No, Rusia no quiere invadir Ucrania: así ve Putin la crisis con la OTAN

Los movimientos de tropas en la frontera ucraniana son la respuesta rusa al intento de Ucrania de entrar en la OTAN. Putin no quiere una guerra, pues tendría enormes costes para Rusia, sino presionar para conseguir garantías de la neutralidad ucraniana mostrándose dispuesto a usar la fuerza sin llegar a hacerlo.
GeopolíticaRusia y espacio postsoviético
No, Rusia no quiere invadir Ucrania: así ve Putin la crisis con la OTAN
Fuente: elaboración propia.

Esta funcionalidad está reservada a suscriptores. Suscríbete por solo 5€ al mes.Guardar artículo

Por segunda vez este año ha habido una escalada en las tensiones entre Rusia y Ucrania. En primavera, Putin desplazó tropas cerca de la frontera ucraniana después de criticar al presidente de Estados Unidos, Joe Biden, por incluir en su agenda el conflicto del Donbás, la región ucraniana bajo control de rebeldes prorrusos. Ahora, en noviembre, Rusia ha realizado un nuevo avance táctico hacia la frontera con más de 100.000 efectivos, además de tanques y artillería. El Gobierno ucraniano respondió pidiendo ayuda a Biden, que ha asegurado que si Rusia invade Ucrania, las consecuencias para Moscú serían devastadoras. Pero Putin no quiere una guerra. Su objetivo es evitar la presencia militar occidental en Ucrania, y para ello hará ver que está dispuesto a usar la fuerza si es necesario.

Esta escalada de tensión es diferente y más grave

Estos episodios no son nuevos. Desde la invasión y anexión rusas de la península de Crimea en 2014, las crisis diplomáticas han sido constantes. Además de los movimientos rusos, la OTAN ha reforzado también su presencia en Europa oriental y Ucrania ha mejorado sus sistemas de defensa y su eficacia de combate, anticipándose a posibles ataques rusos. No obstante, esta escalada es diferente a las anteriores. Rusia ha utilizado un estilo muy explícito y directo, opuesto a su discreción habitual. Incluso el tono del Kremlin ha cambiado. En julio, Putin escribió un artículo afirmando que Ucrania y Rusia forman parte de la misma unidad histórica, y en noviembre el Ministerio de Exteriores ruso publicó correspondencia diplomática con Alemania y Francia, algo insólito que rompió por primera vez la confidencialidad entre estos países. 

Al mismo tiempo, desde primavera Putin ha estado pidiendo garantías a la OTAN sobre el cumplimiento de los acuerdos de Minsk. Este compromiso puso fin a la crisis abierta con la invasión de Crimea y se firmó en 2015 por el llamado cuarteto de Normandía: Rusia, Ucrania, Francia y Alemania. Además del alto al fuego y la retirada de armamento, en Minsk se acordó una reforma constitucional para Ucrania que diera autonomía a las provincias de Donetsk y Lugansk, que forman el Donbás, región que Moscú considera de gran importancia estratégica. El Kremlin denuncia que Ucrania incumple estas cláusulas y mantiene su intención de ingresar en la OTAN

Ucrania, una línea roja para el Kremlin 

La presencia militar occidental sobre las fronteras rusas preocupa a Moscú. La OTAN tiene desplegados sistemas antimisiles en Polonia y Rumanía, y podría extenderlos a otros países como los bálticos, que llevan años aumentando sus presupuestos de defensa. Además, Biden ha pasado su primer año en la presidencia insistiendo en la importancia de proteger a Ucrania frente a un ataque ruso. A pesar de no haber aprobado explícitamente la entrada del país en la OTAN, la Casa Blanca emitió un comunicado en septiembre en el que reafirmaba su apoyo a las aspiraciones euroatlánticas de Kiev, incluyendo su derecho a pedir la entrada a la OTAN. Además, el comunicado emitido tras la cumbre de la Alianza en Bruselas del pasado junio reiteró el apoyo de los países miembros al deseo ucraniano de formar parte de la OTAN y aseguró asistencia para garantizar su seguridad. 

La Alianza justifica su postura alegando que Rusia es una amenaza para Europa oriental, dados el movimiento de tropas en la frontera y los intentos rusos de desestabilización interna en estos países. También insisten en que Ucrania es un país soberano que puede decidir libremente sobre su política exterior. Sin embargo, hay división entre los socios: aunque los países del Este apoyen la adhesión ucraniana, Francia y Alemania son más reacios. El presidente francés, Emmanuel Macron, siempre ha defendido un enfoque más amistoso con Rusia, y Berlín bloqueó recientemente un suministro de armas solicitado por Ucrania.

