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‘Los malos están ganando’, tituló en The Atlantic la historiadora y comentarista estadounidense de origen polaco Anne Applebaum en 2021. El texto, que constituyó la base de su reciente libro Autocracy Inc (‘Autocracia S.A.’), proponía que las dictaduras del planeta, independientemente de su ideología o signo político, están cooperando en una suerte de alianza informal para garantizar su supervivencia.
“Lo que realmente une a los miembros de este club es un deseo común de preservar y mejorar su poder y riqueza personal. A diferencia de las alianzas militares o políticas de otros tiempos y lugares, los miembros de este grupo no operan como un bloque, sino más bien como una aglomeración de compañías”, escribe Applebaum. “Sus vínculos se asientan no sobre ideales sino sobre acuerdos”. Este argumento sigue siendo polémico. Muchos comentaristas aseguran que esta cooperación difícilmente puede vertebrarse en una alianza formal, como la OTAN, y que las diferencias entre estos regímenes pesan más que sus intereses comunes.
“Aunque China, Irán, Corea del Norte y Rusia están cooperando de manera más fructífera […], lo que comparten se puede describir mejor como una colección de acuerdos pragmáticos, en gran medida bilaterales y probablemente temporales, unidos por circunstancias geopolíticas y por una visión compartida de que la política y la postura actuales de Estados Unidos son altamente perjudiciales para sus respectivos intereses”, escribían los analistas estadounidenses Daniel R. DePetris y Jennifer Kavanagh en Foreign Policy en agosto de este año.
“El eje del mal es una fantasía”, aseguraba Ian Garner, profesor de estudios sobre el totalitarismo en la Universidad de Varsovia, incluso después de que se conociese el envío de tropas norcoreanas a Ucrania en octubre. Sin embargo, no dejan de aumentar las evidencias de que una serie de Estados autoritarios en todo el mundo están fortaleciendo sus lazos, empujados por varios factores.
El primer factor han sido las sanciones internacionales. Durante las dos últimas décadas, las potencias occidentales han desplegado una arquitectura global de sanciones contra autocracias de otras regiones. Como resultado, muchos de estos países autoritarios empezaron a colaborar para evadir estas restricciones. Dos ejemplos son Turquía ayudando a Venezuela e Irán o China cooperando con Irán y Rusia.
Reducir la dependencia del dólar y otras divisas occidentales que facilitan este esquema de sanciones es un objetivo estratégico para estos regímenes. Rusia incluso lo convirtió en una prioridad durante la última reunión de los BRICS el pasado octubre. Estas iniciativas no terminan de ganar tracción por la dificultad de prescindir de aquellas divisas, aunque el proceso de desdolarización avanza poco a poco: según declaró Vladímir Putin en esa cumbre, casi el 95% del comercio entre Rusia y China ya se hace en yuanes o rublos.
La guerra, el gran catalizador
El segundo catalizador de estas alianzas ha sido la guerra de Ucrania. Rusia está recibiendo apoyo de Irán —con miles de drones y misiles balísticos—, Corea del Norte —con más de nueve millones de proyectiles de artillería, misiles y ahora también soldados— y China. Este último caso es más significativo, pues Pekín suministraba principalmente materiales de doble uso a Moscú. No obstante, a mediados de este año, Estados Unidos denunció una expansión de este apoyo, que incluía el envío de componentes para armas y capacidades de satélite. Ya en septiembre, medios de prensa y oficiales de inteligencia occidentales confirmaron el papel del gigante asiático en la fabricación de drones de ataque rusos. Según la agencia Reuters, incluso habría planes para producir vehículos aéreos no tripulados en la propia China.
Además, Rusia trabaja para expandir sus alianzas a otros teatros bélicos, como Oriente Próximo. En los últimos meses se ha reportado que Irán está mediando entre Moscú y las milicias hutíes de Yemen para que estas reciban misiles antibuque que les permitirían afianzar su bloqueo contra el tráfico marítimo en el mar Rojo. El traficante de armas ruso Viktor Bout, liberado a finales de 2022 e intercambiado por la jugadora de la NBA Brittney Griner en una operación de “diplomacia de rehenes”, ha sido detectado en Yemen, donde estaría negociando la entrega de armamento a los hutíes. Y de acuerdo con el Wall Street Journal, Rusia habría dado información sobre objetivos a esta organización a la hora de atacar barcos occidentales.
