Política y Sociedad América del Norte

El futuro de una California dividida

El futuro de una California dividida
Bandera de California. Fuente: Wikimedia

California se ha convertido recientemente en la quinta economía mundial, haciendo honor a su calificativo de “estado dorado”. Este nombre fue acuñado por los colonos que emprendieron la “carrera por el oro” a mediados de siglo XIX. Hoy en día el éxito económico del estado y su posición de fuerza empuja a muchos de sus personajes más influyentes a modificar la relación con el resto de los estados de la unión. Las propuestas van desde la independencia hasta la fragmentación para ganar fuerza representativa en la capital, sobre todo tras la anulación por la Corte Suprema del referéndum destinado a ello que se iba a celebrar en noviembre.

Mientras Diego de Becerra y Fortún Jiménez daban nombre a California en el extremo de la península de la actual Baja California en 1533, los nativos que ocupaban la Alta California vivían ajenos al convulso futuro que los esperaba. Las sociedades que vivían al oeste de Sierra Nevada con total seguridad conocían las fronteras de sus respectivos territorios, aunque no las hubieran representado de forma precisa. Esto era algo que pronto se encargarían de hacérselo replantear unos inesperados visitantes. Aunque las crónicas indican que pudieron deshacerse en 1572 del descubridor español de la bahía de San Diego y del entorno de Los Ángeles, Juan Rodríguez Cabrillo, no lograrían frenar el aluvión de exploradores, oportunistas, piratas, evangelizadores, buscadores de oro, políticos y especuladores financieros que llegarían después y que sí tenían la intención de definir unas fronteras claras de lo que siempre fue el “estado del oro”. El mismísimo corsario Francis Drake reclamó siete años después el territorio al norte de San Diego. Dos siglos después llegarían las disputas por el Pacífico Norte entre británicos y españoles en la isla de Nutka después de una carrera trepidante exploradora. Tampoco ellos habrían podido imaginar que este territorio rodeado por las frías aguas procedentes del estrecho de Bering se convertiría en uno de los lugares más ricos y estratégicos del mundo.

En 1822, cuando México alcanzó su independencia tras más de una década de guerra, se hizo cargo de este territorio, conocedor de la inmensa riqueza que poseía, un hecho que no pasó desapercibido a los prometedores Estados Unidos, que lucharon y se impusieron definitivamente a México y lo obligaron a ceder la Alta California en 1848 mediante el Tratado de Guadalupe-Hidalgo. La región fue incluida en la unión de estados y se establecieron las primeras rutas de llegada, que llevaron a muchos pioneros ávidos de riquezas a emprender la carrera en plena fiebre del oro y a muchos colonos a adquirir su propiedad de 160 acres —algo más de medio kilómetro cuadrado— con la Ley de Asentamientos Rurales en la mano. Las tres rutas principales de llegada confeccionaron una colonización desigual del estado que sentó las bases de sus principales metrópolis. La ruta principal, que llevaba a los yacimientos auríferos del entorno de Sacramento, se comunicaba también con el Pacífico hasta San Francisco y se consolidó unos años después con la construcción del ferrocarril transcontinental procedente de Omaha, en la lejana Nebraska. Por el sur, Los Ángeles creció con las rutas de diligencias a través de Nevada y después mediante el ferrocarril del Pacífico Sur, construido desde Nueva Orleans.

Un Estado autosuficiente

La homogeneización cultural impuesta por los colonos norteamericanos lleva visos de desaparecer. La acumulación de capital y personas ha desequilibrado el territorio de Estados Unidos de tal manera que los espacios receptores de los beneficios no sienten la necesidad de hacerse cargo de espacios poco productivos. Poco les importa a los inversores tecnológicos de Silicon Valley lo que pasa con los agricultores de Kansas, los ganaderos de Wyoming o los parados de Míchigan. De hecho, California por sí sola ya representa la quinta economía mundial. Los territorios de California son tremendamente competitivos y esto se reviste de una cierta revolución cultural. Como sucede en otras partes de Estados Unidos, este auge tiene una cara oculta: la exclusión social de muchas personas ante el alza insoportable de los precios de la vivienda y la precarización de los puestos de trabajo no especializados.

