Las primeras semanas de 2021 han acelerado la carrera espacial con la llegada a Marte de sondas de Estados Unidos, China y Emiratos Árabes Unidos, por primera vez en la historia en el caso de los dos últimos. Su objetivo es explorar el planeta rojo, hallar restos de vida y afianzar su poder geopolítico. Estas nuevas naves se suman a las que ya orbitaban Marte, enviadas por Estados Unidos, Rusia, India y la Unión Europea.
Las grandes potencias se toman el liderazgo en el espacio muy en serio. Lanzando sus propios satélites se evitan depender de otros países para garantizar la seguridad de sus ciudadanos e instituciones. Asimismo, se dotan de las herramientas para lidiar con el cambio climático y aumentar la competitividad internacional de sus empresas. Por ello, la Unión Europea acaba de lanzar una nueva política espacial con un presupuesto de casi 15.000 millones de euros.
La nueva política espacial europea
El Consejo de la UE y el Parlamento Europeo acordaron en diciembre de 2020 poner en marcha una nueva política espacial europea para el período 2021-2027. Una parte importante de esta nueva política consiste en continuar con el desarrollo y modernización de los satélites, programas insignia de la acción espacial europea puestos en marcha durante el período 2014-2020. Se trata de Copernicus, programa de observación terrestre, ya sea de la evolución del medioambiente o de la seguridad en el planeta, y Galileo, sistema de posicionamiento por satélite equivalente al GPS estadounidense. Galileo va de la mano de otro sistema de navegación por satélite, EGNOS, que facilita el transporte aéreo, marítimo y terrestre en el continente. También destacan los programas GOVSATCOM, para dotar de información a las agencias estatales de seguridad, y el SSA (Conciencia Situacional Espacial por sus siglas en inglés), encargado de la seguridad espacial en lo referente a la basura espacial, la climatología y los objetos cercanos a la Tierra.


Las prioridades de la Unión Europea para el espacio a partir de 2021 son impulsar sus programas satelitales Copernicus y Galileo y posicionar a Europa como un actor dominante en el sector de la exploración espacial. Estos objetivos van en línea con los planes preliminares de 2007 y con la Estrategia Espacial para Europa de 2016, que instaba a fomentar la innovación en el sector y su independencia, así como a estimular el desarrollo competitivo de empresas europeas. Otro campo de interés es la minería espacial, sector en el que Luxemburgo lleva un lustro trabajando en coordinación europea. Este país es el segundo después de Estados Unidos en comenzar a desarrollar una industria de explotación de recursos espaciales como los minerales de los asteroides o el agua de la Luna.
Aunque los satélites captan gran parte de la atención de la política espacial europea, existen toda una serie de infraestructuras digitales y físicas que son imprescindibles para el funcionamiento de los programas, como las plataformas de lanzamiento o los servidores informáticos. En esta línea, otra prioridad de la UE es optimizar la recopilación de datos obtenidos en el espacio y facilitar el acceso a ellos a los sectores público y privado. La información obtenida por satélite ofrece múltiples beneficios, incluidos guiar a los equipos de rescate durante catástrofes naturales o mejorar la eficiencia del transporte de mercancías. Además, la geolocalización por satélite abre la puerta al desarrollo del transporte autónomo y la inteligencia artificial destinada a la seguridad ciudadana, con drones, cámaras, etc.
El presupuesto de esta nueva política espacial es de 14.800 millones de euros, divididos entre los tres programas principales: Galileo y EGNOS (9.000 millones), Copernicus (5.400 millones), y SSA y GOVSATCOM (442 millones). La propuesta legislativa para el programa 2021-2027 ha pretendido además aunar todas las actividades espaciales previas en un solo programa con un mando de coordinación integrado: la Agencia de la Unión Europea para el Programa Espacial (EUASP por las siglas en inglés). Esta agencia nació en 2018 y se pondrá en marcha en 2021 con la entrada en vigor de la nueva política espacial.
Un programa espacial sin agencia espacial
La acción europea en el espacio depende de la coordinación de dos organismos: la nueva EUASP y la Agencia Espacial Europea (ESA), una organización independiente creada en 1975 y formada por veintidós países, no todos miembros de la Unión Europea. Las competencias de la EUASP, por un lado, se centran en la navegación por satélite, la investigación y la seguridad. Sin embargo, el diseño y la fabricación las asume la ESA, que lleva más de cuatro décadas produciendo satélites, sondas y lanzadores para sus países miembros, además de enviar astronautas a la Estación Espacial Internacional. Así, los programas Galileo o Copernicus están financiados por la UE pero desarrollados y operados por la ESA. La base jurídica de esta cooperación la proporciona el acuerdo marco de 2004, así como una declaración de objetivos comunes de 2016.


