Una quinta parte de las emisiones de CO2 globales tiene su origen en el transporte, especialmente en aquel vinculado al tráfico rodado de pasajeros, es decir, a coches, motos particulares, autobuses y taxis. Es por ello por lo que descarbonizar —abandonar los vehículos impulsados por combustibles fósiles— y electrificar el transporte —apostar en su lugar por coches que utilizan baterías eléctricas— se ha planteado como una de las medidas más urgentes para combatir el cambio climático.
Como consecuencia, la tecnología y la penetración de los coches eléctricos está aumentando a un ritmo cada vez más alto: el coste de una batería eléctrica ha caído un 80% desde 2013, lo que ha permitido que en 2020 los vehículos que hacen uso de este tipo de dispositivos alcancen una cifra récord de diez millones en todo el mundo. Es un 43% más que en 2019 y ya representan el 1% de la flota mundial de vehículos, una proporción que está llamada a seguir creciendo exponencialmente durante los próximos años.
Pero, ¿está realmente la industria automotriz preparada para escalar la producción de coches eléctricos? Si la demanda sigue intensificándose al ritmo de la oferta, es posible que sí. Las dudas, no obstante, se ciernen sobre el abastecimiento de los materiales necesarios para la fabricación de estos vehículos.
Y es que las baterías eléctricas emplean una serie de metales y minerales escasos cuya producción es controlada en su mayoría por un puñado de países, y no está tan claro que su minado pueda ser acelerado a la velocidad exigida y con los niveles de sostenibilidad necesarios.
Uno de estos minerales es el níquel, un componente clave para la producción de baterías de iones de litio y cuyos yacimientos se concentra en apenas tres países del mapa del mundo: Indonesia, Brasil y Australia. Este metal ha sido utilizado históricamente para acuñar monedas y fabricar acero inoxidable —en la actualidad entre el 70% y el 75% de la producción mundial se destina a este fin—, pero en los últimos años su demanda se ha disparado como consecuencia de su uso en los vehículos eléctricos. ¿La razón? Permite que las baterías cuenten con mayor autonomía y reduce la cantidad necesaria de cobalto, más caro y con una cadena de suministro menos transparente.
El problema es que el níquel ha empezado a escasear hasta el punto de que se espera que en 2023 se produzca un déficit entre oferta y demanda. Por esa razón, Elon Musk, fundador de Tesla y uno de los hombres más ricos del mundo, anunció en febrero de 2021 que su compañía está comenzando a introducir el hierro en sustitución del níquel.
A una posible falta de reservas también se une el frenazo a las exportaciones promovido en 2020 por el Gobierno de Indonesia, el principal productor de níquel en el mapa del mundo —aglutinó el 30,4% de la producción mundial en 2020, según datos del Servicio Geológico de Estados Unidos—, lo que también está haciendo subir su precio. El país asiático busca desarrollar su industria de refinamiento y fundición de níquel para que el procesamiento completo, desde la extracción hasta su industrialización, suceda en su territorio.
Hasta ahora la mayor parte del níquel se exportaba en bruto, sin procesar, a China, que se encargaba luego de convertirlo y añadirle valor. De esta forma, Indonesia pretende ganar peso en la industria del acero inoxidable y de las baterías eléctricas. Estas últimas solo requieren el 3,7% del níquel consumido en el mundo en la actualidad, pero esa demanda está lejos aún de tocar techo.