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Desigualdad y descontento: lo que tienen en común las protestas en América Latina

Desigualdad y descontento: lo que tienen en común las protestas en América Latina
Marcha del 8 de marzo en la ciudad de Lima. Fuente: Luis Jordan (Flickr)

Chile, Ecuador, Bolivia y Haití son hoy ejemplos de la inestabilidad que sacude América Latina, pero la región también está viviendo ciclos electorales en Argentina, Uruguay o Colombia, mientras la inestabilidad llega también a Perú o Brasil. Las protestas en estos cuatro países comparten factores comunes que demuestran que América Latina está experimentando cambios profundos.

Chile, el paradigma neoliberal de América Latina, explotaba hace unas semanas con miles de manifestantes que se lanzaban a las calles a pedir igualdad y democracia. Lo hacía después de que colectivos de indígenas, transportistas y estudiantes se manifestaran contra Lenín Moreno en Ecuador por acordar un paquete de medidas de austeridad que afectaba muy especialmente a las clases populares. En Bolivia, los enfrentamientos entre oficialistas y opositores se han convertido en el pan de cada día desde que el 20 de octubre Evo Morales ganara por cuarta vez las elecciones presidenciales con sospechas de fraude electoral. En Perú, hace un mes que el presidente disolvió un Congreso plagado de parlamentarios investigados por corrupción, pero hoy en Lima conviven las manifestaciones que respaldan la decisión con las que lo acusan de golpe de Estado. Haití, el país más pobre de América Latina, lleva meses enfrascado en una crisis política: Jovenel Moïse, su presidente, se niega a dimitir en un contexto de protesta contra la escasez de alimentos y combustible. El pasado 27 de octubre, las municipales demostraron el declive de la derecha uribista en Colombia mientras que la izquierda kirchnerista volvió a Argentina de la mano de Alberto Fernández y Uruguay, el oasis latinoamericano, amenaza con perder la estabilidad que el Frente Amplio le había proporcionado al país desde su llegada al poder en 2005. 

No cabe duda de que algo está cambiando en América Latina, pero los escenarios son tantos y tan complejos que encontrar una causa común parece imposible. Por un lado, un primer grupo de países experimentan explosivas revueltas y manifestaciones. Algunas, como las de Chile o Ecuador, suponen un levantamiento contra las élites económicas y el sistema neoliberal. Otras, como las que estallan en Bolivia o las que se experimentan desde mucho tiempo atrás en Venezuela, cuestionan la legitimidad de sus líderes y reclaman una mayor transparencia política. Además, existe otro grupo de países —principalmente Uruguay y Argentina— donde los cambios se están dando desde las urnas y cuyos resultados electorales rompen con las tesis de sincronización ideológica en los Gobiernos de la región. 

Hasta ahora, analizar los países latinoamericanos ha implicado hacerlo en su conjunto, pues aunque su historia común parece acabarse con las primeras independencias, lo cierto es que desde su nacimiento han compartido elementos que los han llevado por caminos parecidos. Las crisis económicas, la Guerra Fría y las consecuentes dictaduras orquestadas por el Operación Cóndor son algunos de los acontecimientos que les han llevado a compartir tantas páginas en los libros de historia. De manera más reciente, el contexto económico y político internacional sigue influyendo en sus asuntos internos, de ahí que se haya hablado en las últimas décadas de una alternancia entre oleadas conservadoras y progresistas en los países latinoamericanos.

En los 60, los países de América Latina persiguieron la industrialización; en los 70, especialmente gracias a las dictaduras de la Operación Cóndor, se asentó el modelo neoliberal y, a finales de los 80, estalló la crisis de la deuda. Tras una oleada de Gobiernos liberales en los 90 —Menem en Argentina, Henrique Cardoso en Brasil y Salina de Gortari en México, entre otros—, los 2000 estuvieron caracterizados por un auge del progresismo: Hugo Chávez en Venezuela, Néstor Kirchner en Argentina, Lula da Silva en Brasil, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia o Tabaré Vázquez en Uruguay. En estas oleadas, tanto las conservadoras como las progresistas, hubo excepciones, pero por lo general la región latinoamericana demostraba tener una interdependencia mucho más fuerte de la que cabría esperar, superando la que hay en otras regiones más integradas política y económicamente, como la Unión Europea. 

