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El Holocausto, de la indefinición al negacionismo

El Holocausto, de la indefinición al negacionismo
Auschwitz. Fuente: Pexels.

El antisemitismo siempre ha jugado un papel destacado en la Historia. Tras la creación del Estado de Israel, ha surgido un controvertido debate entre historiadores sobre las pruebas históricas del Holocausto nazi durante la II Guerra Mundial y si fueron o no manipuladas para legitimar la existencia del “régimen sionista”.

El Holocausto nazi es uno de los genocidios mejor documentados de la Historia universal contemporánea. En palabras del historiador Ian Kershaw, explicarlo obliga a estirar hasta los límites la tarea principal del historiador: “proveer explicaciones racionales a desarrollos históricos complejos”. El simple hecho de preguntarse cómo es posible que un Estado moderno próspero y económicamente avanzado fuera capaz de consumar su odio asesinando a todo un pueblo oculta elevadas dosis de emociones difíciles de manejar. La falta de rigor y el corsé religioso-cultural de algunos investigadores y estudiosos hacen de este un asunto difícilmente analizable mediante una explicación histórica que pretenda ceñirse a la sucesión de hechos probados durante la II Guerra Mundial.

Debido a las discrepancias entre los historiadores, en la actualidad persisten dos debates fundamentales en torno al Holocausto. El primero trata la existencia de la “solución final”, es decir, si hubo un programa amplio y deliberado para exterminar a los judíos desde los inicios del régimen nazi, así como el grado de implicación de Hitler en este plan. Mientras que esta discusión es esencialmente historicista, existe otro debate mucho más controvertido sobre la propia existencia del Holocausto. Independientemente de las diversas interpretaciones acerca de lo que experimentaron los judíos hace 75 años en el continente europeo, lo más perturbador es que hoy en día vuelven a reproducirse hechos similares en otros lugares del mundo: el apartheid que sufren los rohinyás de Myanmar, las matanzas genocidas de civiles en Sudán del Sur o la persecución de yazidíes en Irak son solo algunos ejemplos de barbarie del inalienable lobo hobbesiano que es el ser humano.

Del mito de la conspiración a la operación genocida

El Holocausto plantea un problema especial con raíces en el antisemitismo que ha pervivido durante siglos en nuestra Historia. Se calcula que murieron entre cinco y seis millones de judíos bajo el régimen nazi, más de la mitad de los judíos que habitaban en Europa. Pero los judíos constituían la tercera parte del total de víctimas. Otros grupos perseguidos fueron los aproximadamente 10.000 discapacitados y reclusos en hospitales psiquiátricos que perecieron entre gases, los 50.000 varones homosexuales condenados por los tribunales —entre 5.000 y 15.000 acabarían en los campos de concentración—, 220.000 gitanos que corrieron la misma suerte que los judíos y los prisioneros de guerra y civiles procedentes de países de Europa Oriental, especialmente Polonia, Yugoslavia y la Unión Soviética. Aunque es casi imposible saber con certeza el número exacto de víctimas debido a la falta de testimonios de quienes murieron y documentos claves de contabilidad, como los censos de los campos de concentración, existen estudios bastante detallados que justifican las cifras aproximadas y los tipos de colectivos que los nazis buscaban exterminar.

El colectivo más perjudicado por el Holocausto nazi fueron los judíos, seguidos por los soviéticos —entre ellos, más de un millón eran a su vez judíos—, civiles procedentes de otros países de Europa del Este y otros colectivos odiados por los nazis, como los discapacitados, los gitanos, los homosexuales o los testigos de Jehová. Fuente: El País

