“No tengo nada que ver con Rusia”. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, buscaba así distanciarse de las acusaciones que lo vinculaban con las injerencias rusas en las elecciones presidenciales de 2016. Sus palabras contrastaban con sus declaraciones de 2013, en las que se jactaba de su tirón en el mercado ruso. Ambas afirmaciones resumen la relación del líder republicano con el país euroasiático.
Los vínculos de Trump con los rusos han sido ambivalentes y han generado sospechas. Desde sus primeros negocios en Moscú en los años ochenta ha mostrado su sintonía con los intereses de Rusia. Esa cercanía se intensificó a principios de siglo, cuando el dinero ruso lo salvó de la ruina. Sin embargo, los lazos empresariales pronto se transformaron en afinidad política cuando el magnate neoyorquino aterrizó en la Casa Blanca en 2017.
Durante su primer mandato, Trump elogió al presidente ruso, Vladímir Putin, y atacó a los principales enemigos del Kremlin: la OTAN y Ucrania. Pero ahora ha culminado su alineamiento con Rusia, acusando a Ucrania de iniciar la guerra con Moscú y suspendiendo la ayuda militar a Kiev. Con ello, una pregunta planea en el aire: ¿qué le debe Donald Trump a Rusia?
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