El eco de la operación militar de Estados Unidos en Venezuela sigue escuchándose en Cuba. Donald Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, se han referido varias veces a la inminente caída del régimen sin el petróleo venezolano. El 29 de enero, semanas después de aludir a una supuesta negociación con La Habana, la Administración estadounidense firmó una orden ejecutiva que impone aranceles a los países que suministren petróleo a Cuba, definida como una “amenaza inusual y extraordinaria” para su seguridad nacional.
Según publicó entonces el Financial Times, las reservas de petróleo del país caribeño no alcanzaban para más de veinte días: Venezuela suministraba unos 46.500 barriles diarios a la isla antes de la intervención estadounidense; México, un promedio de 17.200 barriles diarios, que habrían dejado de llegar a principios de enero y estarían en vías de reanudarse en virtud de vías diplomáticas pero no se sabe cuándo. Rusia envió su último buque en octubre, y Argelia no ha enviado desde febrero pasado. Cuba, privada de combustible, ve agotarse su tiempo.
Sin embargo, la pregunta ya no es cuánto más podrán resistir los cubanos, que han pasado de temporadas de precariedad en décadas pasadas a sobrevivir en penuria económica en los últimos años. Ahora es hasta cuándo seguirá apostando Estados Unidos, con un Gobierno desestabilizador, por una caída desde dentro y descartando el uso de la fuerza para provocar un cambio de régimen. De algo no hay duda: Cuba asiste a un parteaguas. Si bien hasta ahora sólo se ha hablado de negociación, existen otros tres escenarios posibles que no son excluyentes: aumentar el boicot y las sanciones, provocar el colapso interno, y el más extremo y nefasto para la isla: una intervención militar directa.
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