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Las bombas de racimo, o municiones de racimo, son proyectiles llenos de submuniciones que se liberan en el lanzamiento y explotan al impactar con el terreno o un objeto. Pueden lanzarse desde la tierra o el aire, y ser de caída libre, es decir, no estar dirigidas hacia un objetivo. Las primeras bombas de racimo fueron diseñadas en la Segunda Guerra Mundial, su uso se extendió en la Guerra Fría y hoy en día se emplean para inutilizar zonas casi tan grandes como varios campos de fútbol. Su uso en conflictos, especialmente en zonas muy pobladas, provoca efectos indiscriminados y desproporcionados contra civiles.
Un problema humanitario
Las bombas de racimo suponen un reto humanitario. Primero, al no estar dirigidas y con una trayectoria susceptible a factores como las condiciones climáticas, pueden caer fuera de la zona de objetivo militar. Sumado a su naturaleza de “arma de efecto zonal”, cuyo fin es alcanzar el máximo espacio posible, incluyendo en ocasiones zonas pobladas, hacen que este tipo de munición sea indiscriminada. En segundo lugar, se calcula que entre el 5% y el 20% de las submuniciones no explotan en el impacto, permaneciendo así hasta su manipulación, por lo general por parte de civiles. Por ejemplo, en Vietnam el 52,4% de las víctimas de bombas de racimo sufrieron su impacto cinco años después del fin de la guerra.
Además, la utilidad de las bombas de racimo se ha cuestionado en los conflictos militares contemporáneos. Son armas útiles contra grandes formaciones de tanques blindados, algo que se vio por última vez en la guerra árabe-israelí de 1973. Pero la mayoría de enfrentamientos son entre fuerzas pequeñas dispersas, como en Vietnam y Laos; en áreas urbanas altamente pobladas, como en Irak, y con armas ligeras. En cualquier caso, la detonación tardía de submuniciones supone un riesgo para la población civil. La ONG Handicap International identifica que el 98% de las muertes por bombas de racimo son de civiles, por lo cual su uso ha dado lugar a iniciativas desde el derecho internacional humanitario para prohibirlas.
Las bombas de racimo están prohibidas, pero se usan
La Convención sobre municiones de racimo se aprobó en 2008 y entró en vigor en 2010. Prohíbe usar, producir, almacenar o transferir bombas de racimo a los países que la han ratificado. Además, estos deben destruir sus reservas en un plazo de ocho años y retirar toda la munición no detonada de áreas contaminadas en diez años. También incluye obligaciones hacia los civiles y un deber de asistir a aquellos Estados afectados. Hasta ahora la han firmado 123 países, de los cuales la han ratificado 111, entre ellos casi todos los miembros de la Unión Europea y la OTAN, el Reino Unido, Japón, Irak o Australia. Por su parte, no lo han hecho potencias militares como Estados Unidos, Rusia, China, India, Israel o Turquía.
Sin embargo, en la práctica la Convención ha estado limitada por condiciones de los Estados parte, como el Reino Unido, y el uso de Estados no firmantes. De hecho, el Reino Unido las usó junto con Estados Unidos en Irak en 2003. Por otro lado, Estados Unidos, Israel y Rusia han ratificado su defensa de las bombas de racimo al considerarlas útiles. Siria y Arabia Saudí, también no firmantes, las han empleado en los conflictos de Siria y Yemen. En la actual guerra de Ucrania las han usado las fuerzas rusas y ucranianas, otro país no firmante. Washington anunció el pasado 7 de julio su envío al Ejército ucraniano por petición de Kiev, lo cual han rechazado España, Canadá o Nueva Zelanda y ha provocado polémica en Occidente.