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El vegetarianismo, entre el negocio y la lucha climática

El vegetarianismo, entre el negocio y la lucha climática
Fuente: Piqsels

El vegetarianismo, entendiendo como tal también otros tipos de dietas que eliminan o restringen su consumo de productos de procedencia animal, ha cobrado más y más relevancia a medida que la disponibilidad de información al respecto aumenta, el movimiento ecologista se populariza y las alternativas a los productos de origen animal se extienden. Sin embargo, ¿ha aumentado el número de personas que siguen esta dieta? Y ¿cuáles son las consecuencias de ello?

El vegetarianismo surgió como movimiento en el siglo XVIII, momento en que surgen los debates sobre movimientos animalistas y personalidades como Isaac Newton defendieron no comer carne que contuviera sangre por considerarlo cruel. Sin embargo, las restricciones alimenticias más antiguas están vinculadas a las creencias espirituales. Las tres grandes religiones monoteístas tienen sus propias prohibiciones, como la dieta kosher judía, que no permite comer cerdo o crustáceos. El cristianismo, por su parte, propugna la abstinencia de carne los viernes —si bien esto está más extendido durante la cuaresma, los cuarenta días previos a la Semana Santa—, mientras que el islam recomienda la dieta halal, que prohíbe el consumo de cerdo, la sangre o el alcohol.

Otras religiones como el hinduismo prohíben el consumo de ternera por considerar a la vaca un animal sagrado, aunque entre los hindúes también es frecuente el vegetarianismo, puesto que creen en la reencarnación y ello puede suponer que una persona se reencarne en un animal en otra vida. En el mismo sentido se explica el voto vegetariano de los pitagóricos, que también creían en la reencarnación. Por otro lado, varios pueblos nativos americanos basaban la mayor parte de su alimentación en vegetales, considerando un regalo algunos de ellos, como el maíz. 

En la actualidad, las dietas vegetarianas abarcan un gran abanico que incluye desde la opción vegetariana —que consiste en no consumir alimentos que supongan la muerte de un animal, es decir, carnes o pescados— a la vegana —que no admite ningún elemento de procedencia animal, ni tan siquiera lácteos o cuero o lana en la ropa—, pasando por opciones intermedias que sí admiten huevos, lácteos u otras variantes. Estas dietas parecen haberse popularizado enormemente en los últimos años y, de hecho, The Economist llegó a proclamar 2019 como el “año vegano”. Por su parte, Eric Schmidt, director ejecutivo de Google, es de la opinión de que los alimentos de origen vegetal sustitutivos de la carne serán la mayor tecnología del futuro. Sin embargo, esta tendencia al alza no se está dando en todo el mundo de la misma forma, y de hecho está concentrada en los países más desarrollados.

¿Dónde están los vegetarianos?

Quienes escogen llevar una dieta vegetariana comparten un perfil claro: no consumir carne deliberadamente, aún pudiendo permitírsela, es un fenómeno fundamentalmente occidental. Resulta ilustrativo remitirse a las búsquedas hechas en Google desde 2004, que muestran un enorme aumento del interés por el veganismo en los países occidentales y, sobre todo, en los anglosajones. En  Estados Unidos, por ejemplo, la venta de comida vegana aumentó un 20% en 2018.

Por el contrario, las cifras muestran la tendencia contraria a nivel global: el consumo de carne aumentó un 3% anual desde 1960 y aún se espera que aumente un 75% más hasta 2050. El consumo de pescado, por su parte, se ha duplicado en los últimos cincuenta años. Ese incremento en la demanda de alimentos de origen animal tiene que ver con el aumento del poder adquisitivo de la población a medida que estos países se desarrollan. El ejemplo paradigmático de este fenómeno es China, donde 850 millones de personas han salido de la pobreza en las últimas cuatro décadas. Lo cierto es que la mayor parte de la población del planeta consume productos de origen animal solo excepcionalmente: el 50% de la carne producida para consumo humano se destina al 25% de la población que reside en países desarrollados, mientras que el consumo de pescado está bastante localizado en países occidentales y asiáticos

Para ampliar: “La clase media china y la deforestación del Amazonas”, Astrid Portero en El Orden Mundial, 2018

Ahora bien, tampoco puede asegurarse que en los países occidentales hayan aumentado las personas que optan por dietas vegetarianas o veganas. En Estados Unidos, el número de personas que sigue una de estas dos dietas se ha mantenido estable durante los últimos veinte años. Por el contrario, el incremento de la oferta de alimentos sustitutivos de la carne o de restaurantes especializados en platos vegetarianos se debe más bien a que, en los países ricos, se hace más frecuente el denominado “flexitarianismo”: intentar reducir la ingesta de carne sin por ello eliminarla completamente de la dieta.

Aun así, la población que sigue dietas vegetarianas no es ni mucho menos homogénea. Hay tres motivos principales por los que una persona adopta el vegetarianismo: éticos, medioambientales o sanitarios, si bien lo más frecuente es que se trate de una mezcla de los tres. Las causas éticas se centran en garantizar el bienestar animal; las medioambientales, por su parte, atacan la terrible huella ecológica que produce la industria cárnica; en tercer lugar, las que se centran en la salud consideran la dieta vegetariana una alternativa mucho más sana para el ser humano. En este sentido, la Asociación Dietética Americana ha reconocido que estas dietas son aptas para todo el mundo, a cualquier edad, aunque no falta quien ponga en duda la validez de estos argumentos.

