Quién es Éric Zemmour, el nuevo rostro de la vieja extrema derecha francesa

Con los sondeos a favor, todo apunta a que Zemmour se presentará a las presidenciales de abril de 2022. Este periodista experto en la confrontación ha disfrutado durante años de espacio en los medios para airar su discurso ultranacionalista, islamófobo y virilista, y representa a una Francia nostálgica e identitaria.
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Quién es Éric Zemmour, el nuevo rostro de la vieja extrema derecha francesa

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Para entender a Éric Zemmour hay que conocer su historia. De origen modesto, vivió parte de su juventud en los barrios periféricos de París, aunque sin pasar penurias. Su familia, de ascendencia judía argelina por parte de su abuelo, se benefició del auge económico que trajo el fin de la Segunda Guerra Mundial. Zemmour, alumno modelo, estudiará en un colegio privado y después pasará por el Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po). Más tarde intentará entrar en la prestigiosa Escuela Nacional de Administración (ENA), por donde ha pasado la mayor parte de la clase política francesa, pero su candidatura fue rechazada hasta dos veces, un doble fracaso que le dejó una herida profunda.

Zemmour comienza entonces su incursión en el periodismo. Entre 1980 y los años 2000 entrena su pluma en varios periódicos sin dar todavía grandes muestras de su orientación política, aunque se sabe que votó por el socialista François Mitterand en las presidenciales de 1981 y 1988. Sin embargo, a finales de los noventa se incorpora a la redacción de dos periódicos conservadores: Le Figaro y Valeurs Actuelles, encargado de la sección política, y desde ahí comienza a establecer lazos con la derecha francesa. 

Mientras él construía su carrera, el paisaje mediático francés atravesó un importante proceso de privatización iniciado durante la era Mitterand y ahondado más tarde por el conservadurismo de Jacques Chirac (1995-2007). La crisis de los setenta sometió a los medios franceses a las leyes del libre mercado y les obligó a recurrir a los formatos que más audiencia atraían: debates, escándalos, actualidad y sucesos. El primer beneficiado con el cambio fue el partido ultranacionalista Frente Nacional (FN), que ascendía cada vez que su candidato, Jean-Marie Le Pen, frecuentaba los platós de televisión.  

La transición de periodista a polemista comienza para Zemmour a partir de los 2000, cuando el cambio de modelo ya estaba consolidado. Aparecen los primeros canales de información 24h y se intensifica la apuesta por el contenido barato y espectacular. Para entonces las recetas liberales de Mitterand habían socavado las luchas sociales y el FN había puesto en boga las cuestiones identitarias y la crítica a la inmigración. Zemmour será invitado semanalmente a varias emisiones donde interpretará el papel de políticamente incorrecto frente al establishment mediático, ese mismo establishment que le daba espacios en televisión, prensa y radio. Aun careciendo de un programa propio, Zemmour sería el tertuliano estrella de varios programas, y en los últimos años destacó su participación en la popular cadena CNews, conocida como la “Fox francesa” por su sobrerrepresentación de personalidades de ultraderecha.   

La nostalgia de una Francia libre del islam

Desde esas tribunas, Zemmour ha abordado infatigablemente la temática inmigración-identidad y todas sus declinaciones: inseguridad, virilismo, revisionismo histórico y nacionalismo, con un discurso aún más radical que el de Jean-Marie Le Pen. Es defensor de la teoría del Gran reemplazo de Renaud Camus, escritor ultra que considera a la inmigración una herramienta de una élite secreta para sustituir a la población francesa. Zemmour también habla de la delincuencia o del tráfico de drogas como tácticas de yihad de los inmigrantes magrebíes y subsaharianos y se posiciona violentamente contra un islam demonizado que, según él, busca controlar la sociedad e instituciones francesas.

Da igual si esas personas tienen pasaporte francés: para Zemmour no se han sometido al proceso de asimilación que él considera necesario, es decir, no han abandonado su identidad propia para abrazar “la francesa”, incluyendo cambiarse el nombre. Si no transigen, el polemista propone expulsarlas de Francia, una deportación forzada que entra dentro de la definición de la ONU de limpieza étnica

Frente al islam, Zemmour se ve como el último guardián de una Francia nostálgica e idealizada, un país de tradición católica en declive por el ataque de sus enemigos internos y la pérdida de peso internacional. Este ultranacionalismo le ha valido comparaciones con intelectuales de la extrema derecha francesa clásica como Charles Maurras, defensor de la vuelta de la monarquía a principios del siglo XX, al que Zemmour ha defendido en antena. También ha sido acusado de revisionismo por su apoyo al régimen de Vichy, el Gobierno títere de los nazis durante su ocupación de Francia (1940-1944). Aunque no se le puede clasificar de antisemita, su defensa de Vichy ha llevado a Zemmour incluso a poner en duda los crímenes de ese régimen contra los judíos.  