El principio del fin de esa era progresista o posliberal llegó en 2016. A la controvertida destitución de la brasileña Dilma Rousseff le siguen la caída del kirchnerismo en Argentina en 2015 y la salida de Correa de la presidencia ecuatoriana en 2017. Sin embargo, el fin de esta era progresista no significó el renacimiento de una nueva oleada neoliberal, sino que Gobiernos de todos los tipos e ideologías comenzaron a convivir en la región sin un denominador común aparente. De hecho, de esa etapa progresista aún sobreviven dos importantes baluartes: Nicolás Maduro en Venezuela y Evo Morales en Bolivia. El régimen venezolano empezó a decaer en 2014, cuando la preocupante inflación y el desabastecimiento de productos básicos dio lugar a manifestaciones diarias y a la huida masiva de venezolanos a países de dentro y fuera de la región. En Bolivia, el autoritarismo asomó las orejas también en 2014, cuando Morales buscó todo tipo de excusas para no cumplir la Constitución promulgada por él mismo y presentarse más de los mandatos permitidos a las elecciones. Después de las elecciones del 20 de octubre de 2019, cuando Evo ganó su cuarto mandato consecutivo, miles de bolivianos afines a la oposición se lanzaron a las calles para denunciar un supuesto fraude electoral y pedir la dimisión de Evo. Hoy, tanto Morales como Maduro se enfrentan al descontento de gran parte de su población y la desconfianza de la comunidad internacional, lo que deslegitima el discurso de un importante sector de la izquierda latinoamericana. 

El espectro ideológico de los Gobiernos latinoamericanos va hoy desde el populismo derechista de Bolsonaro a la izquierda moderada de Andrés Manuel López Obrador, pasando por el militarista Gobierno colombiano, el liberalismo in extremis de Piñera en Chile o el ciber Gobierno de Bukele en El Salvador. Hablar de América Latina a día de hoy es hablar de muchas Américas Latinas, pero la reciente irrupción de las protestas y enfrentamientos que se han dado en estos últimos meses casi de manera simultánea nos llevan a sospechar que, una vez más, estos países tienen mucho más en común de lo que parecen. 

Para ampliar: “El estallido de 30 años de descontento en Chile”, Victoria Ontiveros en El Orden Mundial, 2019

En pie contra la desigualdad crónica 

Entonces, ¿qué es lo que tienen en común el pequeño y paupérrimo Haití con el próspero y abierto Chile? Probablemente, la desigualdad económica, una desigualdad que se extiende desde el norte de México hasta Tierra del Fuego y de la cual solo se escapan contadas excepciones. Sin duda, la desigualdad es un elemento importante en las reivindicaciones de los manifestantes de Haití, Chile, Ecuador y Bolivia, como también es determinante en el auge de nuevos líderes en el Cono Sur. Cabe preguntarse por el porqué de estas movilizaciones justo ahora frente a un problema que ha sido inherente a la región prácticamente desde su independencia. 

Solo en tres países de toda América Latina la mayoría de la población se siente satisfecha con la democracia, y no por márgenes muy altos. Por el contrario, solo un tercio lo están en Chile o Bolivia, y en Brasil el porcentaje cae hasta el 13%.

