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La otra cara de la industria alimentaria

La otra cara de la industria alimentaria
"Callejón sin salida". Fuente: Christopher Dombres

La obesidad y el sobrepeso, como el hambre, son formas de malnutrición que cada vez sufren más personas y que están influidas por factores socioeconómicos. Mientras que la preocupación por el hambre es generalizada, este tipo de enfermedades ⎯que afectan a 672 millones de personas en el mundo⎯ pasan más desapercibidas.

La inseguridad alimentaria afecta a millones de personas en el mundo. El acceso físico y económico a alimento suficiente, seguro y nutritivo para satisfacer las necesidades alimentarias que permitan llevar a cabo una vida activa y sana no está ni mucho menos garantizado. La inaccesibilidad a un alimento seguro y nutritivo es la causa de la malnutrición, la cual se puede manifestar de muchas formas, desde la desnutrición, anemia y otros trastornos por ingesta insuficiente de micronutrientes hasta el sobrepeso y la obesidad. Así como la subalimentación tiene consecuencias en la perpetuación de la pobreza y el crecimiento infantil y puede llegar a causar la muerte, el sobrepeso y la obesidad aunque puedan pasar más desapercibidos, además de ser formas de malnutrición, también son un riesgo para la población, dado que aumentan las probabilidades de padecer diabetes, hipertensión, ataques cardíacos y algunas formas de cáncer. A nivel mundial, una de cada tres mujeres en edad reproductiva padece anemia y uno de cada ocho adultos —más de 672 millones— son obesos. Por otro lado, 821 millones de personas no ingieren la cantidad recomendada de calorías para cubrir las necesidades de energía básicas. Lo más alarmante es que, a pesar de los compromisos que asumen Gobiernos y organizaciones internacionales, estas cifras siguen creciendo.

Evolución de las diferentes formas de malnutrición. Fuente: FAO

Podría pensarse que la subalimentación es un problema propio de países en desarrollo, mientras que la obesidad y el sobrepeso son comunes en los países más desarrollados, pero no es así. Desde 1975, la prevalencia de la obesidad entre personas adultas ha ido aumentando, especialmente a lo largo de la última década. Es cierto que es en Norteamérica donde los porcentajes de personas adultas con obesidad son más elevados, pero África y Asia, a pesar de tener los porcentajes más bajos —5% y 4,8% respectivamente, son los continentes que acumulan más niños con sobrepeso, con un 25% y un 46% del total mundial. Por tanto, el sobrepeso y obesidad no solo afectan a las personas que viven en países con mayores índices de desarrollo; es un problema causado por la occidentalización de la dieta, el alto coste de los alimentos nutritivos, el estrés que significa vivir en una situación de inseguridad alimentaria y las adaptaciones fisiológicas a la restricción de alimentos que sufren aquellas personas con menos recursos económicos, vivan donde vivan. El resultado es un problema a escala mundial que provoca enfermedades con tratamientos costosos y previsiones de mejora prácticamente inexistentes.

Para ampliar: “El estado de la inseguridad y la nutrición en el mundo”, FAO, 2018

Una dieta cárnica

La comida fresca y nutritiva, contra toda lógica, es menos accesible que los alimentos procesados. En las últimas décadas se ha producido un cambio de la dieta hacia un mayor consumo de carne y ha habido una transición nutricional hacia alimentos con un bajo contenido nutritivo, pero más económicos, asequibles para personas con un poder adquisitivo bajo. Quienes han potenciado directa e indirectamente esta transición alimentaria hacia un mayor consumo de carne y de alimentos procesados e hipercalóricos, con un alto contenido en grasas saturadas, azúcares y sal, son las grandes empresas de la industria agroalimentaria, que se convierten en los únicos beneficiados.

Para ampliar: “La tragedia de Nauru: la gran caída de un pequeño país”, David González en El Orden Mundial, 2017

La Organización Mundial de la Salud (OMS) concluyó en 2015 que el consumo de 100 gramos diarios de carne roja o 50 de carne procesada aumenta el riesgo de padecer cáncer colorrectal, sin indicar un nivel seguro de ingesta. Hasta entonces, el aumento del consumo ha sido constante, pero es especialmente destacable en países y regiones en vías de desarrollo debido al crecimiento poblacional y a la occidentalización de la dieta. Esta viene marcada por una homogeneización en lo que comemos en todo el mundo: se pueden encontrar los refrescos más populares prácticamente en medio del desierto o cadenas de comida rápida en países que se definen como opuestos al modelo capitalista de EE. UU. Del mismo modo, el aumento del consumo de carne en países tradicionalmente vegetarianos, como la India, pone de relieve esta occidentalización. Más allá de los efectos nocivos en la salud de las personas, la mayor demanda de carne y la consecuente mayor producción transforma por completo el sector agrícola y tiene efectos negativos en el medio ambiente.

