Las primarias demócratas buscan candidato a presidente de Estados Unidos

Aunque todavía quede casi un año para que comiencen oficialmente las primarias del Partido Demócrata estadounidense y cerca de veinte meses para las presidenciales, los aspirantes a concurrir por la Casa Blanca ya han comenzado a anunciarse. Más allá del verbo, las ideas o el bagaje de los precandidatos, en estos meses será determinante la estrategia del propio partido del burro y sus dinámicas internas de cara a maximizar las probabilidades de retomar la presidencia del país.
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Las primarias demócratas buscan candidato a presidente de Estados Unidos
Bernie Sanders en un mitin en Arizona, en 2015. Fuente: Gage Skidmore

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Las elecciones presidenciales de 2016 supusieron un enorme varapalo para el Partido Demócrata en Estados Unidos. A pesar de que Hillary Clinton ganó a Donald Trump en voto popular, no fue suficiente en la complejidad del sistema electoral estadounidense para que la ex secretaria de Estado se alzase con la victoria al carecer de los votos necesarios por parte de los delegados del colegio electoral.

Esta derrota llevó al partido a un proceso de reorientación de su estrategia, de crítica interna y de replanteamiento sobre qué valores deben encarnar los demócratas frente a los que se habían mantenido hasta ahora. La mayor carencia que se percibió en la derrota fue una candidata demasiado alejada de la realidad, muy del aparato demócrata y con un perfil de establishment que no cautivaba; además, tampoco fue hábil peleando los estados claves y fiando la estrategia a una victoria por saturación y no quirúrgica, como sí hizo Trump centrando sus esfuerzos en los llamados estados bisagra —como Ohio, Pensilvania o Florida—, que acabaron resultando determinantes.

Para ampliar: “La crisis del Partido Demócrata”, Adrián Albiac en El Orden Mundial, 2017

Así, el perfil de Hillary quedó absolutamente quemado y, tras Obama —un portento comunicativo—, el partido quedó huérfano de un recambio más o menos obvio con el que plantear las elecciones de 2020. De hecho, a las elecciones de medio mandato de 2018 llegaron sin un liderazgo claro, amparados en candidatos con potencial local más que en grandes perfiles que llevasen la voz cantante del partido. En esa situación y con el evidente desgaste que ha tenido Trump durante su primer bienio, los demócratas no pudieron lograr una victoria contundente —aunque también es cierto que la renovación de escaños en el Senado, sobre todo de estados tradicionalmente republicanos, no favorecía especialmente el panorama demócrata—; tras esa limitada victoria, se abrieron en el horizonte las presidenciales de 2020, y las piezas se han empezado a mover. Aunque hasta los primeros meses del año electoral no empezarán las primarias y las asambleas partidistas, los candidatos ya han comenzado a postularse, y con las piezas que hay sobre la mesa se empiezan a esbozar potenciales candidatos a presidente y estrategias por parte del partido.

La lógica electoral de Estados Unidos cada vez otorga más peso a determinados estados del país. Varios territorios del Medio Oeste cobraron una relevancia clave en 2016.

El quién es quién de los demócratas

El proceso de primarias demócratas no es precisamente corto ni sencillo. A principios del mes de febrero, Iowa será el primer estado en el que los afiliados demócratas elijan a su preferido para lanzarse a la Casa Blanca y desde entonces se sucederán primarias y asambleas de partido o caucusun sistema asambleario a la antigua usanza— durante la primera mitad del año, hasta que en verano un congreso con los delegados demócratas nombre al candidato definitivo.

