Política y Sociedad África

Togo, una dictadura familiar

Togo, una dictadura familiar
Sello conmemorando la admisión de Togo en las Naciones Unidas. Fuente: Wikimedia.

Desde que el pequeño Togo consiguió independizarse de Francia en 1960 ha ido encadenando un régimen autoritario con otro. Hoy, Togo es uno de los países menos democráticos del mundo y lleva más de cincuenta años gobernado por la misma familia: primero fue Gnassingbé Eyadéma, que dirigió el país desde 1967 hasta su muerte en 2005; ahora Faure Gnassingbé, su hijo, aún al frente del Gobierno a pesar de las crecientes voces disidentes.

La República Togolesa, nombre oficial de Togo, es un pequeño país de África occidental situado entre Benín, Gana y Burkina Faso. Mayoritariamente agrícola y con apenas ocho millones de habitantes, Togo presenta uno de los peores resultados en el Índice de Desarrollo Humano y arrastra una significativa deuda pública desde los años 70. A pesar de sus sesenta años como país independiente su historia política es fácilmente resumible, dado que padre e hijo apenas presentan diferencias en su gestión. Como si de una monarquía se tratara, Gnassingbé Eyadéma y Faure Gnassingbé se han mantenido en el poder durante más de cincuenta años, para lo que se han valido de golpes de estado, elecciones y  reformas constitucionales de dudosa legitimidad. Como resultado, Togo ocupa el puesto 126 de 167 del Índice de Democracia de The Economist de 2019, solo unos pocos puestos por delante de Catar, Rusia o Egipto. 

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Mapa político de Togo. Fuente: Universidad de Texas

Togo celebró sus elecciones presidenciales el pasado 22 de febrero de 2020 y, aunque los sondeos electorales no están permitidos en el país, era bastante previsible que volvería a ganar Faure Gnassingbé, ahora a punto de iniciar su cuarto mandato. Las elecciones llegaban después de una legislatura marcada por el descontento generalizado de buena parte de la población, lo que hace más difícil comprender su abultado triunfo, con más del 70% de los votos. Los resultados han despertado sospechas de fraude electoral y fuertes tensiones con la oposición, a pesar de que la calma parece reinar, por ahora, en las calles de Lomé, la capital. 

Con esta nueva victoria y con las reformas legislativas que ha emprendido en los últimos años,  Faure Gnassingbé ha demostrado no tener ninguna intención de abandonar el poder, que heredó de su padre. A la dinastía Gnassingbé le preceden apenas siete años de independencia, marcados por las fuertes tensiones con Francia, la antigua metrópoli, y la vecina Gana. No obstante, es en estos primeros años cuando se fraguaron las condiciones para que Gnassingbé padre tomara el poder y sobre los que se construyeron los cimientos de su régimen. Ahora cabe preguntarse si estos cimientos son lo suficientemente sólidos para soportar las presiones de la oposición y de una ciudadanía que en cualquier momento podría volver a tomar las calles. 

Para ampliar: “La geopolítica de África”, El Orden Mundial, 2019

Sylvanus Olympio, al frente de la independencia

El actual Togo formaba parte de la Togolandia alemana, que tras la Primera Guerra Mundial se dividió en dos: la parte oriental, hoy Gana, pasó a manos de los británicos; la occidental, hoy Togo, se puso bajo mandato francés. Desde el inicio de su gestión, Francia trató que Togo, al igual que el resto de sus colonias, quedaran supeditadas a ella cuando lograran la independencia. Esa estrategia neocolonialista tenía dos grandes vertientes: la económica y la militar. En lo económico, Francia ideó en 1945 el franco CFA, cuyo tipo de cambio estaba anclado al franco francés —y ahora al euro—, con lo que la economía de estas colonias y, más tarde, países independientes, estarían en parte supeditadas a Francia. En lo militar, Francia dejaba a miles de excombatientes de su Legión Extranjera Francesa formando parte de los nuevos ejércitos nacionales de sus antiguas colonias, y se aseguró de firmar acuerdos de defensa y cooperación militar con prácticamente todos los nuevos Estados. 

