéticas de idiomas, sino que construyen y definen identidades nacionales a través de formas y sonidos. La elección de un alfabeto o la decisión de abandonarlo pueden ser actos profundamente geopolíticos. Como en el caso de Turquía, donde la latinización supuso una ruptura con el pasado y una reafirmación de su lugar en la geopolítica global; o en el caso de las antiguas repúblicas soviéticas que, desde el Cáucaso hasta Mongolia, han buscado romper con la herencia soviética y reafirmar sus identidades nacionales ya sea latinizando sus idiomas para acercarse a Occidente y recuperando sus alfabetos para resaltar su soberanía. Los alfabetos se convierten así en campos de batalla simbólicos, donde se luchan las tensiones entre modernización, resistencia cultural y aspiraciones geopolíticas.

Carlos Ortega

Sevilla, 1993. Doctorando en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad de Estambul. Máster en Estudios Africanos y RRII por la Universidad Autónoma de Madrid. Especialista en Turquía, identidad religiosa y transnacionalismo.