El Partido Demócrata tiene, además, una particularidad: de los más de 2.000 delegados que elegirán a su candidato, cerca de un 15% son los llamados superdelegados, unos electores que no provienen de las delegaciones demócratas de cada estado, sino que son nombrados directamente por el partido. Este factor suele hacer bastante más fácil al candidato predilecto del partido el camino hacia la nominación; además, son determinantes en este aspecto. Sin embargo, en las primarias de 2020 habrá algunos cambios de importancia respecto a las de 2016; el principal, que los superdelegados no podrán decantarse por ningún candidato si en la primera ronda de las primarias ninguno alcanza la mayoría absoluta de apoyos —lo cual, viendo el panorama de candidatos, es bastante probable—. Esto evita llegar a la convención veraniega de Milwaukee con un candidato ganador de antemano gracias al apoyo de estos delegados, pero deja en su poder decantar la balanza para elegir al ganador final y, a pesar de que tendrán libertad de voto, sufrirán enormes presiones por parte del aparato.

A lo largo de los últimos meses hemos ido conociendo distintas candidaturas. Algunos de los nombres tienen más vinculación con el aparato demócrata y otros menos; algunos poseen un perfil más socialdemócrata y otros una tendencia más socioliberal; algunos tienen características que los acercan a un electorado determinado y otros son atractivos para otros segmentos.

Joe Biden es, hasta el momento y según las encuestas, el favorito de los simpatizantes demócratas como candidato a la Casa Blanca, a pesar de que todavía no ha anunciado oficialmente su candidatura —pero se da por hecho que lo hará—. Vicepresidente en los dos mandatos de Obama, supone un guiño a aquella época. Sin ser un perfil demasiado progresista, es un candidato de consenso para múltiples pensamientos y electorados demócratas. Su gran desventaja es la edad: llegaría a los comicios de noviembre de 2020 con 78 años, acabaría su primer mandato a los 82 y, de revalidar, el segundo a los 86.

El segundo en los pronósticos es Bernie Sanders, el senador independiente por Vermont que, después de perder contra Clinton en las primarias de 2016, vuelve a presentarse con la esperanza de ser nombrado candidato. Su influencia durante estos años en el partido ha sido indudable; en su anterior intento puso sobre la mesa una agenda claramente de izquierdas que numerosos electores aceptaron de buen grado, lo que ha ejercido una notable influencia sobre el posicionamiento y las nuevas figuras del Partido Demócrata. Pero, al igual que Biden, su avanzada edad —ahora tiene 77 años, uno más que su principal rival— dificulta poderosamente las opciones de una presidencia demócrata a largo plazo.

A cierta distancia de ambos se sitúa Kamala Harris, ahora senadora de California y antigua fiscal general de ese estado. Ideológicamente, es un perfil menos escorado hacia la izquierda y su trabajo en los tribunales californianos en la persecución del crimen puede tener cierto éxito en aquellos colectivos preocupados por la seguridad y la criminalidad. A su favor también juega que es joven —54 años— y una mujer no blanca —sus padres eran de origen tamil y jamaicano—. Aunque sus posibilidades de alcanzar la nominación demócrata a estas alturas no parecen muy altas, puede jugar un papel importante como futurible vicepresidenta o trasvasando los delegados que consiga en las primarias a otro candidato con más posibilidades.

Aunque se le ha dado cierto eco mediático, las posibilidades de Elizabeth Warren no parecen muy elevadas. Comparada a menudo con el perfil de Sanders por sus proclamas contra Wall Street y el desmesurado poder de las multinacionales, Warren es más partidaria de la correcta regulación para domar a esos grandes poderes que de cambios sistémicos, como plantean desde el ala izquierda del partido, por lo que puede resultar insuficiente para ese electorado que ve con buenos ojos políticas de corte socialdemócrata. Además, su edad —tendrá 70 años cuando se celebren las elecciones— plantea problemas similares que las candidaturas de Biden y Sanders.

