Donald Trump quiere Groenlandia y la quiere ya. El presidente insiste en anexionar la isla a Estados Unidos a lo largo de su mandato, una demanda que no va a llegar a buen puerto pero que habla de la creciente importancia geopolítica del territorio. Groenlandia se proyecta como una pieza fundamental en el futuro del océano Ártico.
Este enclave ártico es precisamente la isla más grande del mundo, con una extensión de más de dos millones de kilómetros cuadrados, equivalentes a cuatro veces España. La mayor parte de Groenlandia se encuentra por encima del círculo polar ártico, por lo que el 80% de su territorio se compone de hielo y glaciares. Sus escasos 56.000 habitantes se agolpan en un puñado de ciudades y pueblos que salpican la costa, especialmente la suroeste, donde el clima es más suave. Es en esa zona donde se encuentra Nuuk, la capital y ciudad más poblada.
Groenlandia es parte de Dinamarca, pero mantiene un estatus de territorio autónomo. Es decir, tiene su propio Gobierno, parlamento, leyes y control sobre su economía y territorio, pero Copenhague posee las competencias de política exterior y defensa. En ese sentido, a pesar de ser parte de Dinamarca, no lo es de la Unión Europea, de la que los groenlandeses decidieron salir en 1985 al ver que el mercado común afectaba a sus derechos de pesca. Sin embargo, Groenlandia sí que forma parte de la OTAN y durante décadas jugó un papel determinante en la estrategia estadounidense de contención a la Unión Soviética desde el polo norte.
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