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El petróleo sigue siendo el eje sobre el que gira el mundo. Es la energía más usada, el bien más comercializado y un arma geopolítica infatigable. Pero su fin se acerca. El shock provocado por la guerra de Irán y el estrangulamiento del estrecho de Ormuz puede ser de hecho la última gran crisis petrolera de la historia.
Es cierto que el peak oil —el punto en el que la producción de petróleo tocará techo y a partir del cual comenzará a descender— ha sido vaticinado muchas veces y que es arriesgado dar por muerto al que ha sido el motor del mundo durante el último siglo. Esta vez, sin embargo, es diferente: la actual crisis de suministro se da en un mundo que produce demasiado petróleo. Eso no había ocurrido antes. El embargo petrolero de los países árabes de 1973, la Revolución iraní de 1979 o la invasión rusa de Ucrania en 2022 enlazaron con una escasez real de crudo.
La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) lleva años recortando su producción para mantener los precios mientras la revolución del fracking o fracturación hidráulica en Estados Unidos avanza imparable y la oferta se diversifica. A ello se suma el avance de la transición energética, que está desplomando el coste de las renovables, acelerando la electrificación y desplazando al petróleo como fuente de energía hegemónica.
Por todo ello, esta puede ser la última gran crisis petrolera que tenga en vilo al mundo. Ya lo advirtió en los 2000 un antiguo ministro de Petróleo de Arabia Saudí: “La Edad de Piedra no terminó por falta de piedras, y la edad del petróleo terminará mucho antes de que el mundo se quede sin petróleo”. El peak oil se está acelerando porque las renovables son más baratas y más seguras, y la crisis de Ormuz no hará sino precipitar su llegada.
Paradójicamente, el fin de la hegemonía del petróleo no devolverá la calma a su cotización. Al contrario: sus últimos años serán los más turbulentos. El crudo sigue alimentando la industria global con combustibles y químicos, y su aband...
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