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Los sindicatos, de la Revolución Industrial al siglo XXI

Los sindicatos, de la Revolución Industrial al siglo XXI
Huelga de barberos en Nueva York durante la I Guerra Mundial. Fuente: Librería del Congreso de EE. UU.

Desde que surgieran en el siglo XIX, los sindicatos han sido actores fundamentales no solo en el marco laboral, sino también a nivel social y político. A lo largo del siglo XX, el sindicalismo obtuvo importantes conquistas de derechos y movilizó a millones de trabajadores. Sin embargo, la aparición de nuevos factores productivos, sociales, culturales e ideológicos supone un desafío para las formas tradicionales de sindicalismo, que deberán adaptarse a los tiempos que corren si quieren recobrar su antigua importancia.

La historia del movimiento sindical está ligada al desarrollo del capitalismo: surge al calor de las primeras fábricas en Inglaterra en la primera mitad del siglo XIX, y se consolida con la expansión de las grandes empresas a finales de ese siglo y principios del XX. Por aquel entonces, las condiciones laborales eran terribles para la gran mayoría de los trabajadores: jornadas de más de 14 horas, trabajo infantil, salarios de miseria o falta de medidas de prevención, además de la ausencia total de servicios públicos, provocaban que en los barrios obreros de Manchester, Liverpool o Glasgow la esperanza de vida se situase en torno a los 26 años en 1840. 

Ante esta explotación laboral, que contrastaba con la riqueza de sus empleadores, los trabajadores comenzaron a colaborar entre ellos para cubrir algunas de sus principales necesidades. Así aparecieron las primeras asociaciones obreras, gérmenes de los sindicatos, que tomaron la forma de sociedades de socorro mutuo para atender a trabajadores enfermos o heridos y a sus familias, cooperativas de consumo o de vivienda, o incluso funerarias para enterrar dignamente a sus compañeros, además de otras iniciativas solidarias para combatir la pobreza. 

La industrialización requirió de la migración de cientos de miles de trabajadores que pasaron del campo a las grandes fábricas, lo que a su vez hizo necesario urbanizar esas áreas industriales con la creación de los barrios obreros, que proveían de viviendas otros servicios para los nuevos trabajadores. Miles de trabajadores pasaron a compartir no solo el espacio de trabajo, sino también los de ocio y residencia. Esto llevó a que, en la mayoría de países industrializados, fuera muy fácil para los trabajadores identificar una serie de problemas comunes no solo en el ámbito laboral, así como la necesidad de organizarse para conquistar mejores condiciones de vida. Había nacido la conciencia de clase.

Para ampliar: La formación de la clase obrera en Inglaterra, E.P. Thompson

El auge del movimiento obrero

Los primeros sindicatos se distribuían por oficios, pero rápidamente se fueron agrupando hasta formar grandes sindicatos nacionales e internacionales en la segunda mitad del siglo XIX, consiguiendo su legalización en la mayoría de los países occidentales y convirtiéndose en actores poderosos a principios del nuevo siglo. En 1921 los sindicatos europeos ya contaban con 46 millones de trabajadores. Antes, los soviets rusos —sindicatos en un sentido amplio— fueron una de las fuerzas más importantes en las dos revoluciones que vivió ese país en 1917. En Estados Unidos se consiguió fijar la jornada de ocho horas en 1886 gracias a la huelga del 1 de mayo, origen del Día Internacional de los Trabajadores. Precisamente, la jornada de ocho horas fue una de las primeras consignas del movimiento sindical a nivel internacional, así como las vacaciones pagadas o la seguridad social, entre otras que acabaron plasmadas en el derecho laboral gracias a la actividad sindical.

Para ampliar: “¿Por qué el Día Internacional de los Trabajadores se celebra el 1 de mayo?”, El Orden Mundial, 2020

Huelga de mineros en McKees Rocks, Pensilvania (Estados Unidos) en 1909. Fuente: Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

Con el desarrollo de los sindicatos, sus reivindicaciones tomaron un cariz cada vez más político, exigiendo no solo mejoras económicas sino también una mayor participación de los trabajadores en la gestión de las empresas y del Estado. La presencia de la Unión Soviética fue muy importante en este sentido, puesto que ofrecía a los trabajadores de todo el mundo una alternativa real al capitalismo, y su influencia obligaba a los Gobiernos occidentales a ser más prudentes si no querían provocar una revolución en sus países. También los partidos comunistas fortalecieron significativamente los sindicatos, impulsando la creación de muchos de ellos —como Comisiones Obreras en España— y fomentando el movimiento obrero.