Consumo medio anual por persona de distintos tipos de carne. Fuente: Our World In Data

Por un lado, la necesidad de alimento para los animales hace que la agricultura deje de disminuir la pobreza y la inseguridad alimentaria, ya que lo que un día fueron huertos con cultivos diversificados se ha convertido en terrenos de explotación extensiva de cereales para producir, por ejemplo, los 25 kilos de alimento necesarios para conseguir un kilo de carne bovina. Así, los monocultivos reducen la disponibilidad de alimentos frescos, diversos y de proximidad en las regiones que se inclinan por unos beneficios a corto plazo, resultado de un sector agrícola que concentra su actividad en la producción de alimento para animales para el consumo humano. Por otro lado, la producción cárnica deja una huella ecológica difícilmente reparable: solo las vacas provocan el 14,5% de los gases de efecto invernadero que se emiten y la demanda de energía en todo su proceso de producción se aleja de la sostenibilidad. Los animales que se consumen como alimento necesitan, además, pastos que ocupan grandes extensiones de superficie; asimismo, requieren grandes cantidades de agua para su consumo y para producir su alimento.

La relación entre la producción cárnica y la agricultura hace que podamos identificar a uno de los grandes beneficiados de esta transición nutricional: las empresas que comercializan semillas y productos relacionados con la explotación agrícola, como Monsanto. Esta multinacional estadounidense, recientemente adquirida por la alemana Bayer —que diluirá la marca debido a su mala prensa—, se dedica, en sus palabras, a proporcionar productos y servicios que permitan a los productores producir y conservar más y vivir mejor. Entre ellos destacan el maíz y la soja genéticamente modificados para aumentar la productividad de los cultivos y asegurar el alimento para el ganado o la hormona de crecimiento bovino (rBGH), la cual se inyecta a las vacas para que produzcan más leche, lo que les provoca inflamación mamaria y dolores que requieren el uso de antibióticos. Así, Monsanto se nutre de dos fuentes: con el incremento de la demanda de carne, crece la necesidad de producir más pienso, con lo que muchos productores optan por utilizar semillas y fertilizantes de la multinacional; por otro lado, la creciente demanda de leche incrementa las ventas de rBGH. Estos productos contaminan el suelo y hacen perder toda soberanía sobre la producción alimentaria, ya que los agricultores dependen de unas semillas que legalmente no pueden reproducir.

La dulce pesadilla azucarera

La transición nutricional hacia una dieta con abundantes alimentos procesados, que poseen un alto contenido en azúcar, también ha beneficiado a algunos actores mientras perjudica gravemente la salud de las personas. Cuando en 1965 se señaló la grasa del queso o la carne, por ejemplo como el principal enemigo de la salud humana, detrás del estudio se encontraban las grandes azucareras estadounidenses —agrupadas desde hace décadas en la Asociación del Azúcar—, que contrataron a un grupo de científicos para que publicara una reseña que ocultaba lo perjudicial que podía llegar a ser el azúcar. A pesar de la falta de transparencia de este informe, los resultados sirvieron de base para desarrollar otros estudios científicos en Estados Unidos y aún hoy asociamos la obesidad con el consumo de grasas y vemos los alimentos procesados light, bajos en grasas o en calorías como la solución. Pero ¿son realmente una alternativa saludable? Si bien es cierto que estos alimentos llevan legalmente un 0% de materia grasa, los azúcares añadidos, la sal o el almidón —tanto o más perjudiciales que las grasas— se convierten en un sabroso sustituto.

Un 0% de grasa no implica la ausencia de una cantidad considerable de azúcares añadidos. Fuente: sinAzucar.org

En 2015 la OMS recomendó que el consumo diario de azúcar fuera el equivalente a seis cucharadillas; en los países occidentales se suelen ingerir unas tres veces más. Un refresco de cola, por ejemplo, contiene nueve cucharadillas de azúcar, pero el verdadero enemigo de una dieta sana que es en realidad el azúcar añadido es invisible a los ojos y está prácticamente en todas partes: salsas, pan de molde, zumos no naturales, yogures, vinagre de Módena, quesos, el café de las cadenas más populares o productos bajos en grasas. Aun así, las previsiones muestran que el consumo de azúcar en los países desarrollados disminuirá progresivamente debido a la concienciación de la población; en los países en vías de desarrollo, en cambio, aumentará.

Consumo medio de azúcares por persona en distintas regiones —gris— y previsión para 2027 —azul—. Fuente: OCDE

A pesar de las tasas que empiezan a imponerse a los alimentos con azúcares añadidos, producir azúcar sigue siendo muy rentable. El azúcar de caña que representa el 86% de la producción mundial de azúcar no es solamente un componente alimentario, sino una de las principales fuentes para producir biocombustibles y la más rentable. Los mayores productores de caña de azúcar son países en vías de desarrollo como Brasil, actualmente el primer productor mundial con casi la mitad de las exportaciones mundiales, pero los beneficios no llegan a la población. Por un lado, la industria azucarera busca, lógicamente, el aumento progresivo de sus beneficios, lo que puede conseguirse aumentando la producción invirtiendo lo mismo; es por eso por lo que utilizan semillas transgénicas, fertilizantes y pesticidas, para rédito nuevamente de empresas como Monsanto. Por otro lado, la producción se concentra en países surafricanos y asiáticos, además de países como Brasil o India por una cuestión climática y sus menores costes. Así, mientras las grandes empresas de la industria alimentaria y las productoras de biocombustibles consiguen aumentar su margen de beneficios, los efectos negativos del consumo diario de azúcar, la explotación extensiva de monocultivos de caña de azúcar y las condiciones laborales precarias las sufren principalmente los habitantes de los países productores.

