La maldición del cobalto: el Congo se desangra para que tengamos nuevo iPhone

Extracto del libro ‘Cobalto rojo’, del escritor y activista Siddharth Kara, publicado por Capitán Swing. Revela los abusos contra los derechos humanos en la República Democrática del Congo tras la explotación del cobalto, un mineral clave para los aparatos tecnológicos que usamos a diario.
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La maldición del cobalto: el Congo se desangra para que tengamos nuevo iPhone
Fuente: The International Institute for Environment and Development (Flickr)

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Aunque la industria minera mundial actual, que mueve un billón de dólares, está dominada por el carbón, el hierro, la bauxita, el fosfato, el yeso y el cobre, los denominados elementos de tierra raros, utilizados en los dispositivos tecnológicos modernos y en las distintas formas de energía renovables, están creciendo rápidamente en importancia económica y geopolítica. Muchos de estos minerales estratégicos, entre ellos el cobalto, se encuentran en África Central.

Durante gran parte de la historia las explotaciones mineras se basaron en la instrumentalización de esclavos y trabajadores pobres para excavar la mena de la tierra. Los oprimidos se veían obligados a excavar en condiciones peligrosas, sin que se tuviera en cuenta su seguridad y a cambio de una remuneración escasa o nula. Hoy en día a estos trabajadores se les asigna el desfasado término de mineros artesanales, y trabajan en un oscuro sector de la industria minera mundial llamado minería artesanal y de pequeña escala (ASM). No se deje engañar por la palabra artesanal pensando que la ASM implica actividades mineras placenteras realizadas por artesanos cualificados. Los mineros artesanales utilizan herramientas rudimentarias y trabajan en condiciones peligrosas para extraer miles de minerales y piedras preciosas en más de ochenta países del Sur global. Puesto que la ASM es casi totalmente informal, los mineros artesanales rara vez tienen contratos con salarios y condiciones de trabajo. No suele haber ninguna vía para solicitar protección por daños o compensaciones por abusos. A los mineros artesanales casi siempre se les paga un salario mísero a destajo y deben asumir todos los riesgos de lesiones, enfermedades o muerte.

Aunque la ASM está plagada de condiciones peligrosas, el sector ha crecido rápidamente. En todo el mundo hay unos 45 millones de personas que se dedican a la minería artesanal a pequeña escala, lo que representa un asombroso 90 por ciento del total de la mano de obra minera mundial. A pesar de los numerosos avances en maquinaria y en tecnología, la industria minera formal depende en gran medida del duro trabajo de los mineros artesanales para aumentar la producción con un gasto mínimo. Las aportaciones de la minería artesanal son sustanciales: el 26 por ciento del suministro mundial de tantalio, el 25 por ciento del estaño y el oro, el 20 por ciento de los diamantes, el 80 por ciento de los zafiros y hasta el 30 por ciento del cobalto.

“La mano de obra se paga al céntimo, la vida apenas se valora”

Para descubrir la realidad de la explotación del cobalto en el Congo viajé al corazón de las dos provincias mineras del país: el Alto Katanga y Lualaba. Tracé concienzudos planes sobre cómo llevaría a cabo mis investigaciones, que quedaron en nada al primer contacto con la realidad congoleña. A cada paso que daba, las condiciones eran más hostiles: fuerzas de seguridad agresivas, vigilancia intensa, lejanía de muchas zonas mineras, desconfianza hacia los forasteros y la magnitud que suponen cientos de miles de personas dedicadas a la frenética excavación de cobalto en condiciones medievales. El recorrido por las provincias mineras fue a veces un estremecedor viaje en el tiempo. Los dispositivos electrónicos de consumo y los vehículos eléctricos más avanzados del mundo dependen de una materia excavada por las manos llenas de ampollas de campesinos que utilizan picos, palas y varillas de refuerzo. La mano de obra se paga al céntimo, la vida apenas se valora. Hay muchos episodios en la historia del Congo más sangrientos que lo que está ocurriendo hoy en el sector minero, pero ninguno ha supuesto tanto sufrimiento a cambio de tanto beneficio vinculado indisolublemente al estilo de vida de miles de millones de personas por todo el mundo. 