Para ampliar: “Colorado, la gentrificación del Salvaje Oeste”, Alfonso Pisabarro en El Orden Mundial, 2018

Mientras el término calexit se hace tendencia en Twitter después de la moda creada por el brexit, el Partido Nacional de California, fundado en 2014, promueve la independencia. También lo hace la organización Sí, California, que recluta voluntarios y trabaja en la idea de consensuar con el resto de los estados de la unión la independencia de California. Esta es la única vía no revolucionaria que permite la Corte Suprema de Estados Unidos, como dictaminó en el caso Texas contra White de 1869. De esta forma, quedaba bloqueada la vía unilateral para alcanzar la independencia de un estado y se declaraban nulas de pleno derecho todas las acciones legislativas y ejecutivas destinadas a hacer efectiva la secesión de un estado.

Muchos de los lemas secesionistas incluyen o interpretan la supuesta orden del expresidente Jefferson de que el pueblo tiene derecho a alterar o abolir cualquier Gobierno que no derive su poder del consentimiento de los gobernados. Su propuesta se presenta incluso revestida de solidaridad con el plan de lograr la independencia de dos Estados: California y la primera nación nativa estadounidense. Por otro lado, no faltan los rumores —ya patrimonio estadounidense— de que la popularización de este aluvión de propuestas en las redes viene espoleada por Rusia —la agencia rusa Sputnik habla de una posible “balcanización de California”—. Pero no cabe duda de que el verdadero impulso a estos movimientos ha sido la llegada de Trump a la Casa Blanca. Es conocido el enfrentamiento entre ambos Gobiernos por el control de la inmigración, la guerra dialéctica y legislativa sobre medidas medioambientales que Trump trata de derribar y las amenazas de Trump de retirar las tropas federales de California.

Las propuestas de secesión van desde la escisión de parte del territorio californiano hasta la constitución de nuevos Estados que redefinen las fronteras nacionales.

Entre las propuestas ecologistas, la mayoría surgen de ideas utópicas como Cascadia o Ecotopía. La primera sería una biorregión con parte de Canadá promovida por activistas ecologistas e inspirada en la zona de subducción entre las placas tectónicas del Pacífico y Juan de Fuca. Ecotopía va más allá: procede de una novela homónima de Ernest Callenbach ambientada en 1999 que salió a la luz en 1975 en la que se describe un nuevo Estado ecologista formado por el norte de California y los estados de Oregón y Washington después de la secesión de Estados Unidos. Es una de las múltiples fantasías que surgen al estilo del Reducto Americano, ideado para cristianos conservadores, judíos mesiánicos y judíos ortodoxos en el caso de que el país se hundiera. Habría que añadir a la lista de secesiones utópicas los proyectos de los capitalistas del Silicon Valley, capaces de crear nuevas naciones ideales.

La fragmentación del estado

Los intentos por redefinir las fronteras del estado dorado tienen larga tradición y muchos interpretan en las palabras del expresidente Jefferson la posibilidad de configurar un estado si este tiene la capacidad de autogobernarse, a pesar de que el único precedente exitoso fue el de Virginia Occidental en 1861. Sin embargo, el contexto de guerra civil era diferente al declararse secesionista la Virginia confederada.

California ya fue dividida por los españoles entre la Alta California para los franciscanos y la Baja California para los dominicos, pero la primera ha sufrido múltiples intentos de subdivisión. De hecho, su adhesión a EE. UU. se produjo en un estado de división interna total entre esclavistas y abolicionistas que auguraba la separación en dos del nuevo estado. Esto finalmente no se produjo gracias al Compromiso de 1850, que declaró el estado abolicionista con contrapartidas para los esclavistas. Ya en 1859 la proposición de ley del senador Andrés Pico se lleva a Washington D. C. con la intención de escindir el sur de la Alta California por debajo del paralelo 36, pero la guerra civil y Lincoln la frenan. Los motivos que se esgrimían eran las enormes diferencias geográficas y culturales entre el norte y sur de California. El enorme tamaño del estado ha sido también objeto de discusión, un hecho que se repite en otros estados grandes y descompensados, como Texas y Nueva York.

