Días después de la toma de Kabul el pasado 15 de agosto, los líderes talibanes empezaron a desplazarse a la ciudad desde otras partes del país y del extranjero. Uno de los primeros en llegar fue el mulá Abdulghani Baradar, personaje clave en los acuerdos con Estados Unidos y al que todos pronosticaban como nuevo presidente de Afganistán. Sin embargo, quien se mantenía en un segundo plano era el propio líder supremo de la organización, Haibatulá Ajundzada, un enigmático religioso que lleva años sin ser visto y que estaba al inicio en contra de las negociaciones con Washington.
Los primeros indicios de enfrentamientos entre ambos bloques para formar el Gobierno hacen dudar de la capacidad de los talibanes para lograr un equilibrio entre pragmatismo político y fundamentalismo religioso. Mientras que Baradar busca llegar a compromisos políticos dentro y fuera de Afganistán, el mulá Ajundzada desea mantener intacta la naturaleza integrista del movimiento, con un estilo ocultista propio de los líderes yihadistas. Por el momento, el ala dura no ha aceptado la senda del diálogo, pero el modelo de Ajundzada condena al segundo emirato a ser una repetición del anterior.
Ajundzada, un líder integrista bajo la tutela de Pakistán
Tras la invasión estadounidense de Afganistán en 2001, la cúpula de los talibanes se refugió en la ciudad pakistaní de Quetta, donde se constituyó un rahbari shura o consejo de líderes para dirigir la organización. Desde un primer momento, Pakistán quiso aprovechar esta coyuntura para aumentar su control sobre los talibanes. Su objetivo era crear una organización fundamentalista que reemplazara los movimientos nacionalistas de la región y que fuera antagónica con otros países, en especial India. Islamabad ayudó así a los talibanes a desarrollar su brazo armado, la red Haqqani, y trabajó para deshacerse de aquellos dentro del movimiento que no acataran sus órdenes. Mientras, el mulá Omar, líder de la organización, permanecía escondido en Afganistán.
En 2013, sin embargo, Omar falleció por causas naturales. El consejo mantuvo la noticia en secreto hasta que escogió a un nuevo líder, lo que provocó una guerra interna que evidenciaba aún más la brecha entre la cúpula en Pakistán y gran parte de los combatientes en Afganistán. Tres años después, el sustituto de Omar fue neutralizado en un ataque estadounidense, pero el tercer y actual líder talibán, Haibatulá Ajundzada, también seguiría siendo cuestionado. La máxima tensión llegó con un atentado en 2019 por parte de una de estas ramas escindidas, que mató a su hermano.
Formado como teólogo y asentado desde 2003 en Pakistán, Ajundzada era criticado porque no tenía experiencia militar y porque estaba desconectado de los combatientes más jóvenes en el frente. Sin embargo, supo aliviar el conflicto interno nombrando al veterano Sirajuddin Haqqani como mano derecha, y ascendiendo también al simbólico hijo del mulá Omar, Yaqub, que desde 2020 sería además el comandante de los operativos militares del grupo. Ajundzada también se vio fortalecido tras recibir el apoyo del líder de Al Qaeda, que le reconoció como “emir de los creyentes”. Con el paso del tiempo, Ajundzada ha logrado aumentar el control del consejo sobre muchos aspectos de la organización, como el tráfico de narcóticos.
En consonancia con su bagaje como religioso, Ajundzada trata de emular el carisma y la reputación de ermitaño del mulá Omar, algo que también recuerda tanto al difunto califa de Dáesh como al sucesor de Bin Laden al frente de Al Qaeda. Por lo general, su opinión sobre las cuestiones de los talibanes se desconoce, si bien llegó a expresarse en contra de las negociaciones con Estados Unidos. Su actividad pública se limita a difundir mensajes coincidiendo con festividades religiosas, hasta el punto de que llegó a sospecharse que estaba enfermo o incluso que había fallecido por causa del coronavirus. Lo escaso de sus apariciones aumenta el golpe de efecto: se ha señalado la posibilidad de que haya planeado un acto público en septiembre para extasiar a sus seguidores.