La respuesta de varios países capitalistas a las reclamaciones de los sindicados fue la creación de un estado del bienestar inspirado en las teorías del economista británico John Maynard Keynes. Este modelo recogía varias de las demandas de los trabajadores, como educación y sanidad públicas, o servicios sociales, a la vez que integraba a los sindicatos en las estructuras políticas y empresariales, acabando con su autonomía política e institucionalizándolos. Con ello se buscaba una “paz laboral” que, mejorando las condiciones de trabajo, permitiera mantener la producción en masa y dotara a los trabajadores de mayor capacidad de consumo para dar salida a esa producción. 

El máximo exponente de este modelo llegaría con el capitalismo fordista a principios y mediados del siglo XX. El fordismo —que toma su nombre del modelo productivo utilizado en las grandes fábricas de automóviles Ford de Estados Unidos— se caracterizó por la producción a gran escala y la organización técnica del trabajo. También por lo que los economistas neoliberales denominarían “rigidez” de la fuerza de trabajo: contratos indefinidos; mayor seguridad ante despidos, accidentes o enfermedades; y condiciones reguladas por la negociación colectiva entre el empresario y los representantes de los trabajadores, no individualmente con cada trabajador. Los sindicatos contaban con mayor capacidad de influencia que a principios de siglo, pero su independencia se veía perjudicada por la burocratización de sus estructuras.

Para ampliar: “‘Nosotros somos el poder’: un siglo de lucha estudiantil”, María Canora en El Orden Mundial, 2018

Del fordismo al neoliberalismo

Gracias a su estricta organización, una de las principales características del fordismo era su capacidad para predecir la evolución de la producción a medio y largo plazo. Sin embargo, estas predicciones se basaban en la estabilidad de la demanda y de todos los elementos productivos: trabajadores, medios de producción y materias primas. Si uno de ellos experimentaba grandes cambios en poco tiempo, las empresas fordistas no podían reaccionar rápidamente para adaptar el resto de elementos a los cambios —por ejemplo, a través de despidos o reducciones de jornadas— y evitar una caída drástica de sus beneficios. 

En ese contexto, la repentina subida del precio del petróleo durante las crisis de 1973 y 1979 —provocadas por la guerra del Yom Kipur y la guerra entre Irán e Irak, respectivamente— tuvieron un efecto devastador sobre la economía mundial. Economistas liberales y empresarios se convencieron de que la rigidez del fordismo debía ser reemplazada por un nuevo modelo, el neoliberalismo, que primara la “flexibilidad” de todos los elementos productivos, permitiendo a los empresarios reaccionar rápidamente a cambios bruscos. Así, el nuevo modelo neoliberal devolvió a la patronal el poder de decisión que le habían arrebatado los sindicatos

La flexibilidad neoliberal se aplicará de dos formas: por un lado, deslocalizando, trasladando o subcontratando la producción en lugares donde las condiciones sean más favorables, como ocurrió con el traslado de gran parte de la industria occidental a China y otros países asiáticos, donde los salarios son más bajos. Por otro, recortando derechos laborales, que se traducían en costes laborales fijos, para priorizar contrataciones menos estables y más precarias que den a la empresa un mayor control sobre la fuerza de trabajo.

El trabajo temporal aumentó en los países de la OCDE y, especialmente, en la Unión Europea, a partir de los años ochenta. Fuente: International Labor Organization (ILO)

El neoliberalismo comenzó en los años ochenta en EE. UU. con Ronald Reagan y el Reino Unido con Margaret Thatcher, y pronto sería adoptado por la mayoría de los países de la OCDE. A través de múltiples reformas laborales se impusieron modelos laborales flexibles que eliminaban en gran medida las relaciones permanentes o de dependencia con el empleador, ya fuera mediante contratos temporales, a tiempo parcial o directamente por la vía de la subcontratación. Sin embargo, el neoliberalismo no trajo únicamente un nuevo régimen de relaciones laborales, sino que introdujo toda una nueva concepción sobre estas.