Un quinto candidato con cierto potencial puede ser el congresista por El Paso (Texas) Beto O’Rourke. Es joven, tiene el respaldo del aparato del partido, posee un perfil centrista y habla español con fluidez, lo que es un claro activo de cara a conseguir el voto de un electorado cada vez más importante como es el hispano. Su valor cobró cierta relevancia cuando estuvo a punto de vencer al senador republicano —y peso pesado del partido— Ted Cruz en las elecciones a mitad de mandato por una plaza en el Senado en el estado tradicionalmente republicano de Texas. Pero, pese a ser un perfil con potencial, todavía no parece haber ganado la notoriedad ni experiencia necesarias para llevar a cabo una campaña presidencial con garantías.

Estos no son todos los candidatos. Si estas primarias demócratas se caracterizan por algo será por la enorme atomización de candidaturas en distintos orígenes y perfiles políticos, con hasta 16 candidatos oficiales hasta el momento. Al quinteto ya mencionado se añaden nombres como Cory Booker, Amy Klobuchar, Julian Castro, Jay Inslee, Kirsten Gillibrand o Tulsi Gabbard, entre otros. Si durante la campaña alguno de ellos consigue despuntar, puede acabar resultando determinante, aunque no llegue a ser un caballo ganador, si decide acabar apoyando a otro candidato con mayores posibilidades.

Unas primarias para definir una estrategia

Aunque Biden y Sanders son los candidatos preferidos por las bases demócratas —incluso quienes tienen de primera opción a uno tienen como segundo preferido al otro—, no es necesariamente la mejor combinación. Debe recordarse que las candidaturas presidenciales en Estados Unidos llevan también adosado un candidato a vicepresidente, un perfil que, aunque tiene una presencia más modesta en la campaña, suele dar bastantes pistas de qué electorados se busca atraer y qué orientación puede tener la presidencia.

Por lo pronto, el Partido Demócrata necesita movilizar el voto. Lo consiguió en las elecciones de medio mandato, pero a la vista está que en muchos lugares no de forma suficiente. Y, más que movilizar el voto en general, necesitan movilizar el voto de jóvenes, mujeres y minorías como los afroestadounidenses o los hispanos, con especial atención a los estados bisagra, que en 2020 serán tanto o más determinantes que en 2016. Y, en esta búsqueda por llegar al mayor número de electorados posible, no pueden caer en el vaciamiento ideológico y programático de Clinton. Viendo el pulso de la sociedad estadounidense, una apuesta claramente progresista en lo social, pero también en lo económico, podría ser exitosa para atraer a las clases trabajadoras y retener a la élite económica que tradicionalmente apoya a los demócratas.

Para ampliar: “Estados Unidos, un país de identidades”, Álex Maroño en El Orden Mundial, 2018

Con este panorama encima de la mesa, la propuesta con mayores posibilidades sería un candidato a presidente de perfil centrista-progresista con apoyo del partido —recordemos que con las presidenciales también se renovará un tercio del Senado y la totalidad de la Cámara de Representantes, lo cual puede brindar oportunidades al partido para recuperar la mayoría en las dos cámaras— y con experiencia en el Gobierno, así como un vicepresidente más progresista que su superior, quizá mujer o de alguna minoría, que pueda atraer a otros perfiles de voto al verse representados y calme las demandas de políticas progresistas más ambiciosas mediante un perfil más secundario.

Dentro de esta fórmula entraría un tándem Biden-Harris, aunque no resolvería el problema de la edad del primero salvo que se postulase solo para un mandato y la vicepresidencia fuese un trampolín para las presidenciales de 2024. De ser así, el partido tendría más interés en generar un candidato a 12 años —cuatro de vicepresidente y ocho de presidente— que de arriesgarse con una fórmula heterodoxa o con menores probabilidades electorales. Veremos qué ocurre a lo largo del año restante. Nunca está de más recordar que a principios de 2016 nadie daba posibilidades a Trump dentro del Partido Republicano.

Fernando Arancón

Madrid, 1992. Director de El Orden Mundial. Graduado en Relaciones Internacionales por la UCM. Máster en Inteligencia Económica en la UAM. Especialista y apasionado de la geopolítica.