La visión rusa es muy diferente. Rusia considera que necesita una serie de Estados tapón que actúen como un colchón entre sus fronteras y las de la OTAN. Pese a que la Alianza todavía no haya decidido qué encaje dar a Ucrania, la promesa de su membresía ya es una amenaza para el Kremlin, que busca garantías de que esto no ocurrirá. De hecho, una de las propuestas que ha hecho Rusia en esta crisis es firmar un tratado que reparta el este de Europa en zonas de influencia para que la OTAN no se expanda más allá de sus fronteras actuales ni colabore con otros Estados de la antigua Unión Soviética. Si la Alianza se ampliara a Ucrania, podría desplegar allí lanzadores de misiles MK-41 a menos de diez minutos de vuelo de Moscú, o a menos de cinco en caso de misiles hipersónicos. Esto, sumado a la adhesión de catorce Estados a la OTAN desde 1991, muchos de ellos del espacio postsoviético, es percibido en Moscú como una agresión occidental. 

Por eso Rusia intenta tener a Ucrania bajo su influencia, como ya lo está Bielorrusia: teme que pueda unirse a la arquitectura militar occidental, ya sea como miembro de la OTAN o informalmente mediante cooperación militar. Putin busca retomar el poder perdido de la era soviética, y para él es Estados Unidos quien instiga a una guerra expandiendo su influencia y militarizando Europa del Este. Para el Kremlin, Rusia está cercada y sus medidas son puramente defensivas. 

Y dado que Putin no puede forzar a Ucrania a seguir bajo su influencia, al menos quiere que permanezca neutral. El tono de sus exigencias se ha recrudecido recientemente. En su artículo de julio, el líder ruso acusa a Kiev de incumplir los acuerdos de Minsk, pero también denuncia políticas para reescribir la historia ucraniana, generar un sentimiento antirruso en su población y desplazar a la población rusa de su territorio. Además, teme que Ucrania quiera solucionar la guerra del Donbás usando la fuerza para derrotar a los rebeldes prorrusos, algo que debilitaría la posición rusa en la región e incumpliría lo acordado en Minsk sobre conceder más autogobierno a las dos provincias de la región. 

Putin no quiere una guerra

Sin embargo, aunque Rusia sea militarmente capaz de neutralizar las defensas ucranianas, los costes de la invasión serían enormes a nivel militar, económico, comercial y diplomático. Ninguno de sus socios apoyaría la operación, Estados Unidos podría aumentar su apoyo militar a Kiev y, junto a la UE, podrían sancionar a Rusia aún más, perjudicando los intereses comerciales rusos. Por si fuera poco, las sanciones y la pérdida de vidas humanas dañarían la estabilidad interna de Rusia, algo no deseable de cara a 2024, año en que oficialmente acaba el mandato de Putin. 

Por eso el Kremlin no quiere una guerra con Ucrania, sino presionar para disuadir a Ucrania de entrar en la infraestructura militar occidental, ya sea a través de la OTAN o informalmente. Mientras despliega sus tropas en la frontera, Moscú insiste en pedir garantías a la OTAN y a Biden de que Ucrania no entrará en la alianza y reclama la aplicación de los acuerdos de Minsk: retirada de armas pesadas y formaciones armadas extranjeras, autogobierno para el Donbás y restablecimiento de las relaciones socioeconómicas. 

Esta escenificación tan explícita de movimientos de tropas por parte de Rusia forma parte de una estrategia de diplomacia coercitiva: mostrar que se está dispuesto a usar la fuerza aunque no se pretenda usarla. Putin pretende plantear un dilema a Estados Unidos, la OTAN, la UE, el cuarteto de Normandía o el propio Gobierno ucraniano: ceder o enfrentarse a Rusia. Si la presión funciona, alguno de estos actores puede ceder y acordar una salida a la crisis que asegure la neutralidad ucraniana que Rusia busca.

Pero este cálculo de Putin puede fallar. Estados Unidos quizá no ceda, y Ucrania podría seguir insistiendo en entrar la OTAN o lanzar un ataque contra el Donbás. En esos casos Rusia podría recurrir a un ataque militar, pues tiene capacidad suficiente como para realizar operaciones en el Donbás y debilitar la posición ucraniana. De hecho, Kiev ya acusa a Moscú de liderar una guerra proxy en la región usando milicias o mercenarios prorrusos, pero sin utilizar la estructura militar oficial rusa. Con todo, es improbable un ataque total: antes, Moscú lanzaría bombardeos estratégicos o una ofensiva limitada que presione a Estados Unidos y Ucrania a negociar. En el mejor de los casos, Putin podría amenazar con la fuerza sin llegar a usarla, pues su objetivo es persuadir a Biden de volver a los acuerdos de Minsk, no forzar una guerra que tendría altos costes para Rusia. 

Rodrigo Castellanos

Madrid, 1998. Graduado en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid. Interesado en geopolítica, conflictos y análisis político, especialmente en Asia-Pacífico y Europa