Con su dimisión en septiembre como líder del Partido Liberal Democrático (PLD), el primer ministro de Japón, Yoshihide Suga, también renunciaba a dirigir el país. Su salida llega un año después de la de Shinzo Abe, que dimitió en agosto de 2020 por razones de salud, y a menos de dos meses de las elecciones generales del 31 de octubre. Después del mandato de Abe, el más duradero en la historia moderna de Japón, el corto mandato de Suga y la rivalidad entre facciones en las primarias recuerdan a la inestabilidad política de 1993 a 2012. En esos veinte años hubo trece primeros ministros, y todos excepto uno duraron menos de tres años en el cargo debido a escándalos de corrupción y a las divisiones dentro del PLD.
La victoria de Fumio Kishida en las primarias ha puesto de relieve las diferencias en el seno del partido, que solo ha estado fuera del Gobierno cuatro años desde 1955. Las primarias no solo han sido noticia por contar por primera vez con dos mujeres candidatas, sino porque el ala más conservadora ha boicoteado al candidato más popular entre los votantes para favorecer a Kishida. La falta de consenso se suma a los pobres índices de popularidad del Gobierno interino de Kishida, los más bajos en dos décadas, al descontento popular por la mala gestión del coronavirus y a una oposición más coordinada. Japón se encamina a las elecciones más ajustadas desde hace diez años y con ello se asoma ante un posible regreso a la inestabilidad.
El partido atrapalotodo
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