Para ampliar: “¿Qué es el franco CFA?”, El Orden Mundial, 2020

Sin embargo, en el caso togolés, París no lo tuvo tan fácil para imponer su influencia: el primer presidente de la República Togolesa, Sylvanus Olympio, se mostró reacio a mantener los lazos con Francia. Olympio nació en la región oriental de Togolandia, que luego formaría parte de Gana, y era miembro de una de las familias más ricas del país. El origen de su fortuna se hallaba principalmente en el comercio y, en gran medida, en las alianzas con empresas británicas que operaban en el puerto de Lomé, el principal motor económico de la colonia. Olympio, de hecho, estudió en London School of Economics y trabajó para la empresa británico-neerlandesa Unilever, razones por la que siempre miró más hacia el mundo anglosajón que al francófono. Olympio se convirtió en el primer presidente de Togo tras la independencia del país en 1960, y trabajó activamente para crear una moneda propia y salir así del franco CFA. El nuevo presidente también se negó a ingresar en la Unión Africana y Malgache, que agrupaba las antiguas colonias francesas en África, y, por el contrario, buscó alianzas comerciales con Gran Bretaña, Estados Unidos y antiguas colonias británicas como Nigeria. No obstante, para evitar futuras tensiones con Francia y asegurarse, en cierto modo, la supervivencia de su régimen, Olympio accedió a una cierta cooperación militar y al reembolso de la llamada deuda colonial, que implicaba el pago de un impuesto a las infraestructuras construidas por Francia antes de la independencia. 

Sylvanus Olympio con el entonces presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, durante una visita a la Casa Blanca en 1962. Fuente: Wikimedia

La corta presidencia de Sylvanus Olympio estuvo marcada también por la tensión con la vecina Gana. En el momento de la partición de Togolandia, el grupo étnico de los ewes, uno de los más numerosos de la región, quedó dividido por la nueva frontera colonial. La solución de Kwame Nkrumah, presidente de Gana e influyente panafricanista, pasaba por la unificación de los dos países, mientras que Olympio abogaba por la incorporación del territorio dividido a la República Togolesa. Las tensiones con Gana frustraron las aspiraciones de Olympio de construir un país sin fuerzas armadas y le obligaron a mantener un pequeño ejército en el que, eso sí, no permitió integrarse a los combatientes togoleses del Legión Extranjera Francesa. Esos soldados volvían entonces de luchar junto a los franceses en la cruenta guerra de independencia de Argelia, y entre ellos se hallaba Étienne Eyadéma, que más tarde se haría llamar Gnassingbé Eyadéma y que, junto a otros militares, presionó al Gobierno para que ampliara su reducido ejército. Paralelamente, y a pesar de haber sido elegido democráticamente, Sylvanus Olympio pronto viró hacia el autoritarismo, persiguiendo a la oposición e instaurando en 1961 un régimen de partido único. 

A los pocos años de llegar al poder, Olympio se había labrado la enemistad de Francia y Gana, dos países fundamentales para su convivencia pacífica, así como de un sector del Ejército y de la oposición política, que quedó relegada a la clandestinidad. De ese modo, en Togo existía el caldo de cultivo idóneo para que Sylvanus Olympio fuera depuesto de su cargo con un significativo respaldo. En enero de 1963, los militares que habían servido junto a Francia, incluido Eyadéma, dieron un golpe de Estado contra Olympio, que fue asesinado. Nicolas Grunitzky, líder de la oposición, se puso al frente del Gobierno. El golpe de 1963 fue el primero en Togo y también en el conjunto de los países africanos recién independizados, pero no fue el último: apenas cuatro años después, en 1967, Gnassingbé Eyadéma protagonizó un segundo golpe para evitar que Grunitzky implantara un sistema multipartidista, y se colocó a sí mismo en el poder.

Para ampliar: “El proyecto de una unión económica y monetaria de África”, David Soler en El Orden Mundial, 2019

Gnassingbé Eyadéma, ¿la sombra de la colonización?

De origen campesino, Gnassingbé Eyadéma se alistó a los dieciséis años en el ejército colonial francés y sirvió en Indochina, Dahomey (la actual Benín), Níger y Argelia. Eyadéma sustituyó en 1979 su nombre francés original, Étienne, por Gnassingbé, uno de sus apellidos, con el objetivo de africanizarse, emulando al dictador zaireño Mobutu, que también se deshizo de su nombre francófono. Antes incluso de adoptar este nombre, Eyadéma fue construyendo un culto a su personalidad que se reflejó en rituales públicos, bustos, estatuas y productos culturales, y que casaba muy bien con su régimen autoritario, basado en el apoyo en la jerarquía militar y la persecución de la disidencia. 