El colectivo con mayor número de víctimas mortales, los judíos, constituía un pueblo que no era, sin embargo, una nación beligerante. Ni siquiera era un grupo étnico claramente definido; vivía esparcido por toda Europa con muy poco en común, salvo su afiliación religiosa. Esta historia de odio hacia los judíos pasa por la creencia de que son conspiradores con el objetivo de arrasar la humanidad para después dominarla. Los orígenes del “odio prolongado” se remontan al siglo II d. C., cuando los líderes de la jerarquía cristiana europea apuntalaron ideas que señalaban a todos los judíos como responsables de la crucifixión de Jesucristo; la destrucción del templo por parte de los romanos era un castigo tanto por sus transgresiones pasadas como por su rechazo a convertirse a la cristiandad. Paulatinamente, la sociedad comenzó a considerarlos seres misteriosos relacionados con la figura del anticristo, dotados de poderes siniestros, en una convulsa época en la que las jerarquías cristiana y judía competían por captar partidarios de la otra. Hacia el siglo XII, se los acusó por primera vez de asesinar a niños cristianos, de torturar la hostia consagrada y de envenenar los pozos. Aunque papas y obispos condenaban estos bulos, el bajo clero siguió propagándolos hasta que llegaron a gozar de cierta credibilidad entre los laicos.

Para ampliar: El mito de la conspiración judía mundial, Norman Cohn, 1966

En la época contemporánea, se extendieron Los protocolos de los sabios de Sion, una publicación antisemita ampliamente distribuida en el mundo en la que se postulaba la existencia de un Gobierno judío secreto que tenía alcance a una red mundial de organizaciones camufladas para controlar diversos Gobiernos, la prensa y la opinión pública, los bancos y la marcha de la economía internacional para conseguir finalmente su propósito de dominar el mundo entero. Este antisemitismo se extendería hasta la Alemania de entreguerras y llevaría a los nazis a la persecución y el exterminio de los judíos, pero ya era palpable desde inicios de la década de los 20, cuando Hitler escribía en Mi lucha:

“El judío no fue jamás un nómada, es un parásito en el cuerpo de otras naciones. […] Si en ocasiones abandonó su esfera de vida no quiere decir que lo hiciese voluntariamente, sino como consecuencia de ser repetidamente expulsado de los países de cuya hospitalidad había abusado. ¡Su propagación misma en todos los rincones de la Tierra es un fenómeno típico común a todos los parásitos! El judío se halla permanentemente en busca de nuevos suelos en los que nutrir a su raza”.

A pesar de los numerosos estudios en torno al Holocausto, no hay un acuerdo sobre la verdadera intención del régimen nazi en cuanto a la “cuestión judía” ni está claro el papel que jugó Hitler en la puesta en marcha de la “solución final. A este respecto, existen dos interpretaciones. Por una parte, nos encontramos con el enfoque intencionalista, que considera a Hitler el principal responsable de la matanza masiva de judíos, pues argumenta que ya desde el inicio de su ascenso al poder luchó seriamente por poner en marcha la aniquilación física total. Este enfoque se adapta al concepto de totalitarismo, una doctrina en la que el Estado y la sociedad se coordinan para ejecutar los deseos del Führer, el indiscutible amo del Tercer Reich. Los historiadores que defienden esta interpretación tienden a demostrar que la misión de “extirpar el cáncer judío” proviene de una de las alucinaciones de Hitler mientras se recuperaba del envenenamiento con gas mostaza en Pasewalk hacia finales de la I Guerra Mundial; ya en Mi lucha escribía que tal vez “un millón de vidas alemanas se habrían salvado si 12.000 o 15.000 judíos hubieran sido eliminados con gas venenoso durante la guerra o al comienzo de ella”.

Por otra parte, el enfoque estructuralista pone el acento en la manera improvisada y no planificada de exterminar a los judíos como consecuencia de una inevitable escalada de radicalización debido a los numerosos problemas administrativos del régimen a partir de 1941. Estos historiadores sostienen que no pudo haber una orden formal del Führer para la “solución final de la cuestión judía”, sino que el programa de exterminio se desplegó más bien de forma paulatina en los niveles institucionales tras el inesperado fracaso de la Operación Barbarroja y la incapacidad de gestionar las deportaciones de tantos judíos. Debido a este cúmulo de dificultades, se comenzaron a tomar decisiones locales para exterminar a los judíos, iniciativas que más tarde contarán con el visto bueno de la élite nazi. De esa manera, la responsabilidad moral se extiende por toda la estructura burocrática, grupos y agencias del régimen nazi, más allá del Führer mismo.