La investigación de campo se llevó a cabo durante varios viajes a las provincias mineras en 2018, 2019 y 2021. No fue posible viajar en 2020 debido a la pandemia de COVID-19 cuyo verdadero impacto, aunque causó estragos en todo el mundo, sigue sin evaluarse en los más desfavorecidos que extraen cobalto. Cuando las minas industriales cerraron durante largos periodos en 2020 y 2021, la demanda de cobalto no hibernó alegremente, sino que creció a medida que la gente volvía a depender más que nunca de sus dispositivos para seguir trabajando o asistiendo a la escuela desde casa. El aumento de la demanda de cobalto obligó a cientos de miles de campesinos congoleños, que no podían vivir sin el dólar o los dos dólares que ganaban cada día, a meterse en zanjas y túneles, sin protección, para mantener el suministro de cobalto. La COVID-19 se propagó rápidamente en las minas artesanales del Congo, donde era imposible llevar mascarillas y distanciarse socialmente. Nunca se contabilizó a los enfermos y muertos infectados por la enfermedad, añadiendo un dato desconocido al lúgubre balance de la industria.

Dediqué todo el tiempo que me fue posible a escuchar las historias de quienes vivían y trabajaban en las provincias mineras para poder obtener los testimonios incluidos en este libro. Algunos me hablaron de su caso particular, otros lo hicieron en nombre de los que habían muerto […]. La mayoría de los mineros artesanales y sus familiares no querían hablar conmigo por miedo a represalias violentas. […]

Cada uno de los que trabajaron conmigo lo hizo corriendo un riesgo personal considerable. Desde siempre el Gobierno congoleño ha hecho todo lo posible por ocultar la situación de las provincias mineras. Cualquiera que intente sacar a la luz la realidad, ya sean periodistas, trabajadores de ONG, investigadores o medios de comunicación extranjeros, está sometido a una fuerte vigilancia durante su estancia. El ejército congoleño y otras fuerzas de seguridad están en todo momento presentes en las zonas mineras, lo que hace que el acceso a los yacimientos sea peligroso y a veces imposible. Los presuntos agitadores pueden ser detenidos, torturados o algo peor. […]

La gravedad de los daños causados por la extracción de cobalto no es, por desgracia, una experiencia nueva para la población del Congo. Los siglos de trata europea de esclavos, desde principios del siglo XVI, causaron daños irreparables a la población nativa que culminaron con la colonización del rey Leopoldo II, quien sentó las bases para la explotación que continúa hasta hoy. Las peculiaridades de su régimen siguen siendo preocupantemente extrapolables al Congo moderno.

Joseph Conrad inmortalizó la maldad del Estado Libre del Congo de Leopoldo en El corazón de las tinieblas (1899) con cuatro palabras: «¡El horror! ¡El horror!». Posteriormente, describió el Estado Libre del Congo como «el más vil de los saqueos que jamás hayan desfigurado la historia de la conciencia humana» y una tierra en la que «la crueldad despiadada y sistemática hacia los negros es la base de la administración». El año siguiente a la publicación de El corazón de las tinieblas, la primera persona que recorrió a pie África, desde Ciudad del Cabo hasta El Cairo, E. S. Grogan, describió el territorio de Leopoldo como fruto de un «desarrollo vampírico». En El Informe Casement (1904) Roger Casement, cónsul británico en el Estado Libre del Congo, describió la colonia como un «verdadero infierno en la tierra». El infatigable aliado de Casement para poner fin al régimen de Leopoldo, E. D. Morel, escribió que el Estado Libre del Congo era «un sistema perfeccionado de opresión, repleto de barbaridades inimaginables y responsable de la vasta destrucción de la vida humana». Cada una de estas descripciones refleja por igual las condiciones actuales en las provincias mineras de cobalto. […] 

“¿Para qué solucionar un problema si nadie piensa que existe?”

Aunque el pueblo del Congo ha sufrido siglos de explotación, hubo un momento —un fugaz destello de luz en los albores de la independencia en 1960— en el que el rumbo de la nación podría haber cambiado drásticamente. El primer ministro del país elegido democráticamente, Patrice Lumumba, ofreció a la nación un atisbo de un futuro en el que el pueblo congoleño podría determinar su propio destino, utilizar los recursos de la nación en beneficio de las multitudes y rechazar la interferencia de las potencias extranjeras que pretendían seguir explotando los tesoros del país. Era una visión audaz y anticolonial que podría haber alterado el curso de la historia en el Congo y en toda África, pero rápidamente Bélgica, las Naciones Unidas, Estados Unidos y los intereses neocoloniales que representaban rechazaron la visión de Lumumba, se confabularon para asesinarle y apuntalaron en su lugar a un violento dictador, Joseph Mobutu. Durante treinta y dos años Mobutu apoyó la agenda occidental, mantuvo el flujo de minerales de Katanga en la dirección que los occidentales querían y se enriqueció de igual modo que los colonizadores que le precedieron.