Al contrario de Olympio, Gnassingbé se cuidó de no parecer una amenaza para los intereses franceses. Su pasado militar y la dependendencia económica de Togo le llevó a entablar buenas relaciones con Francia y el resto de poderes occidentales, al mismo tiempo que se presentaba como un nacionalista frente a sus ciudadanos. En los 70, Gnassingbé emprendió la reconversión industrial del país y la nacionalización de sectores estratégicos como el minero, especialmente en la producción del fosfato. Sin embargo, el fracasado proyecto de industrialización y la caída de los precios del fosfato en los 80 hundieron la economía del país, ya mermada desde su independencia. Togo se vio obligado a renegociar su deuda con el FMI, lo que sumió al país en una ola de privatizaciones, cuyos principales beneficiarios fueron las empresas francesas. Un ejemplo de ello es la empresa Suez, que tomó el relevo de la Compañía Nacional de Aguas, o Bolloré, que accedió a la gestión de los contenedores en el puerto de Lomé.

Por otro lado, a pesar de que Togo no es un gigante en materia de recursos naturales ni energéticos, como sí es el caso de otras antiguas colonias francesas como Mali o Níger, Francia sigue ve en el pequeño país un bastión de importancia geoestratégica. El puerto de Lomé es el más avanzado tecnológicamente de África occidental y uno de los pocos de aguas profundas en toda la región, por lo que su control es fundamental para el comercio con el continente, y  especialmente para salida del uranio de Níger, que supone una parte significativa del consumo nacional francés. Por otro lado, la estabilidad interna de Togo, aunque sea a costa de una dictadura, es también vital para las fronteras del resto de la zona, ya que Togo linda con Benín y Burkina Faso, otras antiguas colonias que Francia quiere mantener bajo su ala de influencia. 

Togo, junto con otros países de su entorno, se encuentra entre los países más pobres del mundo.

A pesar del apoyo a su régimen de Francia e, indirectamente, del resto de potencias occidentales, Gnassingbé fue introduciendo elementos para legitimar su mandato progresivamente. Gnassingbé había ostentado el poder absoluto durante doce años cuando, en 1979, declaró la instauración de un Gobierno formado por civiles y militares, una asamblea legislativa y la celebración de elecciones presidenciales. La realidad era que el parlamento funcionaba como un órgano consultivo y que él era el único candidato en las elecciones, pero de cara al exterior Togo se vendió como una democracia. Una década más tarde, en 1991, las manifestaciones y la inestabilidad interna forzaron a Gnassingbé a emprender una transición a la democracia. Joseph Kokou Koffigoh, líder de una gran coalición opositora, fue elegido primer ministro interino con el beneplácito de Francia, y se le otorgó plenos poderes ejecutivos. No obstante, en lo que podría considerarse un nuevo golpe de Estado, Gnassingbé y los militares redujeron las competencias del primer ministro al mínimo. Gnassingbé volvió así a ponerse al frente del país, pero esta vez la comunidad internacional, y muy especialmente la Unión Europea, no toleraron su autoritarismo y rompieron relaciones comerciales y de cooperación con Togo

Con el tiempo, todas la democratización del país quedó en papel mojado. Aunque el multipartidismo seguía vigente, las elecciones de los años siguientes fueron boicoteadas por la oposición y transcurrieron con una bajísima tasa de participación, normalmente por debajo del 40%; Gnassingbé siguió acumulando grandes victorias electorales pero de dudosa legitimidad. Mientras, la economía de Togo estaba muy empobrecida por la ausencia de la ayuda europea, la devaluación del franco CFA y la aún elevada deuda externa. Gnassingbé murió en febrero de 2005 de un infarto, a los 69 años. Dejaba un país empobrecido, desigual y que apenas había conocido la democracia, pero su muerte no fue precisamente el fin de su régimen, que a partir de ese momento quedaría en manos de su hijo: Faure Gnassingbé. 

Para ampliar: “Níger, atrapado en el uranio”, Pablo Moral en El Orden Mundial, 2018

Faure Gnassingbé, el hombre que heredó un país

De los fallidos intentos de democratización de la era Gnassingbé padre quedó una Constitución relativamente garantista que contemplaba que, ante la ausencia del presidente de la República, sería el presidente del Parlamento el que asumiría el cargo hasta la convocatoria de nuevas elecciones. Sin embargo, Faure Gnassingbé, hijo del dictador, no perdió la oportunidad de tomar el poder a la muerte de su padre. Aprovechando que el presidente del Parlamento se encontraba fuera del país en el momento de la muerte de Gnassingbé, los militares declararon el cierre de fronteras y apoyaron un golpe de Estado para que Gnassingbé hijo se convirtiera en presidente. La Unión Europea se negó a reconocerle como presidente legítimo y le tachó también de autoritario.