Es posible que estemos ante un clásico efecto contagio al estilo de las llamadas primaveras árabes, pero el estallido de estas revueltas, lejos de ser casual, es el resultado de una coyuntura que atraviesa toda la región. Después de que las economías latinoamericanas hayan oscilado entre el crecimiento y la crisis y hayan coqueteado con distintos sistemas sociopolíticos, las desigualdades siguen sin corregirse. Estas manifestaciones se dan precisamente después de que muchos de los Estados protagonistas hayan atravesado décadas de sostenido crecimiento económico y distintos líderes hayan prometido acabar con estos desequilibrios estructurales. Hay, por tanto, dos elementos de reivindicación que conviven en esta suerte de primavera latinoamericana: por un lado, una demanda de garantías sociales y, por otro, un rechazo a las élites, tanto a las que siempre han estado ahí, como es el caso de Chile —cuyo sistema neoliberal se instaló en la dictadura de Pinochet— como a los “nuevos líderes” que prometieron poner fin a la casta y en cierto sentido han acabado reproduciendo su comportamiento y dando señales de autoritarismo, como es el caso de Bolivia. Salvando las distancias de unas y otras revueltas, todas tienen en común la desigualdad como factor estructural y reflejan el descontento de una ciudadanía que no ha visto sus necesidades cubiertas con ninguno de los sistemas sociopolíticos que han ido alternándose en la región. 

De hecho, es bastante probable que estas movilizaciones, protagonizadas por grupos sociales de distinta índole y que se levantan contra Gobiernos de todos los colores, tengan mucho que ver con el hecho de que por primera vez en décadas no se identifique una ideología predominante en las presidencias de los Gobiernos latinoamericanos. También explica que en Argentina vuelva el progresismo al tiempo que en Uruguay peligra esa misma opción política. En Argentina, el justicialista Alberto Fernández desbancó al liberal Macri en la primera vuelta y, en Uruguay, el Frente Amplio —coalición de izquierdas que gobierna desde hace 15 años— ha perdido la mayoría parlamentaria y se enfrenta a una derecha más fuerte que nunca en la segunda vuelta del próximo 24 de noviembre. Paradójicamente, Uruguay, considerado un oasis de estabilidad y uno de los países más seguros en la región, gira hacia la derecha impulsado por un aumento de la percepción de violencia e inseguridad. Tanto es así que la polémica reforma constitucional conocida como “Vivir sin miedo”, que propone medidas para luchar contra la delincuencia, se convirtió en un arma arrojadiza entre los partidos conservadores —el Partido Nacional y el Partido Colorado— y el Frente Amplio. 

Lo que se puede extraer de esta multiplicidad de tendencias es que si en un tiempo la población latinoamericana llegó a estar más o menos de acuerdo con qué ideología traería crecimiento y estabilidad a la región, en la actualidad hay una tremenda desconfianza a toda alternativa y un descontento generalizado con las instituciones, lo que les lleva a convocar manifestaciones masivas y a reclamar nuevos líderes. 

La resolución de estas crisis parece lejana, pues se está demostrando una enorme incapacidad de los líderes para responder a las reivindicaciones de sus ciudadanos. En Ecuador, Lenín Moreno ha derogado el decreto 833 que implicaba la subida de los precios de combustible y provocó las protestas; en Chile, Piñera ha propuesto un paquete de medidas sociales y renovado su gabinete de ministros. Los manifestantes, lejos de calmarse, prometen no dejar las calles hasta que dimitan sus presidentes. Lo mismo en Haití, donde la enorme violencia ejercida contra los manifestantes aviva aún más las las revueltas. En Bolivia, Evo Morales se suma al discurso de Maduro y aboga por desoír las voces disidentes. Todo ello apunta a que la inestabilidad en la región ha venido para quedarse y, de hecho, podría seguir contagiándose a países como Colombia o Brasil, también con importantes desequilibrios internos. América Latina atraviesa sin duda un período de transformaciones decisivas para la región pero no está del todo claro cuál será la resolución de esta etapa ni mucho menos si esta puede leerse con el clásico esquema de izquierda y derecha. 

Para ampliar:“Uruguay, un referente para América Latina”., David Hernández en El Orden Mundial, 2019.