Para ampliar: “La cara negativa de la globalización en el trabajo”, Luis Martínez en El Orden Mundial, 2019

Las nuevas reglas del juego

Mientras que el fordismo primaba la negociación colectiva entre el empresario y el conjunto de trabajadores, reconociendo hasta cierto punto un conflicto entre los intereses de ambos, el neoliberalismo proyecta un mundo formado por individuos libres en el que la negociación es directa entre el empresario y el trabajador. Se trata del clásico “divide y vencerás” aplicado a las relaciones laborales. Bajo este modelo, el juez que regula la relación entre ambas partes es el mercado, que se presenta como un ente abstracto pero también racional y justo, y que ofrece oportunidades para crecer a todo el mundo. 

Sin embargo, para que ese mercado libre permita prosperar a los individuos, es necesario que estos adopten su racionalidad, basada en tres principios: rentabilidad, eficiencia y competitividad. Para ello, también es preciso que el mercado sea verdaderamente libre; es decir, que esté lo más desregulado posible. La flexibilidad se convierte en un elemento fundamental del mercado, puesto que permite adaptar cada aspecto de la empresa a la racionalidad de mercado. 

Este discurso rechaza las regulaciones estatales del derecho laboral, pero también va en contra de las intervenciones que pueden alterar el funcionamiento “natural” del mercado, como la actividad sindical. Según esta lógica, si los trabajadores quieren mejores condiciones laborales, deben adaptarse correctamente a la racionalidad del mercado y ascender profesionalmente —o emprender y montar su propia empresa—, no unirse a sus compañeros para exigírselas al empresario ni esperar que la legislación laboral establezca unos mínimos de protección. De esta manera, se individualizan las responsabilidades tanto del éxito como del fracaso laboral, se fomenta el individualismo y se favorece la competición entre los trabajadores.

Los sindicatos jugaron un papel importante en la transformación de un régimen a otro, aunque más por su pasividad que por su respuesta. Su integración en el estado del bienestar convirtió a muchos sindicatos en un actor más del sistema económico que buscaba conciliar las posiciones de empresarios y trabajadores más que representar exclusivamente a estos últimos, lo que provocó que muchos trabajadores empezaran a desconfiar de los sindicatos. Prueba de ello es que el grueso de las grandes movilizaciones obreras de estos años, como el Mayo del 68, el Otoño Caliente italiano de 1969 o las grandes huelgas en Polonia, España o Estados Unidos las componían trabajadores ajenos a los sindicatos, aunque contaran con su apoyo formal. 

Trabajadores por cuenta ajena afiliados a sindicatos en la Unión Europea (2019). Tan solo cinco países superan el 50%.

Además, su actitud conciliadora encajaba en el discurso neoliberal de la desaparición de las clases, y la mayoría de sindicatos mayoritarios asumieron las teorías que proclamaban la necesidad de contener los salarios y flexibilizar el empleo para protegerlo. Muchos sindicalistas lo consideraron una traición y abandonaron los sindicatos: la afiliación sindical se desplomó generalizadamente a medida que el neoliberalismo se iba implantando, con caídas cercanas al 50% en la mayoría de países occidentales entre 1970 a 2003. Es un número demasiado importante para atribuirlo a una sola causa, por lo que cabe preguntarse: ¿a qué se debe esta pérdida de atractivo de los sindicatos entre los trabajadores?

Para ampliar: “Generación del 68: más allá del mayo francés”, Javier Esteban en El Orden Mundial, 2018

Las causas del declive

La bibliografía especializada clasifica tres tipos diferentes de afiliación sindical según las motivaciones del trabajador: instrumental (búsqueda de protección o servicios), identitaria (proximidad a los valores y propuestas de la organización) y de sociabilidad (relaciones personales y de grupo). La desregulación de las relaciones laborales y el nuevo contexto ideológico y económico supusieron un golpe tremendo a todos ellos.