Zemmour se presenta como un hombre hecho a sí mismo, víctima del “desprecio de clase” de las élites intelectuales. Acusa a los historiadores que critican su revisionismo de formar parte de la “lógica mafiosa” a los mandos del Estado y se reivindica portavoz de las clases populares. Pero hace tiempo que abandonó este entorno humilde al que dice representar. Su fortuna le ha hecho víctima de su complejo napoleónico y sus delirios de grandeza, llegando a festejar su cincuenta cumpleaños en la Petite Malmaison, el castillo que Napoleón Bonaparte construyó en 1803 para su primera esposa, Josefina.   

La restauración de una Francia viril es otro de sus estandartes. En 2006 publicó el libro que le ha granjeado su reputación de misógino, El Primer Sexo, cuyo título alude la obra de la feminista Simone de Beauvoir. Crítico con la “doxa feminista”, Zemmour afirma que el hombre es un “depredador sexual” y que “Francia y Europa, habiéndose vuelto mujeres, se han declarado tierra abierta, esperando a ser fecundadas por la virilidad venida del extranjero”, en relación a la inmigración. A su parecer, los obreros blancos franceses han sido emasculados bajo la imposición del feminismo occidental, y rescatando las representaciones racistas de magrebíes y africanos, considera que las francesas los elegirían por su condición de machos alfa. 

Zemmour irrumpe en un escenario favorable

Estos últimos años Zemmour ha preferido la batalla cultural frente a la política institucional. De hecho, ha rechazado varias ofertas para sumarse a listas electorales de ultraderecha, entre otras de Marine Le Pen, que ahora lidera el partido que fundó su padre. ¿Por qué entonces su candidatura para las presidenciales de 2022 es cada día más probable? El principal motivo parece ser su creciente ostracismo por parte de los medios. La polémica vende, pero los juzgados, menos. Después de una condena en 2011 por incitación al odio racial y varios juicios por cargos similares, los medios están dejando de contar con él, e incluso ha perdido su espacio privilegiado en CNews. 

Viéndose fuerte gracias a su capital mediático, Zemmour ha ido subiendo en los sondeos y ya ronda la segunda posición, superando a Le Pen. Y no es solo un fenómeno mediático. Zemmour encarna a un sector de la extrema derecha descontento con la deriva de Le Pen en los últimos diez años. Mientras esta ha intentado seducir al electorado de izquierdas, otra facción capitaneada por su sobrina, Marion Maréchal, apuesta por fagocitar a la derecha apostando por un modelo ultranacionalista y tradicional al estilo de la Hungría de Viktor Orbán. Zemmour y Maréchal ya coincidieron en dos cumbres internacionales de la ultraderecha tradicionalista, una en 2019 en París y otra en septiembre de 2021 en Budapest. En cuanto a Le Pen, está cayendo en los sondeos por su deteriorada imagen y porque una parte de su electorado rechaza su tímida estrategia de moderación.

Por último, el discurso de Zemmour ha encontrado terreno fértil donde crecer. El Gobierno de Emmanuel Macron ha lanzado una campaña contra un sector de los activistas de izquierdas, los denominados wokes, que bien podría haberla dirigido el mismo Zemmour. Y antes de que Macron iniciara en febrero de 2021 una investigación para conocer el alcance del “islamo-izquierdismo”, la supuesta influencia de la militancia islamo-izquierdista en las investigaciones universitarias, Zemmour ya utilizaba este mismo concepto para atacar a la academia francesa. 

El ascenso de Zemmour en los sondeos ha sido exponencial en tan solo unos meses. Aunque todavía tiene que confirmar su intención de presentarse y recabar el aval de quinientos cargos políticos para ser candidato —una tarea no tan sencilla al carecer de una plataforma electoral—, podría llegar a la segunda vuelta de las presidenciales en abril de 2022. Incluso si no llegara, el terremoto que está provocando puede dejar secuelas importantes en el sistema democrático francés.

Arsenio Cuenca

Licenciado en Sociología por la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla). Máster 1 en Geopolítica y Máster 2 en Ciberestrategia por el Instituto Francés de Geopolítica (París). Doctorando de la EPHE/CNRS (París). Estudio los extremismos, internet y la intersección entre ambos.