Sea como fuere, la mayoría de los historiadores coinciden en que no están en debate ni la responsabilidad moral de Hitler ni su permanente odio personal por los judíos, dos aspectos de esencial importancia para el sistema nazi en general y el desarrollo de su política antisemita en particular.

Las víctimas del Holocausto fueron deportadas por medio del ferrocarril a campos de exterminio ubicados en Polonia, ocupada entre 1942 y 1945. Aunque se les decía que iban a ser trasladadas a campos de trabajo, en realidad iban directamente a morir. Fuente: USHMM

El borrado de la Historia

Tras la II Guerra Mundial, libros como Mi lucha fueron prohibidos en muchos países —Alemania incluida— con la intención de mostrar su rechazo a las tesis defendidas en ellos. No obstante, ocultar datos sobre la Historia no hace más que crear falsos mitos. Y precisamente en este ambiente místico surge la corriente revisionista, también conocida como negacionismo del Holocausto, que pretende demostrar que el genocidio nazi no existió o que, por lo menos, no alcanzó unas dimensiones tan desorbitadas. Así, intenta convencer al público de que “la fantasía del Holocausto” no fue más que una conspiración llevada a cabo por los judíos para impulsar la creación del Estado de Israel y obtener importantes ventajas financieras, por lo que realmente fue Alemania la verdadera víctima de la II Guerra Mundial. Según los negacionistas, los nazis no asesinaron a seis millones de judíos, las cámaras de gas son un mito y cualquier muerte de judíos durante el nazismo fue el resultado de la carestía de la guerra, no de una persecución sistemática y un asesinato masivo organizado por el Estado. Algunos incluso afirman, sin ningún tipo de fundamento histórico, que Hitler fue un buen amigo de los judíos en Alemania y que trabajó activamente para protegerlos.

Para ampliar: “Denying the Holocaust”, Deborah Lipstadt en BBC, 2011

Aunque parezca una corriente con bases históricas poco consolidadas, es un fenómeno que comienza a florecer a partir de los años 90 debido fundamentalmente a dos factores: la desaparición gradual de los supervivientes por envejecimiento o enfermedad y el derrumbamiento del comunismo en Europa central y oriental, con la consiguiente tendencia a reescribir aquellas partes de la Historia “manipuladas” por estos regímenes, algo de lo que los negacionistas se aprovecharon para “presentar nuevos hechos históricos desconocidos hasta ahora”.

Uno de los aspectos más controvertidos del debate es la duda sobre la autenticidad del Diario de Ana Frank o la de los documentos que contenían información precisa sobre la muerte de toda una lista desglosada con nombres de adultos y niños. Según los negacionistas más rotundos, estos documentos fueron falsificados tras la guerra por personas que trabajaban para la comunidad judía internacional. Sin embargo, eran unos documentos bastante difíciles de falsificar: contaban con complejas marcas de referencia internas y tenían la misma tipografía de las máquinas de escribir usadas por los nazis. No solo es un escenario poco probable, sino que tampoco sabemos por qué estos supuestos falsificadores tan talentosos no fueron capaces de producir el único documento clave que los negacionistas alegan como prueba de que el Holocausto no ocurrió: la orden de Hitler para proceder con la aniquilación de todos los judíos en su territorio.

Otra teoría conspirativa postula que los judíos “supuestamente asesinados” bajo el régimen nazi en realidad sobrevivieron a la guerra y huyeron a lugares como la Unión Soviética o Estados Unidos. Según sostienen los negacionistas, en estos países había tantos judíos que nadie notó un par de millones más. Para darle sentido a esta teoría, se argumenta que estos judíos no reestablecieron el contacto con sus familiares porque querían escapar de sus matrimonios y prefirieron establecer nuevos socios para comenzar una vida mejor, con lo que nunca corrigieron los registros civiles. El problema es que existen descubrimientos que ponen en duda esta teoría. Por ejemplo, algunos historiadores sostienen que los nazis inicialmente utilizaron autobuses de gas para asesinar a sus víctimas, una práctica que finalmente fue abandonada por su ineficiencia. Este hecho es demostrable gracias a numerosas cartas intercambiadas entre altos cargos de las SS en las que se abordaban temas como “el problema de la maniobrabilidad fuera de la carretera” o la necesidad de reducir el “área de carga” para que la operación fuera más eficiente. Ante la dificultad para explicar esta correspondencia, los negacionistas tienden a ignorarla.

