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Los jóvenes no están bien. Lejos de ser un cliché, la juventud enfrenta una serie de crisis, desde la climática hasta las económicas, que han afectado su salud mental. A ello se ha sumado una realidad silenciosa: la soledad crónica. La poca interacción en persona, el uso pasivo de las redes sociales y los efectos de la pandemia han enquistado este problema. Mientras que algunos han forjado comunidad en plataformas como Instagram, su modelo de scroll infinito para monetizar la atención ha aislado a muchos otros.
Según un estudio liderado por la investigadora Jean M. Twenge, en 2017 apenas el 27% de los estadounidenses de segundo de bachillerato quedaba con sus amigos cada día y un 50% más de estudiantes declaraba sentirse “solo muchas veces” respecto a 2012. En otro estudio en Francia, el 24% de los jóvenes de entre quince y treinta años se sentían solos todo el rato o a menudo. La soledad crónica es tan grave “como fumar quince cigarrillos al día”, declaró el jefe de salud pública de Estados Unidos, Vivek H. Murthy. Y aunque ya habían saltado las alarmas antes de la covid-19, desde entonces es una epidemia en sociedades occidentales.
Una epidemia juvenil anterior a la pandemia
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