Canadá vive una oleada nacionalista sin precedentes motivada por las bravatas anexionistas de Donald Trump en el vecino Estados Unidos. Se expresa en la formas típica de cualquier chovinismo: cantos emocionados del himno en los estadios, propuestas de boicot a los productos estadounidenses y al mero viaje al país, etcétera. El ya ex primer ministro Justin Trudeau decía en su inicio que los canadienses están “más unidos que nunca”, y las encuestas parecen confirmarlo.
Pero esa unión nunca ha sido rocosa, ni fácil de mantener. Canadá es el segundo país más grande del mundo, un país plurinacional y multilingüe en el que, además de varias naciones indígenas, habitan los francoparlantes de Quebec. Esta vasta provincia protagonizó dos referendos de independencia en el siglo XX, uno en 1980 —en el que el sí a la independencia obtuvo el 40,4% de los votos— y otro en 1995, donde el 49,4% de los votantes estuvieron a punto de conseguir la secesión. Podría suponerse que allá no gusta demasiado esta eclosión de patriotismo de la hoja roja de arce, pero los sondeos de las inminentes elecciones del 28 de abril apuntan a lo contrario.
Un nacionalismo difícil
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