La cooperación Rusia-Irán es otro motor de este nuevo eje autocrático. Incluso el primer viaje importante de Putin al extranjero tras la pandemia fue a Teherán, en junio de 2022. La imposición masiva de sanciones occidentales tras la invasión rusa de Ucrania había llevado a Rusia a buscar el asesoramiento de Irán sobre cómo esquivarlas. Por ejemplo, la flota fantasma que permite a Rusia exportar petróleo sin restricciones está inspirada en la de Irán, y China es el principal comprador del crudo de ambos países. A cambio de su apoyo, el Kremlin está dándole tecnología de satélites y guerra electrónica, aeronaves y otros elementos avanzados al régimen iraní. Además, Moscú ha respaldado la entrada de Irán en alianzas como la Organización de Cooperación de Shanghái (a la que se unió en 2023) o los BRICS (en enero de este año).
Como parte de este acercamiento, Irán participa cada vez más en ejercicios militares con Rusia y China para mejorar la interoperabilidad de sus ejércitos. Estos y otros países también cooperan en la transferencia de tecnologías de la vigilancia, especialmente de China a Irán o Venezuela, y de Rusia a Asia Central o Nicaragua. Además, Pekín y Moscú han firmado acuerdos para cooperar en el dominio informativo, lo que se ha traducido en una difusión coordinada de desinformación sobre temas como el coronavirus, Xinjiang, África o la guerra de Ucrania.
Apoyos políticos, pero pragmáticos
Por supuesto, no todas las autocracias colaboran entre sí, pero el apoyo político que muchas se prestan es evidente en escenarios como Naciones Unidas. Las resoluciones de la Asamblea General contrarias a los intereses de Rusia —como las que exigen la retirada de Ucrania en 2022 y 2023 o ratifican el derecho de los refugiados georgianos a regresar a Abjasia y Osetia del Sur en junio de 2024— se encuentran con el rechazo sistemático de las dictaduras de Cuba, Siria, Bielorrusia, Mali o Eritrea. Del mismo modo, Rusia y China se ocupan de vetar en el Consejo de Seguridad toda acción que pueda perjudicar a esos Estados en su órbita política, como Siria o Venezuela.
Este realineamiento autocrático es desde hace tiempo un problema para la seguridad de Occidente. En el mundo anglosajón, muchos think tanks y analistas focalizan la amenaza en China, Rusia, Irán y Corea del Norte, hasta el punto de acuñar el acrónimo CRINK o CRANK. Otros expertos lo denominan ‘el eje de la turbulencia’, la ‘nueva Banda de los Cuatro’ o, como dice The Economist, el ‘cuarteto del caos’, cuyos miembros “están unidos por un odio compartido del orden liderado por Estados Unidos y están dispuestos a profundizar sus vínculos económicos y militar-industriales”, apunta la revista.
Para complicar aún más la situación, Donald Trump ha ganado las elecciones de Estados Unidos. El país más poderoso del mundo estará liderado por un admirador confeso de los autócratas de todo signo: Trump ha alabado públicamente o en privado a Putin, Xi Jinping, Nicolás Maduro y Kim Jong-un en múltiples ocasiones, dando a entender que aspira al mismo respeto que el que reciben estos dictadores de sus compatriotas. Incluso ha llegado a decir que necesita “el tipo de generales que tuvo Hitler”.
Visto en conjunto, no existe una alianza formal entre dictaduras que estipule, por ejemplo, un compromiso de defensa mutua, pero todas comparten el interés de que las demás perduren. Por eso mismo, alineaciones más o menos líquidas como las que mantienen estos regímenes quizá sean más adecuadas para la convulsa época actual y, por tanto, un desafío más difícil de contrarrestar para las democracias.