Cómo intervino Rusia en las elecciones de EE. UU.

La campaña rusa de interferencia en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 incluyó el hackeo a la campaña de Hillary Clinton, la publicación de información confidencial a través de WikiLeaks, ciber espionaje y propaganda mediática a través de medios de comunicación y redes sociales.
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Cómo intervino Rusia en las elecciones de EE. UU.
Fuente: Hillary for America (Flickr)

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El 19 de marzo de 2016, el jefe de campaña de Hillary Clinton, John Podesta, recibía un correo electrónico que resultaría decisivo para el futuro de la campaña demócrata. El correo, que reproducía la misma estética y estilo que el del servidor de correo Gmail, levantó las sospechas de su equipo, ya que instaba a Podesta a que cambiara de contraseña de forma inmediata. Tras ser consultado al respecto uno de los ingenieros informáticos de la campaña, este resolvió que se trataba de un correo ilegítimo, parte de un intento de hackeo, y que se debía cambiar la contraseña cuanto antes directamente a través de Google.

Sin embargo, el ingeniero olvidó la “i” y escribió “legítimo”, de modo que Podesta acabaría cambiando su contraseña a través del correo y exponiendo toda su información a quienes hackearon su cuenta de correo; un error tipográfico que bien pudo costarle a Hillary Clinton la presidencia. Tres meses después, los correos de Podesta y del Comité Nacional Demócrata —el órgano burocrático del Partido Demócrata—, que también fue hackeado, serían publicados por varios portales, incluido WikiLeaks, evidenciando, entre otras cosas, que el aparato demócrata, teóricamente neutral, ridiculizaba en privado la campaña del senador Bernie Sanders, el principal rival de Clinton en las primarias de la formación. El Partido Demócrata había sido hackeado y su información confidencial se estaba filtrando al público en pleno proceso electoral.

GRU, mi villano favorito

El 6 de enero de 2017, a dos semanas de que Trump llegara a la Casa Blanca, los servicios de inteligencia de Estados Unidos —CIA, FBI y NSA— publicaron un informe conjunto en el que concluían que el Gobierno ruso había ordenado una campaña de interferencia en las elecciones con el objetivo de desestabilizar el proceso electoral y el sistema democrático de EE. UU., así como vulnerar la campaña de Hillary Clinton en favor de su rival republicano, Donald Trump. Para ello, el Gobierno ruso se sirvió de varios métodos, detallados en el informe: ciber espionaje, hackeos, propaganda mediática, etc. Las conclusiones de este estudio serían posteriormente confirmadas por un informe del comité de inteligencia de la Cámara de Representantes del Congreso, de mayoría republicana. Otro informe reciente de la comisión homóloga en el Senado, también de mayoría republicana, no sólo confirmaba estos hechos, sino también que Rusia se posicionó claramente a favor de Donald Trump en sus esfuerzos por interferir en las elecciones.

Los servicios de inteligencia identificaron a la unidad responsable del hackeo del Comité Nacional Demócrata y de miembros de la campaña de Hillary: la Glavnoe Razvedytalnoe Upravlenie, conocida comúnmente como GRU, una agencia de inteligencia dependiente del Ministerio de Defensa ruso. El 13 de julio de 2018, tres días antes de la cumbre de Helsinki entre Trump y Putin, el fiscal especial que investiga la trama rusa, Robert Mueller, imputó a doce agentes rusos pertenecientes a la GRU por dichos hackeos. Se trata, hasta la fecha, de la acusación más detallada del Gobierno estadounidense en relación con la campaña de interferencia rusa en las elecciones de 2016.

Para ampliar: “Sombras que nunca desaparecen: los servicios de inteligencia rusos”, Jimena García en El Orden Mundial, febrero de 2017.

En el escrito de acusación, Mueller detalla las operaciones cibernéticas desarrolladas por esta unidad y por cada uno de sus doce componentes, a quienes imputa el delito de conspiración para cometer una ofensa contra los Estados Unidos. El objeto de la conspiración, según Mueller, era “hackear los ordenadores de personas y entidades relacionados con las elecciones de 2016, robar documentos de dichos ordenadores y filtrarlos al público para interferir en el resultado de las elecciones”. Tal y como detalla la acusación y el informe de las agencias de inteligencia, la GRU no sólo hackeó a los demócratas, sino que se encargó personalmente de filtrar el contenido al público. Las identidades Guccifer 2.0 y DCLeaks fueron creadas por la misma unidad del GRU, y fueron utilizados para filtrar los correos electrónicos hackeados.