Para ampliar: “La causa perdida de la Confederación estadounidense”, Pablo Moral en El Orden Mundial, 2016

Pero las diferencias van más allá del eje norte-sur; se trata de un territorio muy diverso, complejo y que el relieve compartimenta, con diferencias climáticas notorias. Poco tiene que ver el valle central de San Joaquín con las áreas montañosas del norte, el desierto de Mojave —separado del valle central por las montañas Tehachapi, lo que sirvió en 1965 para otra propuesta de división sin éxito— o las áreas metropolitanas de Los Ángeles y San Diego. El litoral tampoco se puede considerar un espacio de conexión: presenta cadenas montañosas que aíslan pequeñas llanuras. Esta compartimentación ha redundado en una especialización económica: Los Ángeles se ha convertido en la meca del entretenimiento y el ocio, el valle central está dedicado a la agricultura intensiva, el Silicon Valley a la alta tecnología y el valle de Napa al turismo, con plantaciones de alto valor añadido. También ha influido en el crecimiento urbano y en las agrupaciones de condados elegidas para dividir el estado, a pesar de los problemas generados por el diseño ortogonal de las fronteras interiores. Con el tiempo, estos bordes acaban resquebrajándose y las sociedades buscan su acomodo socioeconómico y cultural, como ocurre alrededor del muro que divide Tijuana y San Diego.

Existe una gran diferencia en términos de población e ingresos entre los distintos condados de California.

Probablemente la primera demanda organizada y surgida desde la sociedad para reorganizar las fronteras fue el estado de Jefferson, consistente en la unión de varios condados del sur de Oregón con los del norte de California, donde hay un mayor porcentaje de nativos. Se promovió justo antes de la Segunda Guerra Mundial, lo que frenó su crecimiento. Algunos de los condados implicados se independizaron simbólicamente un día a la semana y fijaron su capital en Yreka. En 1998 recibió un nuevo impulso al sumarse cuatro nuevos condados californianos. Estas áreas cercanas a Oregón son condados eminentemente rurales y con un descontento generalizado que realizaron campañas de marketing como “El Norte de California” y que cinco años antes habían recibido apoyo desde la asamblea de California con la propuesta dividir el estado en dos —luego en tres—.

En los últimos años, estas propuestas se han disparado. California se encuentra infrarrepresentada en el Senado federal al elegir solamente a dos senadores, como el resto de los estados —conforme al primer artículo de la Constitución estadounidense—, a pesar de su mayor peso poblacional. Este desequilibrio de poder no gusta a los influyentes que dominan el panorama económico californiano, ya que reduce su poder de influencia en la cámara alta de Washington D. C.

Mientras el columnista y financiero Martin Hutchinson hablaba de la necesidad de reducir un estado ingobernable, los propietarios de las empresas agrarias familiares comenzaban a llevar sus reivindicaciones sectoriales a una reivindicación territorial al proponer deshacerse de sus rivales urbanitas de los centros de poder urbano —Sacramento, San Francisco y Los Ángeles—. El republicano Bill Maze, presidente de la plataforma —llamada Ciudadanos por la Salvación de las Industrias Agrícolas de California—, encabeza desde 2009 la determinación de dividir California en dos estados. Los granjeros opinan que “la gente de Hollywood” no tiene ni idea de lo que pasa en el valle central, donde “hay más vacas que personas”. Los desinformados votantes urbanos dictan una política agrícola defectuosa y los políticos de Sacramento se preocupan más por el voto de los consumidores que por los productores. Pero, en realidad, estas propuestas envalentonadas por preeminentes republicanos enmascaran un interés electoral más allá de la defensa de la industria agraria. Jeff Stone, por ejemplo, trataba de crear un nuevo estado conservador en el sur de California en 2011, lo que implicaba excluir el progresismo que, en su opinión, impregna las políticas de Los Ángeles.