De todas las tragedias que han afligido al Congo quizá la más sangrante sea que el sufrimiento que se está produciendo hoy en las provincias mineras es totalmente evitable. Pero ¿para qué solucionar un problema si nadie piensa que existe? La mayoría de la gente no sabe lo que ocurre en las minas de cobalto del Congo, porque la realidad está oculta tras múltiples capas de cadenas de suministro multinacionales que sirven para erosionar la rendición de cuentas. Para cuando se rastrea la cadena, desde el niño que trabaja en la mina de cobalto hasta los aparatos recargables y los automóviles que se venden a los consumidores de todo el mundo, los vínculos se han confundido hasta hacerse irreconocibles, como un estafador en un juego de trileros. 

Este sistema de ocultar la gravedad de la explotación de las personas de color desfavorecidas en el eslabón más bajo de las cadenas de suministro mundiales se remonta a siglos atrás. Pocos de los que se sentaban a desayunar en la Inglaterra del siglo XVIII sabían que su té estaba endulzado con azúcar cosechada en condiciones brutales por esclavos africanos que trabajaban en las Indias Occidentales. Los esclavos permanecieron alejados de la mesa del desayuno británico hasta que un grupo de abolicionistas expuso delante del pueblo inglés la verdadera imagen de la esclavitud. Las partes interesadas lucharon por mantener el sistema, dijeron al público británico que no se fiara de lo que les contaban. Defendieron la gran humanidad del comercio de esclavos: los africanos no sufrían, sino que eran «salvados» de la barbarie del continente negro. Argumentaban que los africanos trabajaban en condiciones agradables en las islas, y cuando esos argumentos fracasaron, los esclavistas afirmaron que habían hecho cambios que subsanaban las tropelías que se producían en las plantaciones. Después de todo, ¿quién iba a ir hasta las Indias Occidentales para demostrar lo contrario? Y, aunque lo hicieran, ¿quién les iba a creer?

https://elordenmundial.com/mapas-y-graficos/la-geopolitica-de-la-republica-democratica-del-congo/

La verdad, sin embargo, era que, de no haber sido por la demanda de azúcar y los inmensos beneficios obtenidos con su venta, toda la economía de la esclavitud no habría existido. Además, el resultado inevitable de despojar a los seres humanos de su dignidad, seguridad, salario y libertad solo puede acabar en un sistema en el que se deshumaniza por completo a las personas explotadas en la parte inferior de la cadena. Los barones de la tecnología de hoy te contarán una historia similar sobre el cobalto. Te dirán que respetan las normas internacionales de derechos humanos y que sus particulares cadenas de suministro están limpias. Te asegurarán que las condiciones no son tan malas como parecen y que están aportando comercio, salarios, educación y desarrollo a la población más pobre de África («salvándola»). También te asegurarán que han introducido cambios en el terreno para remediar los problemas, al menos en las minas a las que dicen comprar cobalto. Después de todo, ¿quién va a ir hasta el Congo para demostrar lo contrario? E, incluso si lo hicieran, ¿quién les iba a creer?

La verdad, sin embargo, es que de no ser por la demanda de cobalto y los inmensos beneficios que obtienen a través de la venta de teléfonos inteligentes, tabletas, ordenadores portátiles y vehículos eléctricos, toda la economía sangrienta del cobalto no existiría. Además, el resultado inevitable de una lucha sin ley por el cobalto en un país empobrecido y devastado por la guerra solo puede ser la completa deshumanización de las personas explotadas en la parte inferior de la cadena.

Siddharth Kara

Knoxville, 1974. Escritor, investigador y activista. Profesor global de la Academia Británica y profesor asociado de Trata de Seres Humanos y Esclavitud Moderna en la Universidad de Notthingham. Es autor de tres libros al respecto y de 'Cobalto rojo', sobre los abusos a los derechos humanos en la explotación de este mineral.

1 comentario

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    Maria Luisa Gutiiérrez Pérez

    Impresionante este articulo.Sin palabras.¡ Que poco se sabe de estas cosas !
    Opino que deben de tener más presencia en todos los medios estas personas que se preocupan por investigar las injusticias que hay en el mundo a ver si es posible que despertemos.Muchas gracias a esta persona y a otras tantas por darnos un toque de atencion a nuestra conciencia

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