Cuando Nixon reclutó a Elvis para su guerra contra las drogas

Los nazis experimentaron con el LSD como suero de la verdad. Años después, la CIA exploró su uso como herramienta de tortura y manipulación social. Sin embargo, este conocido alucinógeno acabó configurando la política prohibicionista contra la droga impulsada por el presidente Nixon. Lo cuenta el periodista alemán Normal Ohler en su libro ‘Un viaje alucinógeno: Los nazis, la CIA y las drogas psicodélicas’ (Editorial Crítica), del que publicamos este extracto.
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Cuando Nixon reclutó a Elvis para su guerra contra las drogas
Richard Nixon recibe a Elvis Presley en la Casa Blanca en diciembre de 1970. Fuente: Wikimedia

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Cuanto más sangrienta se volvía la guerra de Vietnam y más intensas eran las manifestaciones en su contra, más se recrudecía la represión por parte del Estado. Las cárceles se llenaron. Timothy Leary fue condenado a treinta años (!) de prisión por la posesión de una pequeña cantidad de cannabis que los agentes de control fronterizo habían encontrado en la ropa interior de su esposa.

También hubo ingresos en centros penitenciarios de máxima seguridad por posesión de LSD. En Suiza, Albert Hofmann recibía cada vez más cartas procedentes de cárceles estadounidenses. La otrora niña de sus ojos hacía tiempo que se había convertido en un hijo problemático. Un político de Washington dijo que el LSD suponía «una amenaza mayor para el país que la guerra de Vietnam».

El presidente Lyndon B. Johnson se sumó al alarmismo y en 1968 denunció ante el Congreso que «estos polvos y píldoras amenazan la salud, la vitalidad y la autoestima de nuestra nación». No se refería a los psicofármacos, medicamentos ansiolíticos o antidepresivos con fuertes efectos secundarios que se vendían masivamente en las farmacias y drugstores de todo el país, sino a las sustancias psicodélicas que habían sido prohibidas, y su consumo, declarado un acto criminal. El LSD había dividido a la sociedad estadounidense. 

En este agitado contexto, Richard Nixon fue elegido presidente en noviembre de 1968. En el transcurso de su mandato demostraría cuánta energía criminal albergaba en su interior ordenando el allanamiento de las oficinas de campaña de sus rivales demócratas, lo que desembocó en el escándalo Watergate y en su posterior dimisión. Resumió su concepto del bien y del mal con esta sucinta frase: «Si lo hace el presidente, no es ilegal».

Timothy Leary anunció en 1969 que se presentaba a las elecciones para gobernador de California — cargo ocupado entonces por Ronald Reagan— con la canción de John Lennon «Come toghether» como himno de campaña. Leary, cuya condena anterior había sido anulada por errores procesales, fue juzgado de nuevo por posesión de una pequeña cantidad de cannabis y sentenciado a una pena de veinte años. Esta vez sí tuvo que ingresar en prisión, lo que lo inhabilitó para concurrir a las elecciones. 

En 1971 Nixon hizo de la lucha contra los estupefacientes una prioridad nacional y, continuando la labor emprendida por Harry J. Anslinger, ideó un programa gubernamental de gran alcance y ejecutable a nivel internacional: la “Guerra contra las Drogas”. Basado en los principios de «erradicar, prohibir y encarcelar», el programa lleva gastados hasta nuestros días más de un billón de dólares de los contribuyentes estadounidenses y ha hecho que las cárceles se llenen hasta los topes, que florezca una mafia mundial de la droga y que aumente constantemente el consumo no regulado de drogas en todo el mundo. Tras su jubilación, el asesor de Nixon en política interior John Ehrlichmann resumió así los esfuerzos del presidente: 

Teníamos dos enemigos: la izquierda antibelicista y los negros. Sabíamos que no podíamos ilegalizar el hecho de estar en contra de la guerra o de ser negro, pero si conseguíamos que la opinión pública relacionara a los hippies con la marihuana y a los negros con la heroína, y luego criminalizábamos con fuerza las dos sustancias, podríamos desestabilizar a ambos grupos. Podríamos arrestar a sus líderes, entrar en sus domicilios, disolver sus reuniones y vilipendiarlos noche tras noche en los telediarios. ¿Sabíamos que estábamos mintiendo acerca de las drogas? Por supuesto que sí.

En su campaña antidroga, Nixon recibió el apoyo nada menos que de Elvis Presley, quien poco antes de las navidades de 1970 hizo una visita sorpresa a su «admirado presidente». Unos días antes, desde su asiento de primera clase a bordo de un avión de American Airlines, «el Rey del Rock» había escrito, con letra temblorosa debido a la ingesta de psicofármacos, una carta a la Casa Blanca. En ella expresaba su preocupación por el futuro de Estados Unidos a causa de «la cultura de la droga, los elementos hippies, […] los Panteras Negras, etc.», y se mostraba dispuesto a ejercer activamente de agente encubierto antidroga, para lo cual solicitaba que lo nombraran «federal agent at large», es decir, agente federal por libre.

Para subrayar su idoneidad para el puesto, Elvis señaló que había «estudiado a fondo el consumo abusivo de drogas y las técnicas comunistas de lavado de cerebro». Además, recordó que había sido elegido «uno de los diez jóvenes más sobresalientes de Estados Unidos». En la posdata a su misiva, que calificó de «privada y confidencial», «el Rey» no dudó en asegurar al presidente: «Creo que usted, señor, también es uno de los diez hombres más sobresalientes de América». 

