Aunque las reservas de cobalto se encuentran esparcidas por todo el mapa del mundo, solo suponen el 0,001% de la corteza terrestre y la mayoría de yacimientos están concentrados en la República Democrática del Congo. Su uso en la fabricación de baterías lo ha convertido en un metal omnipresente, sobre todo con el aumento de la penetración de los smartphones, pero debido a la pequeña cantidad que estos requieren la producción de cobalto no había sufrido grandes presiones en los últimos años.
Ahora la situación es diferente. El auge de las baterías de iones de litio utilizadas en los vehículos eléctricos, cuyo precio se ha abaratado un 80% desde 2013, ha disparado la demanda de este material, muy resistente al desgaste y la corrosión. Y si bien la pandemia ha concedido un respiro a los productores, con la reactivación de la economía las necesidades del sector automovilístico han vuelto a intensificarse.
De hecho, si la flota de coches eléctricos llega a representar el 20% del total en 2025, será necesario extraer cerca del doble de cobalto que ahora —140.000 toneladas en 2020, según los datos del Servicio Geológico de Estados Unidos—. Y es que, a diferencia de los teléfonos, una batería para un coche eléctrico requiere entre ocho y doce kilos de cobalto.
El dominio de la República Democrática del Congo —en 2020 acumuló el 68% de la extracción— hace muy vulnerable la cadena de suministro de este metal, que puede verse afectada por conflictos locales o rivalidades geopolíticas. Ello, unido a su importancia para la tecnología no contaminante y su escasa disponibilidad, ha provocado que Estados Unidos y la Unión Europea incluyan el cobalto en sus respectivas listas de elementos considerados críticos.
Además, la extracción de cobalto es muy contaminante —tanto por la deforestación como por el uso de productos químicos tóxicos— y suele estar asociada a situaciones de vulneración de derechos humanos, altos riesgos laborales y trabajo infantil. Se trata también del elemento más caro de todos los necesarios para la fabricación de baterías de iones de litio. Por todo ello, empresas como Samsung, Panasonic y Tesla están tratando de desarrollar baterías libres de cobalto, aunque estas aún no han conseguido alcanzar una densidad energética o autonomía alta.
Distinta es la situación de China, la gran dominadora de la producción de vehículos eléctricos, que controla el 70% del sector minero de la República Democrática del Congo y el 80% de la industria del refinamiento del cobalto.
Y no parece que vaya a parar. Recientemente, el gigante asiático ha aprobado la fusión de tres compañías mineras, todas ellas estatales, para crear el grupo empresarial de tierras raras más grande del mundo, que absorberá el 70% de la producción de estos minerales en el país y que reforzará, más aún si cabe, el dominio internacional de China sobre esta industria.
Durante los últimos años, las tierras raras se han convertido en un factor geoestratégico de primer orden, principalmente por su importancia para la fabricación de productos tecnológicos o armamento. Además del cobalto, otros minerales críticos para las nuevas industrias extractoras son el litio, esencial para la construcción de baterías eléctricas y cuya producción mundial se ha duplicado entre 2016 y 2020, y el grafito, del cual se calcula que para 2022 sufrirá un déficit cercano a las 20.000 toneladas, la cantidad necesaria para equipar unos 250.000 vehículos eléctricos.