Ecuador vive una crisis de seguridad inédita. Durante décadas, presumió de ser una “isla de paz” en América Latina, pero eso ha acabado. Desde 2017, la tasa de homicidios per cápita se ha multiplicado por siete, superando a países como México, Colombia o El Salvador. A ello se han sumado varios motines violentos en cárceles desde 2021.
Para colmo, 2023 ha sido el año más violento de su historia con casi 7.600 asesinatos. La situación terminó de estallar hace unos días después de que el principal líder narcotraficante se fugara de la cárcel y varios pandilleros asaltaran un plató de televisión. Como resultado, el presidente, Daniel Noboa, declaró un “conflicto armado interno” en todo el país.
Esta ola de violencia no es fortuita. Ecuador se ha convertido en el nuevo centro de la droga en América Latina. El crimen organizado ha aprovechado la inestabilidad económica, la debilidad del Estado y los cambios en las rutas del narcotráfico para operar allí a través de bandas locales. Para contrarrestarlo, Quito imitará las políticas de seguridad de Nayib Bukele en El Salvador, pero la geografía ecuatoriana y el peso de los cárteles trasnacionales reducen sus opciones de éxito.
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