El veganismo y el vegetarianismo son más frecuentes entre personas jóvenes y de izquierdas que entre mayores y conservadoras. Fuente: Statista

En Estados Unidos, por ejemplo, la generación más joven es mucho más propensa a adoptar esta forma de alimentación frente a sus mayores, así como es más frecuente entre las mujeres. Además, también suele ser más común entre personas con una ideología de izquierdas, pues el movimiento animalista se ha convertido en una verdadera lucha política de la que participan amplios sectores de la población vegetariana

La sostenibilidad de una dieta baja en proteína animal

Desde el punto de vista medioambiental, se estima que adoptar una dieta vegetariana reduciría un 30% las emisiones de gases invernadero, mientras que una dieta totalmente vegana las recortaría en un 85%. Se estima que la industria cárnica produce entre un 8 y un 18% del total de emisiones de gases de efecto invernadero, lo que equivale al humo de los tubos de escape de todos los vehículos del mundo. Por si fuera poco, una dieta vegana podría llegar incluso a reducir las emisiones en casi un 150% si se tienen en cuenta todos los aspectos en los que afecta al medioambiente la agricultura destinada a alimentar al ganado: un 80% de la tierra cultivada a nivel mundial se emplea para la ganadería, según la FAO, si bien esta actividad solo produce un 18% de las calorías ingeridas. 

Esto contrasta enormemente con los argumentos esgrimidos en contra de las dietas vegetarianas, que las acusan de demandar más vegetales y, por tanto, de consumir más terrenos y recursos, siendo por tanto responsables de la deforestación. Un ejemplo recurrente suele ser el caso de la Amazonía, que ha perdido un 17% de terreno forestal en los últimos cincuenta años. Ahora bien, en 2004 ya se apuntaba a que el 75% de esta deforestación era causada por actividades ganaderas. En particular, el aumento del cultivo de soja se ha echado en cara frecuentemente a los defensores del vegetarianismo, ya que es uno de los pilares esenciales de este tipo de alimentación por su alto contenido en proteínas. Sin embargo, el 80% del cultivo de soja en la Amazonía se destina a la alimentación de ganado, y no para consumo humano. 

La deforestación ya ha sido relacionado con acontecimientos tan trágicos como los terribles incendios que asolaron cientos de hectáreas de selva amazónico en el verano de 2019. Dado que la ganadería está muy relacionada con la eliminación de terreno forestal, acuerdos como el establecido entre la Unión Europea y Mercosur, que aumentarán la exportación de carne a los países europeos, pueden suponer un incentivo más para continuar con la deforestación.

Para ampliar: “La deforestación del Amazonas”, Teresa Romero en El Orden Mundial, 2019

El dinero que mueve el vegetarianismo

El auge del vegetarianismo también ha traído consecuencias económicas. El aumento de la demanda de productos de origen vegetal se ha dejado sentir en muchos frentes. Solo entre 2017 y 2018 el número de patentes registradas en el mundo de alimentos que sustituyen los de procedencia animal aumentó un 34% y, en Reino Unido, uno de cada seis productos alimenticios salidos a la venta no contenían ningún ingrediente de origen animal. 

Esto supone una evidente oportunidad para de negocio, como demuestra el hecho de que hubo un aumento del 451% del número de productos que sustituyen los de origen animal en el mercado europeo entre 2014 y 2018. Pero, como todo desarrollo en el mercado, esto también ha supuesto efectos negativos. Uno de los quizá más preocupantes sea el surgimiento de la comida rápida vegana, con hamburguesas, pizzas, tacos y fritos que apenas pueden distinguirse de la comida rápida habitual y, por tanto, tampoco de sus efectos nocivos para la salud. 

Para ampliar: “La otra cara de la industria alimentaria”, Gemma Roquet en El Orden Mundial, 2018

Por otro lado, la ganadería supone un 40% del valor de la actividad agrícola mundial y una fuente de ingresos para 1.300 millones de personas. La desaparición de esta industria podría suponer importantes pérdidas para quienes viven de ella, a pesar de que ya hay estudios que apuntan a que los costes económicos de mantener la alimentación actual son mayores, debido a los gastos sanitarios o el descenso de productividad que supone.

Al riesgo para el sector ganadero se se suma el coste económico y medioambiental de importar algunos de los productos exóticos que se han popularizado con las dietas vegetarianas. La gentrificación de alimentos como el aguacate o la quinoa provocan una subida dramática de los precios en su lugar de origen, lo que llega a forzar a sus productores a reducir o eliminar su consumo o, incluso, a importar estos alimentos. Ello demuestra que la dieta vegetariana no es más beneficiosa per se, y sigue siendo igualmente importante tomar consciencia de dónde provienen los alimentos de que llegan a nuestra mesa. 

Las previsiones muestran un aumento de las personas que mantienen dietas vegetarianas, al menos en los países occidentales. Hasta la fecha, las investigaciones apuntan a que los beneficios económicos y medioambientales de estas dietas superan con mucho sus costes, y las grandes empresas no han tardado en subirse al carro de lo veggie, por lo que es de esperar que esta tendencia siga extendiéndose entre la población. Ahora bien, se corre el riesgo de desvirtuar sus motivaciones si se acaban consumiendo productos igualmente nocivos para la salud como la comida rápida vegana o alimentos exóticos que deben recorrer kilómetros y kilómetros para llegar a la mesa, con las correspondientes emisiones contaminantes. No debe olvidarse que esta es una tendencia de los países desarrollados, y que los efectos de que esa dieta se propagara no serían los mismos en los países menos desarrollados.

Para ampliar: “Ecocapitalismo, o cómo hacer negocio con la salvación de la Tierra mientras la destruyes”, Luis Martínez en El Orden Mundial, 2018