Canadá, ¿el vecino amable de Norteamérica?
Los primeros meses de Donald Trump de vuelta en la Casa Blanca han resquebrajado la buena relación que Estados Unidos mantenía con Canadá, su vecino del norte. Este país, que durante décadas había logrado mantener su frontera sin militarizar, se ha visto bajo amenazas de anexión y envuelto en una guerra arancelaria. La hostilidad actual con Estados Unidos plantea interrogantes sobre cómo afronta la nueva realidad la sociedad canadiense y si esta tensión representa realmente algo nuevo en las relaciones bilaterales.
La cruzada arancelaria de Trump ha afectado directamente a Canadá, un país que, aunque cuenta con un marco económico robusto, mantiene una interdependencia enorme con Estados Unidos. Las exportaciones a su vecino del sur representan en torno al 17% del PIB canadiense, lo que convierte cualquier medida proteccionista estadounidense en un golpe significativo para su economía. Pero más allá de los aranceles, las amenazas de anexión han revivido viejos fantasmas históricos, pues esta no es la primera vez que Estados Unidos intenta ocupar territorio canadiense.
La geografía como destino: recursos naturales y posición estratégica
La importancia geopolítica de Canadá en Norteamérica se explica en gran medida por su geografía excepcional. Es el segundo país más grande del mundo, solo por detrás de Rusia, con un territorio donde cabrían 19 Españas, pero habitado por apenas 40 millones de personas. Esta aparente paradoja se debe a que gran parte del país se encuentra en latitudes extremas, con el 70% de sus costas en la región ártica, donde las condiciones climáticas hacen difícil el asentamiento humano.
Sin embargo, lo que Canadá carece en demografía lo compensa con abundantes recursos naturales, que constituyen el verdadero objeto de deseo de Trump. El país alberga las terceras mayores reservas de petróleo del mundo, tras Venezuela y Arabia Saudí, concentradas principalmente en la provincia de Alberta y la zona ártica. Además, posee vastas reservas de gas natural, litio, uranio, cobalto, tierras raras y, crucialmente, enormes recursos hídricos que Estados Unidos necesita para abastecer sus regiones más áridas.
El deshielo del Ártico ha añadido una nueva dimensión estratégica a estos recursos. Trump, a pesar de ser negacionista del cambio climático, no pasa por alto las oportunidades que presenta el agua dulce ártica, que podría transportarse en superpetroleros desde puertos canadienses hasta Estados Unidos. La proximidad de Canadá a Groenlandia —apenas 26 kilómetros— hace que el acceso a estos recursos sea mucho más sencillo desde territorio canadiense que desde Estados Unidos, explicando en parte la insistencia de Trump en convertir a Canadá en el estado 51.
Una independencia tardía
La historia de Canadá como nación independiente es sorprendentemente reciente. Aunque se convirtió en un país totalmente autónomo en 1931, no fue hasta 1982 cuando alcanzó la independencia legislativa completa y el derecho a modificar su propia constitución sin intervención británica. Esta tardía emancipación explica en parte la persistencia de ciertos lazos institucionales con Reino Unido y una identidad nacional que se forjó en contraposición a Estados Unidos.
El precedente histórico de las amenazas actuales de Trump se remonta a los orígenes mismos de Estados Unidos. En 1775, las Trece Colonias invitaron a los canadienses a unirse a su lucha independentista, pero al no recibir respuesta, decidieron invadir Quebec en un intento mal calculado de ganarse su apoyo. Esta invasión fracasó, y cuando Estados Unidos declaró su independencia en 1776, Canadá se mantuvo fiel a la Corona británica, recibiendo además a más de 80.000 leales británicos que huían de la revolución americana.
La retórica utilizada entonces por las colonias estadounidenses presenta similitudes inquietantes con el discurso actual de Trump. En 1776 buscaban hacer de Canadá «la colonia número catorce», utilizando primero instrumentos diplomáticos y presión económica antes de recurrir a la fuerza. El paralelismo con la actual aspiración de convertir a Canadá en el «estado 51» es evidente, incluyendo el uso de aranceles como herramienta de presión, una estrategia que las colonias ya emplearon cuando declararon que no tendrían «intercambio, comercio, tratos o relaciones de ningún tipo» con territorios que no se adhirieran a su causa.
Retos internos y reposicionamiento geopolítico
Paradójicamente, las amenazas de Trump han tenido efectos unificadores en Canadá. En Quebec, tradicionalmente separatista, el porcentaje de personas a favor de la independencia ha caído del 37% al 29% en solo tres meses desde que comenzaron las hostilidades con Estados Unidos. Sin embargo, este renovado nacionalismo canadiense coexiste con preocupantes tendencias reaccionarias, especialmente en materia migratoria.
Por primera vez desde 1998, más de la mitad de los canadienses considera que hay demasiados inmigrantes en su país, una opinión que se extiende por todo el espectro ideológico. Esta percepción ha llevado al gobierno a anunciar reducciones progresivas en el número de inmigrantes aceptados, marcando una ruptura con la tradición histórica de puertas abiertas que caracterizaba a Canadá. El país, donde el 23% de la población es inmigrante, se suma así a la ola reaccionaria global contra la migración.
La hostilidad estadounidense ha obligado también a Canadá a repensar su política exterior y diversificar sus socios comerciales. El acercamiento a China, a pesar de las tensiones pasadas por el caso Huawei y las acusaciones de interferencia electoral, representa un cambio significativo en la estrategia canadiense. Los esfuerzos por eliminar aranceles chinos sobre productos agrícolas y marinos canadienses, junto con el restablecimiento de relaciones con India tras la crisis diplomática de 2023, muestran la determinación de Canadá de reducir su dependencia del mercado estadounidense.
La nueva realidad geopolítica ha despertado a Canadá de su cómoda posición como socio junior de Estados Unidos. Con planes de mayor inversión en defensa, especial atención al Ártico y una diplomacia más diversificada, el país se prepara para un futuro donde ya no puede dar por sentada la estabilidad de su relación con Washington. En este podcast exploramos cómo esta transformación afecta tanto a la identidad canadiense como a su papel en el nuevo orden mundial que emerge.
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