Escucha este artículo
Dune, la exitosa saga de ciencia ficción de los años sesenta, sigue explicando el mundo de hoy. A veces de formas inesperadas. El periplo de Paul Atreides por el planeta desértico Arrakis permite trazar todo tipo de paralelismos geopolíticos. Los más habituales son la competición por el petróleo, el dominio imperialista de Oriente Próximo o la crisis ecológica. En ellos, la lucha del protagonista por recuperar el control del planeta de manos de los Harkonnen y, de paso, convertirse en el próximo mesías galáctico se ha comparado con la historia de Lawrence de Arabia o Mahoma. Pero ¿y si Paul Atreides es Donald Trump?
El elegante heredero interpretado por Timothee Chalamet en la última adaptación de Denis Villeneuve dista bastante de la imagen histriónica del expresidente estadounidense. Sin embargo, los dos son líderes carismáticos que se adaptan a unas costumbres distintas a las de su procedencia y buscan seguidores entre colectivos que se sienten discriminados para combatir a las élites rivales. Si el mesías Atreides es Donald Trump, los fremen son esas clases medias postindustriales blancas que alimentan las filas de la alt-right.
Donald Trump como una “élite buena”
Paul Atreides es hijo de un duque. Vive en los estratos más altos de un sistema galáctico desigual en el que distintas casas nobles, entidades comerciales y organismos religiosos compiten bajo el dominio de un gran emperador. Los orígenes de Donald Trump tampoco son humildes. Nació en Nueva York en 1946, hijo de un acaudalado promotor inmobiliario. Durante años se dedicó a construir un imperio empresarial basado en este sector, el turismo y los medios. Llegado el momento, el personaje lucha para recuperar el control sobre Arrakis, el planeta desértico escenario de la trama, y el magnate para ser presidente de Estados Unidos.
La epopeya de Paul Atreides comienza cuando los Harkonnen, una casa rival, atacan a su familia y los destronan de su recién adquirido dominio sobre Arrakis. Así, los Atreides pierden el control sobre la especia, el recurso más valioso del universo, y todos sus privilegios. Trump nunca fue destronado de las clases altas estadounidenses, pero no tenía el respeto de la élite política de Washington. Ni demócratas ni republicanos se tomaron en serio su candidatura en 2016. Por mucho que llevara años coqueteando con la política, para ellos seguía siendo un presentador excéntrico sin posibilidades, ajeno a sus códigos. Tanto Atreides como Trump tuvieron que pelear para llegar a lo más alto del poder.
Los dos lo logran diferenciándose de esa élite tradicional para acercarse a sus seguidores. Atreides adopta las costumbres de los fremen: se coloca con precisión el destiltraje, perfecciona su estilo de lucha, cabalga los poderosos gusanos de arena y se gana su puesto como líder. Trump lo hizo a través de la comunicación. Sus años al frente del reality show The Apprentice le dieron el discurso directo, simple y confiado para conectar con el estadounidense medio. Él no era como el resto de políticos que no miraban por ellos, sino un empresario que sabía generar riqueza. ¿Qué más sencillo y diferenciador que su lema de campaña “Make America Great Again”? El héroe galáctico y el magnate se acercaron a quienes querían convencer.
Los fremen y el auge de la alt-right
Como sus líderes, los fremen y los votantes trumpistas también se parecen. Ambos colectivos sienten que el sistema es hostil y les da la espalda: no reconoce sus demandas. Los fremen reclaman libertad y una mejor habitabilidad de Arrakis. Como mostraba la primera película de Villeneuve, Dune podría convertirse en un planeta verde y con agua suficiente para sus habitantes. Sin embargo, el Imperio mantiene el desierto para preservar la especia, clave para su economía. Los trumpistas exigen desde la protección del trabajo de la población blanca a la preservación de los valores tradicionales. Así, tanto Arrakis como el cinturón del óxido de Estados Unidos favorecen la llegada de líderes poco convencionales.
Paul Atreides y Donald Trump prometen a sus seguidores un futuro mejor. Atreides lucha por un Arrakis libre y próspero, mientras que Trump asegura que evitará el ocaso de Estados Unidos. Así se ganan la confianza de sus seguidores, pero también los explotan para lograr sus objetivos: desafiar al Imperio y volver a la Casa Blanca, respectivamente. El protagonista de Dune descubre que para tomar el poder no hay que controlar la especia, sino contar con la destreza guerrera de los fremen y los gusanos de Arrakis. Trump desinforma, agita el odio y promueve teorías de la conspiración para expandir su discurso.
La diferencia es que Atreides le teme a su destino, mientras que Trump siempre ha ambicionado el poder. El protagonista cuenta con las leyendas implantadas entre los fremen sobre la llegada de un mesías, que allanaron su camino. En cambio, Trump explota la idea del sueño americano. El mito del “hombre hecho a sí mismo” facilitó que un empresario resultase más atractivo para un trabajador blanco que el Partido Demócrata. Pero ambos pervierten estos sistemas de creencias. Atreides es un desvío en la profecía de la organización religiosa Bene Gesserit, ya que su madre contradice sus designios al engendrarlo. Así, se convierte en el mesías anunciado, pero problemático, destinado a expandir el fanatismo por toda la galaxia. Trump ha promovido el culto individualista de desconfianza al Estado hasta poner en riesgo la democracia.
Los nuevos mesías
Dune es el relato de un mesías, un relato de autoritarismo y religión. Las palabras de Paul Atreides fueron suficientes para que la fe ciega de los fremen les llevara a alzarse contra el emperador en una guerra intergaláctica. La historia de Donald Trump también es la de un líder con tendencias autoritarias y una base de apoyos casi religiosa. Bastó un discurso para provocar el asalto al Capitolio en enero de 2021. Y lejos de abandonarlo tras ese ataque a la democracia, los trumpistas siguen apoyando a Trump. Lo hacen pese a que su teoría del fraude electoral resultó falsa, aunque intentó manipular los resultados en el estado de Georgia y a pesar de que le acumulan los procesos penales. Hoy en día, según una encuesta de CNN, el 49% de los votantes republicanos creen que no hizo nada malo al intentar mantenerse en el poder.
Con esa popularidad, Trump puede volver a ganar las elecciones. Ya prácticamente ha conquistado el Partido Republicano: un Ron DeSantis más radical no le hizo sombra, mientras que posturas más moderadas como las de Nikki Hailey son cada vez más minoritarias. Las encuestas también le dan ventaja sobre Joe Biden. Para ello, como el Paul Atreides que tras su rebelión extiende el culto a su persona, Trump también cuenta con que su fenómeno se ha internacionalizado. Políticos de extrema derecha de todo el mundo, desde Javier Milei y Nayib Bukele hasta Geert Wilders o Narendra Modi, le idolatran y han adaptado sus formas como parte de una creciente ola reaccionaria.
Gracias a su alianza con los fremen y su dominio del desierto, Paul Atreides gana la guerra y cambia el sistema: obliga al emperador a nombrarle su heredero directo para instaurar un nuevo orden. Así culmina una historia que lleva visualizando desde el principio. El posible regreso de Trump a la presidencia, después de haber intentado mantenerse en el poder y con procesos judiciales en contra, también supondría un cambio de sistema en Estados Unidos. Con la experiencia de haber sido presidente, no hace falta una profecía para predecir lo que haría: usar las instituciones a su antojo y hacer de Estados Unidos un país más polarizado.