Dominio público

Los esfuerzos por parte del GRU para hackear al Partido Demócrata y la información que sustrajeron tiene relativamente poco valor para influir en unas elecciones en las que votaron casi 140 millones de personas, al menos a través de las plataformas que crearon para filtrarlo —DCLeaks y Guccifer 2.0—. Hacía falta más contenido y una audiencia lo más amplia posible para lograr el efecto de disrupción deseado en el proceso e incluso en el resultado electoral.

La filtración por parte de WikiLeaks de los correos hackeados elevaba a una mayor escala el daño provocado sobre la candidata demócrata. Esta organización ya había causado serios dolores de cabeza a la Administración Obama al protagonizar la mayor filtración de documentos secretos de la historia. Ahora, obraba de forma similar en plena contienda electoral y en detrimento claro de la candidata demócrata. El escrito de acusación de Robert Mueller recoge cómo WikiLeaks —a quién se refiere como Organization 1— contactó a Guccifer 2.0 con el objeto de que le mandase más material hackeado para que tuviera un impacto mucho mayor. El 22 de julio de 2016, tres días antes de la Convención Nacional Demócrata en la que Clinton aspiraba a integrar al electorado de Sanders en su campaña, WikiLeaks publicaba 22.000 correos electrónicos hackeados por Guccifer 2.0. En esa línea, dos días antes de las elecciones, el 7 de noviembre, publicaba los últimos documentos robados al jefe de campaña de Clinton.

La colaboración directa con WikiLeaks no es la única estrategia de cara a influir decisivamente en las elecciones estadounidenses. El informe de las agencias de inteligencia del país recoge cómo el Gobierno ruso utilizó su “aparato de propaganda” para favorecer la opinión pública hacia Donald Trump y perjudicar la de su rival demócrata. Este aparato, compuesto por medios de comunicación estatales de alcance global, como Russia Today (RT) o Sputnik, y una red de trolls, se dedicaba, según el informe, a denunciar el trato injusto que recibía Trump del sistema político estadounidense, al que calificaba como corrupto, a la vez que ampliar el alcance del escándalo de los correos electrónicos. Así, por ejemplo, RT publicaba en agosto de 2016 una entrevista a Julian Assange bajo el título “Assange: Clinton y el ISIS se financian con el mismo dinero; no permitirán que gane Trump”.

Para ampliar: “Medios de comunicación alternativos: armas de desinformación masiva”, Meng Jin Chen en El Orden Mundial, julio de 2018.

En la red, no solo los trolls repetían en bucle este mensaje, sino que también conformaron una auténtica campaña publicitaria de contenido político destinada a crear disrupción. Este ejército de cuentas falsas creadas por una empresa rusa, la Agencia de Investigación en Internet, compró, según datos facilitados por Facebook, más de 3.000 anuncios de contenido político valorados en torno a 100.000 dólares. Algunos de los anuncios mencionaban explícitamente a los candidatos, mientras que otros se centraban en cuestiones políticas polarizadas —aborto, matrimonio igualitario, armas, etc.—. Facebook calculó que en torno a 150 millones de estadounidenses podían haber visto este tipo de anuncios en su web y en Instagram.

La campaña rusa de interferencia en las elecciones, probada tanto por los informes de los servicios de inteligencia estadounidenses como por las comisiones de inteligencia de la Cámara y el Senado y ampliamente detallada en el escrito de acusación del fiscal Mueller, demuestran no sólo el intento por parte de Rusia de generar disrupción en unas elecciones y favorecer a un candidato, sino la utilización deliberada de herramientas como el hacking, redes sociales, medios de comunicación e incluso las criptomonedas para influir y, eventualmente, moldear la opinión pública de un país. Aún no se puede probar si la campaña propició la victoria a Donald Trump o si miembros de su equipo conspiraron con Rusia en sus esfuerzos, pero ni el propio presidente ha sido capaz de negar la veracidad de la campaña rusa.

Trajan Shipley

Madrid, 1997. Estudiante de Derecho y Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Soy español y estadounidense, y me interesan especialmente la economía y el comercio internacional, la integración europea y cuestiones jurídicas internacionales.