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El globalismo es la interconexión e interdependencia económica, política y cultural entre los países del mundo. Por tanto, si la globalización es ese conjunto de procesos, el globalismo puede entenderse como su promoción o consolidación, bajo las premisas de que el mundo funciona de esa manera o de que las respuestas a desafíos globales requieren de la cooperación internacional. En los últimos años, líderes y partidos de ultraderecha también han usado el término “globalismo” para describir una supuesta ideología o conspiración que buscaría subvertir las soberanías e identidades nacionales en favor de un Gobierno global.
Un concepto para un nuevo tiempo
El término “globalismo” surgió en Estados Unidos como parte de los análisis sobre la situación internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial. Por un lado, la necesidad de reconstrucción y la voluntad de evitar nuevas guerras incentivaron una mayor cooperación entre las naciones. Con la experiencia del fracaso de la Sociedad de Naciones, en 1945 se fundó la Organización de Naciones Unidas para fomentar la colaboración internacional. Su creación se centró en ideas como la interdependencia económica y el diálogo político permanente, que podrían servir como pilares para la paz y el desarrollo.
Al mismo tiempo, Estados Unidos emergió como potencia mundial dominante. De esa manera, el globalismo estuvo ligado a la expansión de su propia influencia. Las políticas de ayuda económica como el Plan Marshall, así como la creación del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, reflejaron la estrategia estadounidense para moldear un orden mundial favorable a sus valores, el capitalismo y el sistema democrático. Así, Estados Unidos no sólo ofreció un modelo a seguir, sino que también estableció reglas de juego para el escenario internacional, acelerando la globalización.
En la segunda mitad del siglo XX, el globalismo se consolidó como un pilar del orden internacional liberal, favoreciendo el libre comercio, la inversión extranjera y la difusión de nuevas tecnologías. Tratados y entidades como la Organización Mundial del Comercio (OMC) promovieron la reducción de los aranceles y otras barreras, facilitando la integración económica mundial. Estos preceptos del libre mercado se difundieron entre países más desarrollados y fueron adoptados alrededor del mundo en distintos grados.
El fin de la Unión Soviética y de la Guerra Fría marcó el inicio de un nuevo periodo donde el globalismo y las democracias de libre mercado parecían ser el camino predominante e incuestionable. En los años noventa se expandieron las relaciones internacionales basadas en la cooperación y el intercambio económico y cultural. La difusión de la cultura occidental y el capitalismo se aceleraron gracias a nuevas tecnologías como internet, que consolidaron una economía y cultura global más interconectadas. Las fronteras económicas se difuminaron aún más con la creación de bloques comerciales como la Unión Europea, el TLCAN o la Cooperación Económica Asia-Pacífico. Mientras tanto, a medida que se consolidaba la globalización, el término “globalismo” terminó limitado sobre todo al ámbito académico.
No obstante, en este período también surgieron antiglobalización. Eran sobre todo de izquierda, impulsadas por movimientos sociales y políticos que criticaban las desigualdades económicas, el deterioro ambiental y la pérdida de autodeterminación cultural y política. Estos grupos advirtieron sobre los riesgos de un capitalismo desenfrenado y la erosión de las soberanías nacionales a favor de corporaciones y organismos supranacionales. Las contracumbres a los encuentros de la OMC, por ejemplo, se volvieron símbolos de resistencia contra un sistema económico mundial percibido como inequitativo y poco democrático.
La ultraderecha contra el “globalismo”
En los últimos años, líderes y grupos de ultraderecha han usado el término “globalismo” de forma peyorativa para describir una ideología y corriente contraria. Identifican una amenaza hacia las soberanías e identidades nacionales, y presentan el término como un plan de élites poderosas para erosionar las fronteras y culturas en favor de un Gobierno global. Figuras como el estratega político estadounidense Steve Bannon han popularizado esta retórica como una lucha entre el “pueblo” y las “élites globalistas”. Y la han incorporado Donald Trump en Estados Unidos, Marine Le Pen en Francia o Vox en España, que advierten acerca de una supuesta conspiración contra los valores y para promover una agenda de multiculturalismo.
Este artículo fue redactado con ayuda de Jasper, un asistente de redacción de inteligencia artificial. Después fue revisado y corregido por un editor de EOM.