Baradar, la estrella política forjada en Catar
Cuando Donald Trump seguía la estela de su predecesor y optó por poner fin a la presencia estadounidense en Afganistán, quedaba claro que Ajundzada no era el interlocutor que la Casa Blanca estaba buscando. Washington decidió entonces que si no había ninguna figura entre la cúpula de los talibanes que cumpliera sus expectativas, tendría que crearla. Optó así por Abdulghani Baradar, cofundador de los talibanes y primer líder de la insurgencia contra la OTAN.
Baradar era uno de esos jefes talibanes que Pakistán había silenciado para afianzar su control sobre el grupo. Así, en 2010 fue detenido por intentar dialogar con el Gobierno afgano sin el beneplácito de Islamabad. Menos de una década más tarde, Trump solicitó su liberación, y desde entonces pasó a dirigir una importante oficina política en Catar para el diálogo internacional. La noticia fue bien recibida por aquellos críticos con la influencia de Pakistán sobre la organización. Respecto a los comandantes militares, la importancia histórica de Baradar logró convencerles de reducir las hostilidades mientras que él diseñaba el acuerdo con Estados Unidos, una tregua que estuvo cerca de colapsar en varios momentos.
En muchos aspectos, Baradar es la antítesis de Ajundzada. El mulá se ha fotografiado con diplomáticos estadounidenses y chinos, y fue quien emitió el comunicado oficial tras la victoria en Kabul en agosto, desplazándose allí triunfante días más tarde. En las últimas semanas, Baradar ha negociado los aspectos más relevantes de la toma de poder de los talibanes, incluida la evacuación estadounidense. De hecho, el 23 de agosto llegó a reunirse con el director de la CIA en la capital.
Descrito como “moderado”, Baradar parece representar el modelo de conducta para los talibanes 2.0. Al igual que el mulá, y a diferencia de 1996, los nuevos talibanes aparentan estar dispuestos a dialogar, convocando a la prensa internacional o respondiendo preguntas en varios idiomas. Esa campaña lleva el sello de Catar, uno de los principales promotores del islamismo. Baradar no es un demócrata ni cree en los derechos humanos, pero parece haber comprendido que la comunidad internacional no aceptará el modelo expansionista de un califato mundial que representa Dáesh.
El nuevo Gobierno, victoria para el ala dura
Con Kabul bajo su control, el siguiente reto para los talibanes ha sido formar un Gobierno. Primero se asumió que Baradar sería el presidente, bajo una hoja de ruta diseñada por Catar y que incluía a figuras como el expresidente Hamid Karzai. Se esperaba que fuera un Gobierno inclusivo, pero la nominación de Baradar fue rechazada por los cabecillas militares, como el hijo de Omar, que aspiraban a dirigir la nación. La red Haqqani, la facción más vinculada a Pakistán, se mostró aún más hostil, lo que movió a Islamabad a mandar a Kabul a su jefe de inteligencia para mediar. Las negociaciones terminaron en la derrota de Baradar, relegado al puesto de vicepresidente, mientras que un clérigo de la misma línea que Ajundzada, el mulá Ajund, se hizo con la presidencia. Yaqub fue nombrado ministro de Defensa y Haqqani ocupará el de Interior, imitando el equilibrio entre teólogos y guerrilleros de la shura de Quetta.
Aunque el nuevo Gobierno se presente como una victoria del ala dura, los talibanes no pueden permitirse abandonar a Baradar o sus estrategias políticas. Junto con la narrativa de moderación, les hace falta mejorar sus relaciones con la comunidad internacional, lo que conlleva un mayor escrutinio sobre las actividades de Al Qaeda. Pero, al mismo tiempo, profundizar en estos gestos no siempre será bien recibido. A medida que aumenten los compromisos, organizaciones como Dáesh se volverán internamente más atractivas, además de que complicarán la relación con la rama pakistaní de la organización.
En última instancia, lo que Baradar propone es la transición de organización militante a un Estado moderno capaz de hacer concesiones y alcanzar acuerdos. Tras veinte años de lucha, los talibanes pueden estar preparados para dar este paso, aunque implique profundas tensiones en el seno del movimiento, para que el segundo emirato no esté abocado a correr la misma suerte que el primero.