Por tanto, a pesar de que la Unión Europea y su EUASP quieran llevar la voz cantante en el programa espacial, la ESA es un socio indispensable. La Agencia Espacial Europea se financia en un 67% gracias a los ingresos de los países miembros. Sin embargo, un 26% de su presupuesto para 2021 proviene directamente de la Unión Europea, por lo que sus destinos están unidos, algo similar a lo que ocurre con la Organización Europea para la Explotación de Satélites Meteorológicos.
Con todo, la coordinación entre agencias plantea numerosos problemas, incluida la falta de rendición de cuentas políticas entre la ESA y el Parlamento Europeo. Sumado a esto, el hecho de que algunos países sean miembros de la ESA pero no de la UE, o viceversa, puede provocar desajustes. Por ejemplo, a raíz del brexit, en 2018 la Unión Europea apartó al Reino Unido del programa Galileo, alegando que sería irresponsable compartir información sensible con un Estado que iba a abandonar la Unión, aunque fuera a seguir siendo miembro de la ESA. Además, la Comisión Europea decidió trasladar el Centro de Monitorización de Seguridad del Sistema Galileo de Swanwick, en Inglaterra, a Madrid. En consecuencia, ciertas voces dentro de la UE piden que la ESA y Bruselas cooperen de forma más estrecha y eficaz e incluso que la Agencia Espacial se rija por el marco legal de la Unión.
Competición geopolítica y defensa espacial
Sumados al problema de la coordinación, existen otros desafíos que, por un lado, amenazan la prosperidad del programa espacial europeo, y por otro abren nuevas oportunidades de crecimiento. La Agencia Espacial Europea no compite aún al mismo nivel que la agencia más grande de la exploración espacial, la NASA estadounidense. Sin embargo, ambos organismos en 2020 firmaron un acuerdo para explorar juntos la Luna y Marte, comenzando por el proyecto Gateway para el primer asentamiento lunar de seres humanos. Quizás el mayor competidor de Estados Unidos y la UE en esta nueva carrera espacial sea China, que lleva una década desarrollando un ambicioso programa espacial. Los chinos no solo pretenden llegar también a la Luna y Marte, sino que ya están poniendo en marcha su propia estación espacial.
Otro de los problemas que afronta Europa es su dependencia de Rusia. Ni Europa ni Estados Unidos fabrican sus propias naves espaciales, y la Soyuz rusa es actualmente la única que puede transportar a tres tripulantes a la vez. La NASA, en alianza con las empresas privadas estadounidenses SpaceX y Boeing, ya está desarrollando sus propios vehículos, pero no así la ESA ni la UE, que siguen dependiendo de la Soyuz para enviar tripulantes a la Estación Espacial Internacional con pasajes comprados por la NASA. Esto no solo supone un problema de seguridad, por las tensiones geopolíticas entre Rusia y la Unión Europea; también menoscaba la autonomía que Europa ansía. Y por si fuera poco, además de las grandes potencias espaciales, Europa también debe prestar atención a otros países con aspiraciones espaciales como Japón, India o Israel, ya sea para cooperar o para evitar ser eclipsada por ellos.


La competencia espacial aumenta a marchas forzadas, y cada vez incorpora más al sector privado. Las constantes innovaciones tecnológicas, que aceleran los procedimientos y recortan los gastos, están poniendo en jaque las prácticas clásicas de la industria. Así, empresas como SpaceX —la primera compañía privada en enviar tripulantes al espacio— están trabajando para que nociones fantásticas como el turismo espacial se conviertan en una realidad. Europa ya busca un competidor privado a la altura de SpaceX. El principal candidato es la francesa ArianeGroup, fusión de Airbus y Safran, que tiene aún un amplio margen de crecimiento. En 2020 realizó diez lanzamientos, frente a los veintiséis de SpaceX.
La interconexión en la carrera espacial entre Estados y entre empresas es innegable, pero las prioridades de cada actor varían. Mientras unos buscan nuevas oportunidades de mercado, como el turismo, la robótica o la inteligencia artificial, otros, como la UE, optan por especializarse en el desarrollo de satélites y programas de observación, aunque sin cerrar la puerta a futuras incursiones en otras áreas. Por ejemplo, algunos eurodiputados consideran necesario establecer una Fuerza Espacial Europea, pues la idea de una división militar no terrestre lleva ya años desarrollándose en Rusia, China y Estados Unidos para, entre otras cosas, proteger la integridad de sus satélites. Una Fuerza Espacial contribuiría a fortalecer la defensa europea en el espacio, aunque ya existen mecanismos por los que los satélites europeos facilitan la defensa en la Tierra. De hecho, parte del Fondo Europeo de Defensa va destinado a apoyar tecnologías de satélite, como la del programa Galileo, que facilitan las comunicaciones militares.
Pese a sus limitaciones, Europa es un actor espacial de primer orden. Su industria, cada vez más competitiva, da trabajo a alrededor de 230.000 profesionales y genera un valor añadido de alrededor de 50.000 millones de euros, además de ser responsable de la fabricación de un tercio de los satélites de todo el mundo. Y Bruselas tiene unas pretensiones cada vez más ambiciosas, otorgándole al programa espacial un papel a la altura de otras preocupaciones comunitarias como la seguridad, el control migratorio o la acción exterior. La nueva política espacial europea estimulará el empleo y la inversión, promoverá los descubrimientos científicos y contribuirá a una mejor defensa europea: aspectos que marcarán la diferencia entre una Unión Europea oxidada y una que despega como potencia a la vez terrestre y espacial.