Para ampliar: “Emporios del azúcar – La inminente invasión de la caña transgénica”, Grain, 2009

El aceite de palma

El aceite de palma es otro componente habitual en nuestra dieta responsable de la malnutrición debido a su alto contenido en grasas saturadas. A pesar de tener efectos nocivos en la salud y causar daños medioambientales y sociales en los países donde se produce, sigue siendo el aceite más empleado en el mundo: supone el 66% del comercio mundial de aceite vegetal y casi el 40% de su producción y consumo mundial. Está presente en alimentos, productos de cosmética y limpieza y biocombustibles, por lo que es difícil escapar de este aceite refinado. Desde la Nutella hasta las galletas o las patatas fritas, se encuentra presente en muchos alimentos. Y seguirá estándolo por los beneficios que aporta a las industrias alimentarias: en 2016 el sector agroalimentario español afirmaba que las propiedades del aceite rojo permitían alargar la vida útil de los alimentos y que era un componente seguro.

El aceite de palma continúa siendo el aceite vegetal más consumido a escala mundial. Fuente: Statista

En la actualidad, igual que el azúcar de caña, el 85% del aceite de palma proviene de países en vías de desarrollo, como Indonesia o Malasia. Nuevamente, nos encontramos con un producto con costes bajos de producción, lo que permite ofrecer precios muy asequibles que extienden el consumo de los alimentos procesados. Por poner un ejemplo, una tonelada de aceite de palma cuesta 650 euros, mientras que la misma cantidad de aceite de oliva llega a los 3.500. Puede imaginarse, por tanto, el coste real de un bote de Nutella si se utilizara aceite de oliva en lugar de aceite de palma. Huelga decir que esto se logra a costa de unas condiciones laborales nefastas trabajo infantil incluido y atentados contra el medioambiente como la deforestación de zonas selváticas para intentar dar respuesta a la demanda del aceite rojo. Una vez más, los perjuicios se quedan en las tierras de producción.

Para ampliar: “Así es la industria del aceite de palma en Indonesia”, Laura Villadiego en eldiario.es, 2016

Los verdaderos aliados

Las dietas ricas en carnes rojas pueden ser las responsables de 50.000 muertes por cáncer al año en todo el mundo. El azúcar es el causante del deterioro de las cavidades dentales, el aumento de peso, la diabetes, la obesidad, malnutrición y enfermedades cardiovasculares, entre otras. Un kilo de aceite de palma equivale a 68 muertes por cada 100.000 habitantes en algunos países en desarrollo y también se lo asocia con el cáncer. A pesar de todos estos datos e informes publicados por organizaciones de prestigio como la OMS, las previsiones son poco esperanzadoras. Las industrias agroalimentarias tienen poder e influencia como lobby económico y consiguen promover —con el respaldo incluso de las instituciones— el consumo de unos productos a menudo insanos.

Cremas para untar, productos precocinados o procesados, bollería industrial, etc. son productos habituales en nuestra dieta y prácticamente todo el mundo tiene acceso a ellos, sin importar el poder adquisitivo. La industria agroalimentaria ha sido capaz de provocar una transición nutricional y centrar la producción en países en vías de desarrollo para poder mantener los precios de venta y aumentar sus beneficios, con efectos en la salud de los consumidores. Al fin y al cabo, la obesidad y el sobrepeso como otras formas de malnutrición guardan una estrecha relación con condicionantes socioeconómicos, entre otros.

Contra toda lógica, para una familia urbana es más difícil comprar un kilo de manzanas que dos refrescos y una bolsa de patatas fritas. Esto hace que las personas con menor poder adquisitivo consuman estos alimentos, lo que los expone a situaciones de malnutrición y enfermedades, con todos sus costes particulares y para la sociedad. Para cumplir con el derecho a una alimentación saludable, es preciso garantizar el acceso a alimentos nutritivos, proporcionar una educación alimentaria y evitar el uso desmedido de químicos nocivos en la agricultura. Pero, mientras la industria agroalimentaria no se conciencie de su esencial papel, problemas como la obesidad difícilmente verán su fin.

1 comentario

  1. Como estudiante de ingeniería alimentaria, yo soy consciente del papel que hay que tener en el futuro de esta industria. Cada vez hay más control y sistemas de gestión de la calidad, que contemplan motivos sociales y medioambientales.
    Tampoco hay que meterlo todo en el mismo saco.
    Estaría bien para una proxima vez que se concertara una entrevista con expertos y docentes del sector, que puedan dar un punto de vista mas profundo sobre todos esos temas.