Tales palabras debieron halagar a Nixon, ya que accedió a la petición de Elvis y lo invitó a acudir al Despacho Oval. El secretario de citas del presidente tampoco se mostró muy contrario a que el encuentro tuviera lugar: «Si el Presidente quiere reunirse con jóvenes inteligentes fuera del Gobierno — concluía el informe interno de la Casa Blanca—, Presley podría ser perfecto para empezar». Al lado de esta última frase, otro de los asesores de Nixon añadió de su puño y letra: «You must be kidding» («Debes estar de broma»). Los archivos no dejan claro si el comentario se refería a la supuesta juventud de Presley — quien por entonces ya tenía treinta y cinco años— o a lo de «inteligente». 

La extraña reunión comenzó a las 12.30 horas del 21 de diciembre de 1970. Elvis llevaba gafas de sol de aviador con los cristales tintados de ámbar, traje morado, un ancho cinturón dorado sobre su pronunciada barriga y chaqueta de terciopelo oscuro. Obsequió al presidente con un revólver Colt 45 de la segunda guerra mundial, una pieza de coleccionista, en una caja de madera tallada a mano. El Rey fue rápidamente al grano y expresó su convicción de que los Beatles «favorecen profundamente el espíritu antiamericano». Según él, los de Liverpool habían «llegado al país para forrarse, después volvieron a Inglaterra y proclamaron allí sus tesis antiamericanas». 

Nixon miró la cara hinchada del veterano rockero y asintió. «Los usuarios de las drogas — confirmó el presidente— son también los que encabezan la crítica antiamericana. Violencia, consumo de drogas, disidencia, protesta… Todo esto viene siempre del mismo grupo de gente joven.» 

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Portada del libro, publicado en España por Crítica.

Elvis coincidió y, según consta en el informe de la Casa Blanca, «indicó al Presidente de una forma muy emotiva que estaba “de su lado”». También recalcó su deseo de contribuir a restaurar el respeto por la bandera estadounidense: 

—Solo soy un chico pobre de Tennessee. He recibido mucho de mi país, y ahora me gustaría devolverle algo. Puedo ir directamente a un grupo de hippies y hacer que me acepten, y eso podría ser útil para mi campaña contra las drogas. ¿Me darían una insignia para ello? Colecciono insignias, ¿sabe? 

Nixon miró a Elvis, pensativo. 

—Pediré a mi gente que se encargue de ello — le prometió—. Tú solo asegúrate de no perder tu credibilidad. 

—¿A qué se refiere? —preguntó Elvis. 

En lugar de responder, Nixon le sugirió que grabara una canción antidroga. Se le ocurrió que el título fuera «Get High on Life» («Colócate con la vida»). Antes del encuentro, Nixon había sido informado del potencial que tendría una canción propagandística de ese estilo, ya que «cada familia americana media tiene cuatro aparatos de radio [y] el 98 % de los jóvenes de entre doce y diecisiete años escuchan la radio».

El presidente propuso que Elvis grabara la canción que devolvería a los jóvenes al buen camino en la Narcotic Farm de Lexington, la misma institución en la que los internos, principalmente negros, habían sido utilizados como cobayas humanas. «No subestimes la influencia de la televisión», le dijo Nixon a Elvis. Sus asesores también le habían informado sobre este punto: «Entre el momento en que un niño nace y termina la escuela secundaria, se calcula que ve entre 15.000 y 20.000 horas de televisión. Es más tiempo del que pasa en las aulas. Podemos empezar por ahí».

Elvis miró a Nixon, emocionado. No hizo ningún comentario sobre la canción propuesta, pero, «con un gesto sorprendente y espontáneo, rodeó al presidente con su brazo izquierdo y lo abrazó». Volvió a decirle: 

—Soy un gran defensor de su trabajo. 

—Asegúrate de conservar tu credibilidad —repitió Nixon, que se zafó del abrazo de Elvis y le estrechó la mano a modo de despedida. 

Apenas seis años y medio después, cuando apenas tenía cuarenta y dos, Elvis Presley murió en Graceland, su finca de Memphis, Tennessee, mientras hacía de vientre en el cuarto de baño. Había pasado por dos curas de rehabilitación y un tratamiento con metadona, pero seguía siendo adicto a las pastillas y sufría de polifarmacia, es decir, tomaba una cantidad excesiva de medicamentos diferentes. En los ocho primeros meses de 1977, el año de su muerte, su médico — que tras la muerte de su paciente más famoso perdería la licencia para ejercer— le había recetado más de diez mil dosis de sedantes, anfetaminas, antidepresivos y opiáceos como la codeína: un total de más de cuarenta pastillas diarias. Cuando se le practicó la autopsia, se detectaron más de catorce medicamentos distintos en su sangre. Los psicofármacos que le habían recetado a lo largo de los años le habían provocado un estreñimiento crónico grave que obligaba al cantante, depresivo agudo, a esforzarse tanto en el retrete que su aorta abdominal se comprimió fatalmente y la sangre le dejó de llegar al corazón. 

Todas estas pastillas eran preparados legales de empresas farmacéuticas internacionales. Durante sus dos procesos de rehabilitación, Elvis, en estado aletargado a medida que se acercaba al final, nunca fue tratado con sustancias psicodélicas para curarle de su adicción a las pastillas, porque precisamente esas sustancias habían sido prohibidas por Nixon y formaban parte de la cultura de la droga contra la que Elvis quería hacer algo. Y al hacerlo perdió algo más que su credibilidad.

Norman Ohler

Periodista alemán, ha sido corresponsal en Ramala, Palestina. Galardonado novelista, también ha escrito guiones cinematográficos. La editorial Crítica ha publicado, además, 'El gran delirio. Hitler, drogas y el III Reich' (2016), y 'Los infiltrados. La historia de los amantes que guiaron a la resistencia alemana' (2021).