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Hacia una crisis de refugiados en Venezuela

Hacia una crisis de refugiados en Venezuela
Fuente: ACNUR

La crisis migratoria venezolana se ha convertido en una de las mayores del mundo, tanto por la gravedad de la situación interna en el país como por la descoordinada y volátil respuesta del resto de países latinoamericanos. Entre uno y tres millones de venezolanos ha puesto rumbo fuera del país en los últimos cuatro años, y la tendencia no parece que vaya a remitir.

315 metros son los que se separan cada una de las orillas del río Táchira, la distancia que tiene el Puente Internacional Simón Bolívar, que actúa de frontera entre Colombia y Venezuela. Se calcula que unas 35.000 personas lo cruzan de media cada día desde el lado venezolano. La ciudad de Cúcuta, ya en Colombia, es utilizada por muchos de ellos para comerciar con productos que traen desde su país. Sin embargo, de esa cifra de viajantes diarios, cerca de 3.000 al día no regresan a su país. Son incluso familias enteras.

La emigración de venezolanos va camino de ser el mayor éxodo visto en la historia de Latinoamérica, y la tendencia lleva un camino similar al que ya hemos podido ver con los millones de sirios que han dejado su país. Se calcula que desde el año 2014, cerca de un millón han salido del país —sumando millón y medio viviendo en el exterior, aunque otras fuentes elevan la diáspora a cuatro millones— y aproximadamente 300.000 han solicitado el estatus de refugiado en otros países. Con todo, esta presión migratoria también está generando crecientes brotes de xenofobia en Estados vecinos y políticas de inmigración cada vez más restrictivas para con los venezolanos.

Para ampliar: “Venezuela Situation”, ACNUR, 2018

La mala situación económica en Venezuela y la elevada conflictividad política y social son el origen de este éxodo, que además se ve agravado ante la falta de perspectivas futuras. Aunque la crisis se atisbaba cuando Chávez murió en el año 2013, fue a partir de 2014 cuando la espiral económica se hizo más pronunciada. El desabastecimiento en multitud de productos básicos, especialmente para las clases populares, se ha vuelto la norma; en esa línea, la hiperinflación que vive el país causa una incertidumbre económica sin precedentes, y ninguno de los dos factores tiene solución para el día a día de los venezolanos salvo que se tenga acceso al mercado negro, donde alimentos y medicamentos alcanzan precios que rozan lo prohibitivo para muchas familias.

Las principales magnitudes de Venezuela han empeorado en los últimos años.

Con este panorama, muchos venezolanos han optado por salir del país. Quien más suerte o recursos económicos tiene ha volado directamente a Estados Unidos o a España. En cambio, los venezolanos con menos posibilidades se ven irremediablemente conducidos hacia la frontera terrestre del país, normalmente de Colombia pero también de Brasil o la Guyana. Incluso algunos han llegado en barca hasta la neerlandesa Curazao. En el caso colombiano, el país hacia el que más venezolanos cruzan, no sirve en muchos casos de fin de trayecto, sino como una etapa intermedia hacia otros Estados como Perú, Ecuador o Chile. Sea como fuere, en cuanto abandonan Venezuela rápidamente buscan una forma de ganarse la vida y muchos también solicitan el estatus de refugiado bajo la esperanza de que lograrlo facilite su situación legal en el país.

Para ampliar: “El tapón del Darién, un nuevo desafío migratorio”, Fernando Salazar en El Orden Mundial, 2016

Aunque durante varios años Colombia ha sido clave en la ruta migratoria venezolana, los países de destino, especialmente Perú y Ecuador, han estado en ese periodo relativamente abiertos a acoger a estos migrantes y refugiados. Sin embargo, en las últimas semanas se ha venido un cambio en la política migratoria en estos Estados hacia una posición más restrictiva. Este giro repentino viene dado por la dificultad que tienen estos países de acoger e integrar de una forma adecuada a semejante volumen de personas, como también por un efecto trasvase: en cuanto Ecuador anunció nuevos requisitos para entrar en el país, Perú imitó la medida para que el flujo migratorio no se desviase hacia allí. Sea como fuere, tampoco se puede desdeñar el siempre creciente sentimiento xenófobo que se ha ido alimentando en estos países, y que ha supuesto un creciente coste político para los Estados que decidían acoger a los migrantes y refugiados venezolanos bajo los clásicos argumentos de que los migrantes ocupan puestos de trabajo o se quedan con ayudas públicas que podrían ir destinadas a los ciudadanos nacionales. En casos más extremos, también se han llegado a cometer agresiones contra migrantes y sus campamentos.