Por un lado, la alta rotación laboral, la división de la cadena de producción entre múltiples empresas y países, o las diferencias en materia de contratos dificultan la asociación en torno a objetivos comunes e impiden que los trabajadores se conozcan y compartan experiencias. Todo ello desmotiva la acción sindical, puesto que los trabajadores no esperan permanecer en sus puestos el tiempo suficiente para disfrutar las posibles mejoras que pudieran conseguir. Además, el individualismo lleva a los trabajadores a concebir sus trayectorias laborales como un proyecto personal, sin que aprecien intereses o proyectos comunes con sus compañeros. En general, el neoliberalismo proyecta una imagen de la empresa como una familia en la que todos deben remar en la dirección que marca el empresario, donde la iniciativa para exigir mejores condiciones se puede considerar una falta de respeto o de confianza hacia el empresario. Y no solo eso, sino que en muchas ocasiones se reprime directamente con despidos o prácticas antisindicales.

A pesar de la menor importancia de los sindicatos, los convenios colectivos continúan protegiendo las condiciones laborales de muchos trabajadores.

Por otro lado, el nuevo marco de relaciones laborales ha supuesto una disminución considerable del poder de los sindicatos, ya que cuentan con menos herramientas que antes para ejercer su influencia en la negociación colectiva, reforzando la percepción de muchos trabajadores de que el sindicalismo no sirve para sus intereses. La desindustrialización de países con gran presencia sindical también ha afectado a su relevancia, dando lugar a la proliferación de trabajos en el sector servicios que no tienen la tradición sindical de las grandes fábricas, ahora deslocalizadas.

Otro asunto importante es la aparición de otros movimientos sociales como el feminismo y el ecologismo que, sin ser incompatibles con el movimiento obrero, sí han adquirido cada vez mayor relevancia entre los trabajadores. La lucha de los trabajadores ya no es el único movimiento de masas reivindicativo, como ocurrió en gran parte del siglo XX, y esto ha supuesto en muchos casos la fragmentación de la identidad de clase trabajadora que es tan básica para el sindicalismo.

Para ampliar: “Partidos verdes en Europa: el rebrote de los ecologistas”, Pablo Moral en El Orden Mundial, 2019

Sindicalismo en el siglo XXI

El nuevo régimen ha mermado la capacidad de intervención de los sindicatos y las condiciones que facilitaban la participación sindical de los trabajadores, pero ello no significa que los sindicatos estén heridos de muerte. El neoliberalismo es hegemónico a nivel mundial, pero no todos los países adoptaron sus medidas por completo. Por ejemplo, la negociación colectiva sigue siendo fundamental en buena parte de la UE y hoy constituye la principal razón por la que muchos trabajos no cualificados conservan condiciones laborales superiores a las mínimas legales

Aún debilitados, los sindicatos siguen siendo uno de los factores principales que marcan la diferencia entre la precariedad y el empleo de calidad. En Estados Unidos, en puestos de trabajo equivalentes, los salarios en empresas con presencia sindical son un 13,2% más altos de media que los de las empresas que carecen de ella. Lo mismo sucede en el Reino Unido, donde son superiores en un 5%. El sindicalismo permite a los trabajadores aumentar su participación tanto en las decisiones de la empresa como en los resultados de la misma, lo que además favorece una distribución más justa y equitativa de la riqueza.

En rojo, porcentaje de afiliados a sindicatos sobre el total de trabajadores en Estados Unidos. En azul, porcentaje de riqueza obtenido por el 10% más rico. El declive de la afiliación y el aumento de riqueza de los más ricos coincide con la implantación de los nuevos modelos laborales. Fuente: Economic Policy Institute

Casualidad o no, el declive de los sindicatos ha coincidido con el despegue de la riqueza de los más ricos, hasta el punto de que el 1% más rico controla actualmente más del 45% de la riqueza mundial. No sorprende tampoco que los países que menos respetan los derechos sindicales sean también los que peores condiciones laborales ofrecen. Al mismo tiempo, los países con mayor número de afiliados y convenios colectivos son también los países con una mejor calidad laboral.

La fortaleza del movimiento obrero y sindical a principios del siglo XX permitió que los trabajadores de medio mundo consiguieran derechos hoy considerados básicos, como la jornada laboral de ocho horas. Sin embargo, cien años después los derechos laborales están prácticamente igual o incluso peor en gran parte del mundo, lo que demuestra que queda mucho por hacer. Para ello, los sindicatos deberán adaptarse a los nuevos desafíos económicos, laborales e ideológicos, y desarrollar formas de acción sindical que les ayuden a superar los obstáculos a los que se enfrentan.

Para ampliar:“¿Vivimos en un mundo tan desigual?”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2017

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