El testigo de esta California interior lo ha cogido la plataforma Nueva California, plenamente vigente en 2018, que busca lograr el estado número 51. El presentador de radio y seguidor de Trump Paul Preston reinterpreta a su favor las Declaraciones de Independencia de Estados Unidos y Alta California y la proclamación de Sonoma en 1846 para legitimar lo que a su modo de ver sería deshacerse de los lazos de la “tiranía” que a su juicio ejerce el actual gobernador.

Propuestas de fragmentación del estado californiano.

Las propuestas de Tim Draper

En julio de 2018 la Corte Suprema de Estados Unidos anuló una proposición que ha pasado casi desapercibida y que estuvo a punto de votarse en referéndum popular, con consecuencias desconocidas hasta la fecha y que habría obligado al presidente Trump a tomar cartas en el asunto —quién sabe con qué resultado—. En todo caso, la proposición ha sido paralizada aludiendo a errores de forma, un hecho que ha desatado la furia del multimillonario inversor en bitcoins y empresas tecnológicas Tim Draper, su promotor. Draper ha declarado que la resolución va en contra de la democracia y del poder de decisión del pueblo y acusa a la corte de ser una élite de burócratas acomodados en el poder aleccionados por el gobernador californiano, Jerry Brown, y bajo la influencia de Dianne Feinstein, la senadora sénior de Estados Unidos por California. Actualmente, hay un empate a tres entre los jueces designados por demócratas y republicanos, pero el hecho de anular una propuesta que duplicaba las 365.880 firmas necesarias ha suscitado críticas incluso entre sus opositores.

La proposición Cal 3 proponía dividir California en tres estados —California, California del Norte y California del Sur— con características demográficas semejantes —12,3, 13,3 y 13,9 millones de habitantes, respectivamente—, lo que permitiría un mejor autogobierno y, sobre todo, ganar poder representativo en Washington D. C. California del Sur quedaría con la menor renta per cápita —45.000 dólares anuales—, capital en San Diego y el mayor número de hispanos; la agricultura menos productiva del valle central y los servicios financieros serían sus actividades económicas destacadas. Tanto California como California del Norte se quedarían con la alta tecnología, los parques nacionales de mayor renombre y rentas per cápita un 15 y un 30% más altas, respectivamente.

Distribución étnica en el estado de California.

Esta división perjudicaría claramente al sur, y podría dar lugar a interpretarse como una medida racista y clasista. Además, el sur se quedaría sin el parque nacional de Yosemite; la propuesta incluye una extensión de condados sureños para California del Norte —Tuolumne, Mariposa y Merced— para que no parezca que ha intentado quedarse con Yosemite. Los artículos de defensa a Draper, por su parte, destacan las críticas de la prensa contra su proyecto de tres estados más gobernables tildándolo de multimillonario mientras se alaba a otros, como Jeff Bezos o Mark Zuckerberg. En estos encontronazos se puede apreciar una cierta lucha entre los grupos de poder de California.

Por otra parte, Draper ya había gastado en 2013 5,2 millones de dólares en su propuesta más ambiciosa, las Seis Californias, pero la mayoría de sus firmas no se consideraron válidas. Draper impulsaba el proyecto con el objetivo de conseguir mayor representatividad en el Senado estatal —doce senadores en lugar de dos, la mayoría demócratas—, pero había otros beneficios adicionales, como reducir los monopolios y aumentar la competitividad, acercar las decisiones al pueblo, poder legislar más y tener mayor libertad de movilidad entre estados. Casualidad o no, en esta propuesta se ve un paralelismo con la distribución territorial de la renta per cápita; significaría, por tanto, individualizar las áreas más ricas y productivas del resto. Se puede concluir que, en general, todas las divisiones propuestas tienen un indicador destacado: la búsqueda de mayor poder económico y político. En este sentido y con la certeza de que California no querrá unirse a Nevada o a México, el estado dorado sigue su ambicioso camino en una carrera desenfrenada por acumular riqueza, como la que inició John Sutter en 1848 al encontrar oro y gritar lo que se convertiría en el nombre de una ciudad californiana: “¡Eureka!”.

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