Netflix y la mediatización del Chapo
El Chapo Guzmán, el enemigo público número uno de Estados Unidos, se sentaba estas semanas en el banquillo de los acusados para su juicio, un litigio que se ha convertido en el sueño de cualquier guionista: desde las anécdotas sobre las relaciones del Chapo con menores a las historias de baladeras y venganzas. Toda una maquinaria mediática para dejar claro que el delincuente más buscado estaba ante la Justicia estadounidense y que la guerra contra la droga llegaba a un nuevo estadio. Sin embargo, la más que posible condena contra Guzmán plantea dudas en cuanto al impacto real de todo este proceso. Es paradójico que fuera el mismo Chapo, en su entrevista para Rolling Stone en enero de 2016, quien avanzara lo que ahora todo el mundo parece empezar a saber: que cuando él no esté nada va a cambiar. Pese a la pomposidad y cobertura que le han dado los medios y autoridades estadounidenses, el arresto y la futura condena del Chapo no parecen tener repercusiones más allá: México o Colombia siguen sufriendo la realidad del narcotráfico. El juicio al Chapo y el éxito que se pretende mostrar ocultan una dura verdad: la guerra contra la droga en EE. UU. ha fracasado en su enfoque. Para ampliar: “La ‘guerra contra las drogas’ en Estados Unidos”, Álex Maroño en El Orden Mundial, 2018Nada cambia, todo sigue
Una de las cosas que ha quedado más que probada en los años que el Chapo ha estado encerrado —su arresto definitivo tuvo lugar en enero de 2016— es que el ritmo de producción de cocaína no está correlacionado con su detención. En este período la producción de coca no ha dejado de aumentar. En 2017 las plantaciones de coca en Colombia se incrementaron un 11%: en tan solo un año pasaron de 188.000 a 209.000 hectáreas y de producir 772 toneladas a 921. Este aumento muestra el gran desafío al que se enfrenta la lucha contra la droga y, lo que es más revelador, que no hay una vinculación directa entre la encarcelación del Chapo y el desempeño del narcotráfico. Para ampliar: “Colombia: Monitoreo de territorios afectados por cultivos ilícitos”, Oficina de las NN. UU. contra la Droga y el Delito, 2017 Los cárteles colombianos tienen un papel estratégico en la llegada de droga a suelo estadounidense. La política seguida por el Gobierno de Juan Manuel Santos, junto con la desmovilización de las FARC y la reducción de las acciones militares y de las fumigaciones con herbicidas contra los cultivos, ha favorecido la expansión de las plantaciones. El espacio dejado por las FARC ha sido ocupado por otros grupos de exparamilitares o guerrillas como el Ejército de Liberación Nacional que se encuentran en las fronteras con Ecuador o Venezuela, donde la producen y la mueven hacia México; desde aquí, los distintos grupos criminales se dedican a hacerla llegar al otro lado de la frontera. Como el propio Guzmán señaló en su entrevista: “el tráfico de drogas no depende de una sola persona; depende de muchos”. [caption id="attachment_22561" align="aligncenter" width="3505"]
Las principales rutas de cocaína del mundo. Venezuela y América Central son estratégicas en la distribución de la cocaína que se produce en Colombia.[/caption]
En el movimiento de la droga entran en juego infinidad de factores que llevan a todos esos individuos a enrolarse en las filas de los cárteles y seguir a líderes como Guzmán en su deriva criminal. Generalmente, las circunstancias socioeconómicas son una de las principales razones por las que una persona acaba siendo parte de la estructura voraz del narcotráfico. Así, hay problemas económicos y de desigualdad que no van a desaparecer con la encarcelación del Chapo. Que Guzmán esté entre rejas no va a cambiar que el salario medio anual en Sinaloa, entidad federativa de la que es originario, sea uno de los más bajos de todo México —94.261 pesos, o 4.300 euros—, una desigualdad que hará que muchos jóvenes, como en su día Guzmán, decidan acudir a las redes de los cárteles como forma de ganar dinero.
Además, durante el juicio quedó clara la vinculación de personajes como Guzmán con la política, las instituciones y los poderes mexicanos. La declaración del traficante colombiano Alejandro Cifuentes —un antiguo narco aliado cercano del Chapo— dejó entrever el desafío que la corrupción política e institucional supone para México y para la lucha contra el crimen organizado. En el litigio se apuntó directamente a la cabeza de la política mexicana: Cifuentes afirmó que el expresidente Peña Nieto había recibido una mordida del Chapo de 100 millones de dólares. Frente a las estrategias de mano dura de los Gobiernos de Calderón y Peña Nieto, López Obrador —que empezó su mandato en 2019— ha planteado un nuevo plan para acabar con los problemas de fondo que afectan al tema del narco, especialmente la corrupción y la vinculación de las instituciones con el crimen organizado.