Por si esta situación no fuese suficientemente grave, otro factor la empeora todavía más, como es la ausencia de coordinación entre países latinoamericanos para hacer frente a esta crisis. En la región latinoamericana se aplica, en cuanto a concebir el estatus de refugiado, la Declaración de Cartagena, un documento más garantista que la Convención de Ginebra, la que normalmente se aplica a nivel mundial. Así, este documento, indica que además de los requisitos que ya se consideran en la Convención de Ginebra, considere también como refugiados a las personas que han huido de sus países porque su vida, seguridad o libertad han sido amenazadas por la violencia generalizada, la agresión extranjera, los conflictos internos, la violación masiva de los derechos humanos u otras circunstancias que hayan perturbado gravemente el orden público. Teniendo en cuenta esta definición y el contexto político, económico y de violencia que vive el país, la situación de miles de venezolanos que han atravesado las fronteras encaja sin problema.

Para ampliar: “África y Asia, las otras crisis de asilo”, Lorena Muñoz en El Orden Mundial, 2018

Esta definición más amplia, explica, por ejemplo, que aproximadamente un tercio de los venezolanos que se calcula han emigrado hayan decidido solicitar el estatus de refugiado. No obstante, la concesión de esta protección no deja de ser una decisión sujeta a criterios dispares en los diferentes Estados, y al igual que México ha tomado como política aplicar la Declaración de Cartagena y aprobar la práctica totalidad de solicitudes, otros países de la región no están teniendo una política tan garantista, como tampoco España, que aplica la Convención de Ginebra y apenas otorga estatus de refugiado a venezolanos que han acabado en el país.


Año a año, la cantidad de venezolanos que acaban fuera del país no deja de crecer. Colombia, Estados Unidos, España o Chile son los destinos preferidos. Fuente: The Economist

Sea como fuere, el problema latente de fondo es doble. Primero, las medidas económicas adoptadas por el Gobierno para detener la inflación y la carestía de productos no están funcionando y no parece que vayan a funcionar. Se ha tomado por política restar ceros de los billetes o cambiar de divisa, cuando esto no dejan de ser medidas cosméticas o juegos matemáticos sin ningún impacto real sobre los desajustes económicos —y especialmente cambiarios— que vive el país. Así, en tanto en cuanto la situación económica siga deteriorándose, más venezolanos buscarán salir del país, por lo que la crisis migratoria seguirá presente. La cuestión aquí, que entronca con el segundo problema, es que el Gobierno venezolano no reconoce oficialmente que el país vive una crisis humanitaria, por lo que organizaciones como la ONU no pueden plantear una misión para proveer de alimentos o servicios básicos —como hospitales funcionales— a la población si el Gobierno afectado no lo pide expresamente, con la única excepción de que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas lo apruebe bajo la doctrina R2P. Y ni una cosa ni la otra son probables que vayan a ocurrir.

Para ampliar: “De Maduro a la incertidumbre: ¿hacia dónde camina Venezuela?”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2017

Así, el resultado es una situación en la que cada país actúa por su cuenta de forma poco o nada coordinada con el resto, buscando asumir el menor coste posible de una crisis de semejante magnitud. Tal es así que países como China o Estados Unidos han enviado barcos hospital a Venezuela y Colombia respectivamente, como forma —más simbólica que efectiva— de intentar aportar a esta crisis. Paradójicamente, en esta diáspora también puede estar la estabilización futura de Venezuela: la llegada de remesas ha sido a menudo un bálsamo en economías muy deterioradas al dotar de monedas estables el mercado. En el caso venezolano podría ser así —y de facto es así— de no ser porque el estricto control cambiario y la desconfianza en el Gobierno llevan a muchos emigrantes a realizar estas remesas en negro, por lo que a efectos formales tiene un impacto mucho más limitado sobre la economía. Mientras tanto, seguiremos asistiendo a una crisis de primer nivel sin una respuesta internacional a la altura.