También niegan que Auschwitz fuera un campo de exterminio. A pesar de las pruebas documentales y físicas y de los testimonios de perpetradores y víctimas, claman que las cámaras de gas del campo eran realmente refugios antiaéreos. En realidad, estos habitáculos parecen demasiado pequeños para ser refugios y se hallaban a más de un kilómetro de donde estaban acantonados los guardias. Además, las puertas tenían una rejilla de metal sobre la mirilla en el interior de la puerta —para proteger el vidrio de roturas desde el interior—, exactamente al revés de donde estaría si fuera la puerta de un refugio antiaéreo.

Generalmente, el perfil de quienes niegan el Holocausto corresponde a un grupo reducido de historiadores y activistas políticos que, si bien presentan diferencias en su agenda revisionista, comparten un profundo antisemitismo, su simpatía hacia el fascismo y su intención de “promover la lucha contra la conspiración judía mundial”. Uno de los representantes más conocidos del negacionismo es David Irving, que solía gozar de cierto prestigio como historiador hasta que perdió un juicio contra Deborah Lipstadt, acusada de difamación por describir a Irving en sus libros como un negacionista del Holocausto. Otros ejemplos conocidos son David Duke, defensor de la segregación racial y exlíder del Ku Klux Klan, o Nick Griffin, exlíder del Partido Nacional Británico. Pero no todos los negacionistas pertenecen a la ultraderecha; también nos encontramos con el expresidente iraní Mahmud Ahmadineyad o célebres militantes de la izquierda como Roger Garaudy.

La instrumentalización de la barbarie

Los testimonios dados por los perpetradores durante la celebración de sus juicios, los antiguos campos de exterminio convertidos en museos y los numerosos documentos de la época que referenciaban las barbaries nazis son más que suficientes para dar crédito a los historiadores que trabajan duro por reconstruir los hechos de la II Guerra Mundial. No obstante, instrumentalizar estas atrocidades puede tener un interesante potencial.

Aunque los negacionistas sean criticados por numerosos historiadores y jueces por justificar argumentos “perversos y atroces”, no es tan fácil desmontar su aserción sobre la existencia de una “industria del Holocausto”. Máxime cuando el Holocausto se ha presentado como un arma ideológica tan útil para convertir en víctima a “una de las potencias militares más temibles del mundo, con un espantoso historial en el campo de los derechos humanos”.

Tras la guerra de los Seis Días, el Holocausto se convirtió en un escudo defensivo para desviar las críticas dirigidas contra Israel. Algunos sionistas justifican las violaciones del Derecho internacional cometidas por el Gobierno israelí como actos emanados del derecho a defenderse ante el miedo a “un segundo Holocausto”. Esta argumentación juega con un sentimiento que acentúa la singularidad del sufrimiento del pueblo judío, lo que a su vez los hacen sentir merecedores de una recompensa justa tras siglos de padecimiento y exclusión social.

Para ampliar: La industria del Holocausto: reflexiones sobre la explotación del sufrimiento judío, Norman Finkelstein, 2002

La memoria del Holocausto pervive no solo en los museos y en las clases de Historia, sino también en los actos que muchos países celebran el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Sin embargo, en muchos casos el homenaje no es desinteresado y contribuye al propósito de convencer al público internacional de que los valores e intereses sionistas son legítimos y están justificados. Los detalles históricos pormenorizados sobre el Holocausto siguen sin esclarecerse; aunque haya quienes se aprovechan de este tema candente en su propio beneficio, otros investigan con la verdadera vocación de desenterrar la realidad.

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