Para ampliar: “El narcotráfico en México, historia de un fracaso político”, María Fernández Sánchez en El Orden Mundial, 2018
El juicio de uno y de todos
El mundo del narcotráfico y de la lucha contra las drogas no se ha parado durante el juicio al Chapo. Por un lado, los cárteles han seguido desarrollando su actividad en estos años, y la atención centrada sobre Guzmán ha facilitado que sus enemigos o antiguos aliados afiancen su poder mientras las miradas se centraban en el antiguo rey de Sinaloa. Por otro lado, el juicio —como señala Roberto Saviano, conocido por el éxito de su obra sobre la mafia napolitana— ha revelado que los cárteles han encontrado la forma de usar la guerra contra las drogas en su favor, entendiendo que es una realidad con la que tienen que convivir. Que los familiares de Ismael el Mayo Zambada hayan declarado contra Guzmán revela que los narcos pueden utilizar la ley del silencio. Zambada, quien encabezaba el cártel de Sinaloa junto al Chapo y quedó al cargo tras su captura, ha permitido que sus familiares testificaran contra su anterior socio como una forma de ganar el control del cártel de Sinaloa por completo. ¿Qué implica esto? Lo que nos enseña es que un juicio tan mediático lo único que sirve es para llenar portadas con historias sobre el personaje, pero hay un problema de fondo que no se soluciona; incluso que el propio cártel puede servirse de la importancia mediática del personaje del Chapo para desviar la atención de la nueva estructura que se está formando. Esto no supone que no se lo deba perseguir y encarcelar, sino que es necesario comprender los juegos de poder que hay detrás. La posible implicación del Mayo en el juicio del Chapo demuestra que el negocio del narcotráfico va a seguir porque hay mercado para ello y que los cárteles se adaptan y evolucionan, incluso cooperando con las autoridades para poder seguir en el negocio. Es paradójico que, por apresar al Chapo Guzmán, las autoridades estadounidenses puedan estar dando más poder que nunca al anterior socio del rey de Sinaloa. [caption id="attachment_19684" align="alignnone" width="2000"]
La atomización de los cárteles ha dificultado mucho la lucha contra ellos. Esta multiplicación de células y grupos ha hecho que penetren más a escala local.[/caption]
Trump tampoco ha dejado escapar la oportunidad mediática que le brindaba el juicio del Chapo para impulsar su política nacional. La condena del Chapo Guzmán se ha convertido en un aliciente para justificar la necesidad de construir el muro con México. Políticos próximos al presidente como Ted Cruz han llegado a insinuar que se podría utilizar los bienes requisados para pagar parte de la construcción del codiciado muro. La lucha contra las drogas se convierte, así, en una herramienta política en la que Guzmán hace la suerte de cabeza de turco y centro de atención para justificar medidas de futuro.
La victoria de nadie
A la espera de la sentencia definitiva en junio de 2019, queda claro que el juicio al Chapo forma parte de un proceso largo y complejo de una lucha contra el narcotráfico que el Gobierno estadounidense lleva años librando y que no termina de ganar. Pese a la propuesta de cadena perpetua del que fuera enemigo número uno de la Casa Blanca, nada parece haber cambiado, más bien al contrario. El narcotráfico se mueve por las lógicas más simples del libre mercado: a mayor demanda, mayor oferta. Hasta el Chapo afirmaba en su entrevista que el consumo no paraba de aumentar y que, si esto sigue así, la oferta seguirá creciendo. Una de las acusaciones que pesa sobre Guzmán está relacionada con la incautación de 134.000 kg de cocaína y heroína entre 1989 y 2014; solo hay que imaginarse todo lo que no se incautó. El consumo de cocaína sigue creciendo en EE. UU.. Mientras los grandes medios se llenan de crónicas sobre las andanzas del Chapo y en medio mundo vemos la serie de televisión sobre su vida, la crisis de los opiáceos sigue acabando con las vidas de más estadounidenses que las guerras de Vietnam e Irak juntas. Entre 1999 y 2015 el número de sobredosis de ciudadanos estadounidenses aumentó un 5,5% anual; es la segunda sustancia que más muertes provoca en el país, un problema por el que la condena del Chapo o la construcción del muro poco pueden hacer y que tiene más que ver con factores socioeconómicos internos de EE. UU. Lo que revelan los datos de gasto del Fondo Federal para el Control de Drogas de EE. UU. es que el porcentaje destinado al tratamiento y a la incautación ha ido en aumento, mientras que las partidas destinadas a la prevención, la aplicación interna de la ley y la acción internacional se han reducido en estos últimos años. La política antidrogas de Washington tiende al cortoplacismo: centrarse en la incautación y el tratamiento es abordar solamente dos fases muy específicas y obviar las demás partes de un proceso realmente amplio y complejo como es el tráfico y consumo de drogas. Si se sigue entendiendo que un juicio como el del Chapo es una gran victoria, se perderán muchas vidas. Son muchos los que han tenido que morir para que hayamos podido ver a Guzmán sentado en el banquillo de los acusados. Su arresto y encarcelamiento pueden ser beneficiosos en conjunto, pero no resuelven los problemas de fondo en los países de origen de la droga. La violencia en México, país fronterizo con EE. UU. y desde el que operan los principales cárteles del continente, registró récords en 2018. Para ampliar: “Las autodefensas contra el narcotráfico en México”, María Hernández en El Orden Mundial, 2015 [caption id="attachment_19374" align="alignnone" width="4400"]
La actividad de los grupos criminales daña la economía de los estados que conforman México. Estados con una presencia alta de cárteles, como Baja California o Sinaloa, tienen un índice de paz menor que el resto del país.[/caption]
Esta realidad al otro lado de la frontera, sumada a las desigualdades económicas, sigue siendo un caldo de cultivo perfecto para los negocios ilícitos. Si a esto le añadimos que la estrategia de lucha contra las drogas del Gobierno de Trump pasa por construir un muro en la frontera como si esto fuera a terminar con las realidades al otro lado, nos encontramos con un futuro en el que seguiremos teniendo que perseguir a muchos Chapos. La lucha contra el narcotráfico es compleja, pero no pasa únicamente por encarcelar al cabecilla de una organización, sino por atacar los problemas de los que personajes como Joaquín el Chapo Guzmán se nutren para llegar al poder.Suscríbete a EOM para seguir leyendo este artículo
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