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Tratar el suicidio en los medios de comunicación nunca ha sido sencillo. La idea generalizada de que hablar sobre ello puede fomentar su imitación, sumado al desconocimiento del tema, ha provocado que la información al respecto sea muy escasa, a pesar de la importancia social del fenómeno. Cerca de 800.000 personas se suicidan cada año en el mundo, siendo esta la tercera causa de muerte de los jóvenes de entre quince y diecinueve años. Además, a todo ello se le suma la dificultad de informar sobre un suicidio en el breve espacio de una noticia, sin restarle gravedad pero evitando romantizarlo para no hacerlo atractivo a otras personas.
Sin embargo, si hay un tipo de suicidio ampliamente difundido por los medios es el que se produce como protesta política. Estos suicidios normalmente se realizan en público y no como un acto de desesperación personal, sino para pedir cambios sociales. Esta forma extrema de protesta también se diferencia de un ataque suicida en que este último sacrifica el cuerpo del atacante para dañar a otros. Las causas e intenciones, o los posibles trastornos o patologías de las personas que optan por quitarse la vida para protestar no responden a un patrón único.
No obstante, lo que sí se ha convertido en un elemento común en los suicidios protesta es la forma de hacerlos: prendiéndose fuego. Esta técnica ha sido la más usada en el último medio siglo, desde que en 1963 el monje vietnamita Quang Duc se inmolara delante de las cámaras para protestar por la represión contra los budistas del Gobierno de Diem, aliado de Estados Unidos en la guerra de Vietnam. Este suicidio público tuvo repercusiones no solo para Vietnam, sino también para las miles de personas de todo el mundo que durante casi sesenta años han seguido su ejemplo.
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