Fauré Gnassingbé, presidente de la República Togolesa. Fuente: Presidencia de Togo

Hasta ahora, el mandato de Faure Gnassingbé se ha asemejado bastante al de su padre: cuenta con el apoyo de los militares, persigue a la disidencia, y celebra elecciones que siempre gana y que podrían considerarse simbólicas por los boicots de los partidos de la oposición y la baja participación electoral. Por otro lado, tradicionalmente la oposición se ha encontrado siempre muy fragmentada y ha sido incapaz de construir una alternativa contundente al oficialismo, lo que ha hecho mucho más fuerte al régimen.

En el 50 aniversario de la llegada de Gnassingbé Eyadéma al poder, en 2017, estallaron en Togo una serie de protestas ciudadanas que pedían la alternancia política. En un primer momento, la convocatoria fue minoritaria, pero la violencia con la que respondieron las autoridades llevó a que las protestas se extendieran a todos los estratos sociales y a todo el país. De hecho, el consenso en torno al rechazo a Gnassingbé consiguió que catorce partidos de la oposición unieran sus fuerzas en la coalición C14, que aunque acabó disolviéndose en 2019.  Las protestas se mantuvieron durante un año hasta que, a finales del 2018, el presidente anunció elecciones legislativas para reformar la Constitución y responder así a las demandas ciudadanas.

Una vez más, la oposición decidió no presentarse a unas elecciones que consideraban amañadas y la reforma constitucional quedó únicamente a cargo de los diputados de la Union pour la République (UNIR), el partido presidido por Gnassingbé. La reforma constitucional, aprobada en mayo de 2019, introdujo una de las principales reclamaciones del pueblo togolés, la limitación de mandatos presidenciales a dos consecutivos. Sin embargo, esta reforma solo entraría en vigor a partir de las elecciones de 2020, permitiendo a Gnassingbé quedarse en el poder dos legislaturas más, hasta 2030. Además, la reforma constitucional le concede al presidente inmunidad judicial vitalicia por los actos cometidos durante su mandato.

Protestas contra Faure Gnassingbé en Bélgica, 2017. Fuente: Pascal Van

Con este clima de desconfianza hacia Faure Gnassingbé, empeñado en repetir los mismos patrones autoritarios de su padre, se celebraron las elecciones presidenciales en febrero de 2020. Esta vez la oposición sí acudió a las urnas pero nuevamente dividida y, como era de esperar, la derrota fue abrumadora: Gnassingbé ganó en primera vuelta con un 72% de los votos. El principal partido de la oposición denunció que el oficialismo había colocado mesas electorales falsas y había forzado a parte de la población a votar a Gnassingbé. Sin embargo, estas acusaciones no contaban con ninguna prueba y tanto la Unión Africana como la Comunidad Económica de los Estados del África Occidental (ECOWAS por sus siglas en inglés), de la que Togo es miembro fundador, emitieron informes relativamente favorables en torno a las elecciones. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que sus misiones fueron muy limitadas, con apenas una docena de observadores, y los resultados generaron dudas en otros países como Estados Unidos, que pidió más garantías.  

Si bien es cierto que 2017 sentó un precedente de rebeldía ciudadana y de unión de la oposición, lo ocurrido después demuestra que el régimen es suficientemente fuerte como para resistir. Al igual que hizo su padre en los años 90, Faure Gnassingbé parece haber salido ileso de las revueltas que sacudieron al pequeño país hace tres años y todo apunta a que habrá que esperar hasta al menos 2030 para verle fuera de la presidencia. Llegado ese momento se abrirá un nuevo escenario en el que es improbable que Gnassingbé y sus aliados en el Ejército vayan a ceder el poder tan fácilmente. Mientras tanto, los togoleses seguirán viviendo en uno de los países más empobrecidos del mundo, al tiempo que su gobernante amasa una fortuna estimada en ocho veces el presupuesto anual del país.

Para ampliar:“La Francáfrica o el imperio colonial francés”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2015

1 comentario

  1. Interesante, la primera vez que leo un analisis politico sobre un pais como Togo.