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Imaginemos que Putin lanza una bomba nuclear en Ucrania. Es un escenario todavía lejano, pero ya no descartable. Rusia está cada vez más acorralada, como demuestran los últimos avances ucranianos en el frente y la destrucción de parte del puente de Crimea la semana pasada. La movilización de reservistas con poca experiencia y desmoralizados y los bombardeos sobre ciudades ucranianas no le bastarán a Moscú para revertir esta tendencia. Sin embargo, tampoco es seguro que pulsar el botón nuclear lo consiga.
Desde las primeras amenazas del Kremlin, se ha especulado con las opciones que tiene Rusia para un ataque nuclear. Todo apunta a que será una bomba táctica, las de menor alcance. En cuanto al dónde, puede lanzarla sobre una zona despoblada, como el Mar Negro, a modo de aviso. Pero parece más probable que escojan un objetivo de más impacto, como un batallón ucraniano o una ciudad. En cualquier caso, el ataque cambiaría la guerra y trastocaría el sistema internacional, acabando con el consenso nuclear post-1945, forzando una escalada potencialmente desastrosa y obligando a Occidente a responder.
Rusia se quedará sola y la ONU, obsoleta
Lanzando la bomba nuclear, Rusia habrá cruzado demasiadas líneas rojas, así que las reacciones internacionales no se harán esperar. Países como China e India abandonarán su posición equidistante para condenar el ataque, dejando a Moscú más aislado que nunca. Esto no quiere decir que pasen a apoyar a Ucrania, pero sí que redoblarán la presión diplomática para frenar el conflicto. Unos esfuerzos que al menos China también dirigirá a Occidente, al que instará a negociar y a evitar la escalada. Otros aliados de Rusia como Venezuela, Cuba o Nicaragua, adoptarán una postura similar, pero serán los menos. La mayoría de países condenarán el ataque e instarán a actuar contra el Kremlin.
No obstante, sus deseos fracasarán en Naciones Unidas. Cualquier iniciativa militar será bloqueada por el veto ruso en el Consejo de Seguridad, el órgano encargado de mantener la paz internacional, profundizando la crisis de legitimidad que arrastra la ONU. El ataque nuclear sobre Ucrania será uno de los mayores fracasos de la organización, que, incapaz de impedir o frenar el conflicto, quedará relegada a gestionar la crisis humanitaria provocada por la bomba.
Esto no impedirá que Estados Unidos y Europa contraataquen para apoyar a Kiev amparados por la legalidad internacional, si Ucrania pide ayuda. Occidente no puede permitirse ceder. No solo porque supondría abandonar a los ucranianos a su suerte, sino también por las repercusiones para la seguridad global. Si Rusia se sale con la suya, lanzará un mensaje peligroso del que tomarán nota países como Irán o Corea del Norte: quienes posean armamento nuclear pueden usarlo para conseguir sus objetivos sin consecuencias. Esto conllevaría la proliferación del armamento nuclear en todo el mundo, inaugurando un sistema internacional mucho más inseguro.
Habrá acción coordinada de Occidente, pero no de la OTAN
Que Rusia lance la bomba supone que la estrategia de disuasión de Occidente habrá fracasado. Partiendo de esa base, los aliados de Ucrania tendrán que coordinarse para evitar la desaparición del país y la espiral nuclear. No obstante, esta respuesta occidental no estará exenta de divisiones. Ante un ataque nuclear, el apoyo en forma de sanciones económicas y envíos de armamento no será suficiente, pero no todos estarán dispuestos a secundar una intervención militar directa.
Será complicado que la contraofensiva se haga bajo el paraguas de la OTAN, a pesar de que su secretario general, Jens Stoltenberg, advirtió a Rusia de que un ataque nuclear tendría “severas consecuencias”. Por un lado, intervenir de ese modo daría alas al discurso antioccidental de Putin y pone en riesgo a sus miembros, que pasarían, en bloque, a confirmarse como el enemigo de Rusia. Por otro lado, esta iniciativa se encontrará con la oposición de miembros de la alianza como Hungría o Turquía. El húngaro Víktor Orbán mantiene estrechos lazos con Rusia, por lo que es probable que se abstenga de una confrontación. Turquía, por su parte, intentará mantener la equidistancia, llamando a la negociación para erigirse como mediador. Sus buenas relaciones con Moscú y Kiev y su papel de facilitador del acuerdo que desbloqueó el suministro de grano en julio sitúa a Ankara en buena posición para ello.
El resto de países de la Alianza, más firmes contra Putin, no dudarán en coordinar una contraofensiva, aunque sea fuera de la organización atlántica. Lo más probable es que los primeros ataques los realicen a título individual los países con mayor capacidad militar y arsenal nuclear: Estados Unidos, Francia y Reino Unido. El presidente estadounidense, Joe Biden, ya insinuó que respondería ante un ataque nuclear ruso. Estas potencias abrirán el camino a un futuro mando coordinado al que se sumen el resto de países con su armamento, personal o apoyo táctico.
Sea como sea la respuesta, aumentará el riesgo de una guerra nuclear
Lo más probable es que Occidente responda con una contraofensiva convencional, posiblemente mediante bombardeos a objetivos estratégicos rusos en el frente, para castigar el ataque nuclear y precipitar el fin de la guerra. Una medida más drástica sería implementar una zona de exclusión aérea sobre Ucrania que disuada a los bombarderos rusos. Pero no está claro si el control del aire será suficiente o sí estadounidenses y europeos optarán por combinar los medios aéreos con el despliegue de una fuerza terrestre. Si lo hacen, tienen dos opciones: limitarse a apoyar a los ucranianos con labores logísticas y humanitarias en la retaguardia o ir más lejos, mandando tropas a combatir.
La última baza de Occidente será responder con otro ataque nuclear, esperando que el Kremlin frene antes de arriesgarse a la destrucción mutua asegurada. Los objetivos podrían ser fuerzas rusas en el frente, la propia Rusia o un país aliado de Moscú. Pero es una opción poco probable: solo ocurriría si el Kremlin hubiera atacado directamente a un miembro de la OTAN, y acercaría el conflicto a la guerra nuclear.
En cualquier caso, la intervención de Occidente afectará a las regiones ucranianas anexionadas por Rusia, algo que Moscú interpretará como un ataque directo a su territorio al que querrá responder. El Kremlin posiblemente lanzará una guerra híbrida a través de ciberataques o sabotajes y, más adelante, ataques directos. Esto convertiría la guerra de Ucrania en un conflicto europeo, si no global, y acercaría las manecillas del reloj del juicio final a la medianoche. Para evitarlo, la operación occidental tendrá que dejar a Rusia sin otra opción que detener la ofensiva.