Si miramos el mapa africano, Ruanda es ínfima al lado de su vecina República Democrática del Congo (RDC). Más pequeña que Cataluña, casi cien veces menor en superficie, con un octavo de la población y un tercio de efectivos militares, no debería tener capacidad de hacerle cosquillas. Sin embargo, lleva más de tres décadas siendo capaz de irrumpir en territorio vecino y vencer.
La última ofensiva ruandesa ha sido el apoyo al Movimiento 23 de Marzo (M23). Desde su avance a las ciudades de Goma y Bukavu en enero y febrero, el grupo rebelde congoleño se ha llevado todo por delante. No lo ha frenado el Ejército, las milicias de autodefensa Wazalendo ni los mercenarios rumanos contratados por el Gobierno. También hicieron arder un coche de la ONU y mataron al menos a trece soldados de las misiones de la ONU y de la Comunidad de Desarrollo de África Austral. A las más de seis millones de desplazados que había el año pasado (el 80% en el este), la ONU suma otros 400.000 en 2025.
Ahora el Gobierno congoleño ha perdido el control del este del país. Desde la capital, Kinsasa, a más de 1.500 kilómetros de Goma, el Ejecutivo jamás ha controlado todo el territorio congoleño. Se trata del país más grande del África subsahariana, cuenta con amplias zonas boscosas, apenas un 2% de las carreteras asfaltadas y ricas zonas mineras rodeadas de grupos armados. El presidente ruandés, Paul Kagame, siempre ha señalado al Gobierno congoleño por no controlar su territorio, pero sus acciones se deben a dos motivos.
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