Ya son tres las ocasiones en las que desde Westminster se niegan a aceptar el acuerdo que se ha negociado durante dos años entre Bruselas y Reino Unido para que la salida del país del bloque comunitario sea lo menos abrupta posible. Para esta ocasión, la primera ministra británica puso todo lo que le quedaba sobre la mesa: su propio puesto. A cambio de la luz verde del Parlamento, Theresa May anunciaba que estaba dispuesta a dimitir y esto, al principio, parecía darle un giro de tuerca al asunto. Sin embargo, el acuerdo volvió a ser rechazado por 286 votos frente a 344 —de momento, el resultado más ajustado—.
La situación se encuentra en una encrucijada más grande que nunca. Ya no se trata solamente de que May no sea capaz de sacar adelante el acuerdo; quienes se sientan en el Parlamento británico tampoco son capaces de coordinar una respuesta mejor. Tras tomar el control del brexit con una enmienda aprobada por 329 votos frente a 302, los miembros de Westminster presentaban alternativas —no vinculantes para el Gobierno— al acuerdo de la primera ministra con el objetivo de encontrar algún tipo de consenso. De las 16 alternativas presentadas, el portavoz de la Cámara John Bercow escogió ocho que se debatieron el pasado miércoles: ninguna convenció a una mayoría. Esto no tiene que ver solamente con una cámara baja totalmente dividida; tiene que ver también con que todas son problemáticas en un sentido u otro y no se sabe a ciencia cierta hasta qué punto son mejores que el acuerdo que ya hay sobre la mesa.
Por un lado, tenemos las cuatro alternativas que hablaban de un brexit menos duro, con las cuales Reino Unido se quedaba, de una forma u otra, dentro del área de influencia de la Unión Europea: permanecer en la unión aduanera, crear una especie de mercado común al estilo noruego, el “plan de los laboristas” —que proponen un brexit suave y convocatoria de elecciones, aunque nadie sepa bien qué es “un brexit suave” o qué pasaría después de las elecciones— o quedarse dentro del espacio económico europeo. Estas cuatro alternativas comparten varios problemas. El primero: que la primera ministra ya dejó claro que no negociaría nada que fuera en contra del programa político con el que ganó las últimas elecciones, esto es, nada que supusiera dejar a Reino Unido dentro del área de influencia comunitaria. Para que saliera adelante una alternativa de este tipo no solamente sería necesaria la dimisión de May; haría falta una convocatoria anticipada de elecciones, pero nadie puede garantizar que un futuro primer ministro siga esa línea.
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