Aunque el Reino Unido ya no está, en la UE sigue habiendo países que van por libre

Dinamarca, Suecia, Irlanda o los Países Bajos son considerados versos sueltos en la Unión Europa porque toman decisiones casi unilaterales en algunas áreas. Tienen estatus diferentes a nivel monetario, social o fiscal, y sus posiciones tienen consecuencias para los demás Estados miembros.
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Aunque el Reino Unido ya no está, en la UE sigue habiendo países que van por libre
Fuente: Pixabay

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Cuando el brexit se consumó, la Unión Europea pensó que se había librado de su oveja negra. El Reino Unido fue a su propio paso como Estado miembro casi desde su entrada en 1973. Incluso podía no adherirse a algunas decisiones comunes, y muchos consideraron su abandono como una oportunidad para avanzar.

Sin embargo, en el bloque todavía hay países que, en algunas áreas, toman decisiones que pueden perjudicar al proyecto europeo. Más allá del conflicto con Hungría, Polonia o Eslovenia por el respeto al Estado de derecho, Dinamarca, Suecia, Irlanda o los Países Bajos son buenos ejemplos, aunque hagan menos ruido del que hacían los británicos.

Estos cuatro países están considerados entre los más austeros de la UE. Algunos de ellos se han llamado a sí mismos “frugales”: consideran “derrochadores” a Italia, España o Grecia, en especial desde la crisis de 2008, y se han empeñado en vigilar las políticas económicas y reformas de los países del sur. Esta diferencia se volvió a evidenciar en verano de 2020, durante la negociación del plan de recuperación pospandemia. El norte buscaba que la mayor parte de las ayudas se dieran a través de créditos para no soportar más deuda que la que ellos mismos generasen, pero su postura fue minoritaria y quedaron acorralados.

Dinamarca, la inmigración y el Espacio de Libertad y Justicia

Aunque el sambenito de oveja negra de la UE estuviese en manos de los británicos, Dinamarca no se queda lejos, pues difiere respecto a otros Estados miembros en varios asuntos. Como el Reino Unido, Dinamarca forma parte de la Unión desde 1973 y se acogió a una cláusula de exclusión voluntaria en los Tratados de la UE que le exime de tener que adoptar el euro. Aunque podría decidir formar parte de la moneda única, de momento mantiene el uso de la corona.

Dinamarca marca su propio paso: no forma parte del Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia, que se refiere a las políticas sobre controles en las fronteras, asilo e inmigración, a la cooperación judicial en materia civil y penal, y a la cooperación policial. El país nórdico cuenta con una ley nacional que le permite no participar en esa toma de decisiones, y la UE lo acepta. 

Con todo, el asunto en el que los daneses han marcado más distancia con Bruselas es la inmigración. Dinamarca ha dado un giro importante en materia migratoria desde los años noventa, cuando tenía una de las políticas más abiertas de Europa. Desde entonces ha ido aumentando las restricciones y en junio de 2021 el Gobierno socialdemócrata culminó el cambio con una ley que permite enviar a los solicitantes de asilo a terceros países “asociados” mientras se resuelve su caso. Obviando a los países del Este, Dinamarca tiene ahora una de las políticas migratorias más restrictivas, y Bruselas tiene poco margen de maniobra para responder.

Suecia no quiere el euro

La fijación de Suecia tiene que ver con su oposición al euro. Ahora es obligatorio cumplir con las indicaciones para sumarse a la moneda única si se quiere formar parte de la UE, pero no era así cuando el país entró en el bloque en 1995, pues ese requisito se incorporó con el Tratado de Lisboa de 2007 sin carácter retroactivo. Los criterios de convergencia económica son baja inflación, finanzas públicas “saneadas y sostenibles” y estabilidad en los tipos de cambio y tipos de interés a largo plazo.

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Sin embargo, Suecia procura incumplir alguna de esas obligaciones para no tener que cambiar su moneda, la corona sueca. De hecho, el país votó en 2003 un referéndum sobre si sumarse a la moneda única, y el resultado fue claro: el 56% votó que no. Esa consulta se dio además en un contexto de tensión por el asesinato cuatro días antes de la entonces ministra de Exteriores, Anne Lindht, favorable al euro, lo que hizo especular sobre un cambio de tendencia.

Los suecos, no obstante, nunca han querido adherise a la divisa europea. Las razones principales para votar en contra tuvieron que ver con las exigencias del Pacto de Estabilidad y Crecimiento —por el que los países de la eurozona coordinan sus políticas fiscales— y el temor a que adoptar el euro perjudicase su Estado de bienestar, uno de los más avanzados de Europa.

Irlanda, Países Bajos y Luxemburgo… ¿Paraísos fiscales?

Aunque en Bruselas traten de mirar para otro lado, la Unión Europea también tiene paraísos fiscales. Por ejemplo, los Países Bajos y Luxemburgo están entre los diez países considerados bajo esta definición y suponen el 10% de las pérdidas fiscales en la Unión. Los neerlandeses, en concreto, llevan tiempo siendo un verso suelto de la UE y lideraron la presión sobre el sur en la negociación del plan de recuperación. Su primer ministro, Mark Rutte, ha cogido el testigo de “capitán austeridad” ahora que la canciller alemana, Angela Merkel, dejará el poder en septiembre. Rutte ve a la UE como un mercado y se opone a una integración política y económica profunda.

Al ritmo de los Países Bajos también camina Irlanda, que se ha convertido en un país atractivo para las grandes empresas por sus ventajosas condiciones fiscales. Paradójicamente, el Eurogrupo, que reúne a los ministros económicos de la eurozona, está ahora presidido por el irlandés Pascal Donohoe, que se impuso en la votación a la española Nadia Calviño en un cara a cara entre los dos modelos de la UE. De todos modos, parece que la pandemia está erosionando la postura de Irlanda: el G20, la OCDE y la mayoría de la UE apoyan establecer un tipo mínimo global del 15% en el impuesto de sociedades a las grandes multinacionales, lo que perjudicaría la apuesta de Dublín por las tasas bajas.

La pandemia impulsa la integración, pero sigue habiendo resistencias

La pandemia ha cambiado el ritmo de la Unión Europea. El mejor ejemplo de cómo la crisis de la covid-19 no tiene nada que ver con la Gran Recesión de 2008 es Alemania: Merkel pasó de guiar firmemente la austeridad a defender el fondo común de recuperación junto al presidente francés, Emmanuel Macron, o el español, Pedro Sánchez. Que Francia y Alemania se hayan aliado con el sur refuerza a ese bloque frente a los planteamientos más estrictos de los frugales en este debate. Al fin y al cabo, Alemania, Francia, España o Italia forman parte de los países que tradicionalmente han defendido el proyecto europeo en toda su esencia.

El hecho de que algunos Estados miembros decidan ir a un ritmo diferente en ciertos asuntos o tengan su propia visión de la UE provoca que sean partidarios de decisiones que tienen consecuencias directas en el resto. Los Países Bajos, por ejemplo, es un freno para la integración política y económica. Lo mismo sucede con Irlanda. Otro gran reto de la UE es la política migratoria común, pero con posiciones como la de Dinamarca, unida a las de Hungría y Polonia, cada vez más extremas, será complicado que ese acuerdo se alcance a medio plazo. La UE, por tanto, se preocupa por avanzar pero mantiene un ojo puesto en los socios que caminan con su propia agenda.

Emilio Ordiz

Entre Asturias y Madrid. Periodista. Máster en Unión Europea. Especializado en el estudio de los populismos y los discursos euroescépticos. Me interesa la integración europea, el Estado de derecho y la geopolítica. Con un ojo puesto en los Balcanes.