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Cuando pensamos en artistas visuales, lo común es pensar en nombres masculinos. El problema no es que no hayan existido “mujeres artistas”, sino que el relato las ha dejado fuera. Las pocas que lograron reconocimiento en su tiempo fueron ignoradas en los libros, condenadas a ver sus obras ocultas en los almacenes o directamente atribuidas a sus compañeros varones.
En los últimos años, el mundo del arte ha volcado sus esfuerzos en rescatar a las artistas que la historia condenó al olvido. Pero, aunque valioso, el trabajo de escarbar en el pasado para hacer una lista que demuestre que las mujeres siempre han estado ahí, no ayuda a romper con el sistema que las excluyó de ser “grandes creadoras” y que, en cierta medida, sigue haciéndolo. Como ya advirtió la historiadora del arte estadounidense Linda Nochlin en su célebre ensayo de 1971, el mismo que da nombre a este artículo, la pregunta no es si hubo grandes mujeres artistas, sino qué impidió que fueran reconocidas como tal.
Nos quieren como musas, nos temen como artistas
La primera vez que escuché el término “buenismo de género” fue en referencia a la salida de una pintura a exposición en el Museo del Prado. Se trataba de El Cid, un majestuoso retrato de un león inmortalizado por Rosa Bonheur. Ya en el siglo XIX, la pintora francesa fue considerada como una maestra del género animalière —pinturas protagonizadas por animales—, cosechando éxitos hasta el punto de que se llegó a comercializar una muñeca con su apariencia.
Estábamos en 2019, el museo celebraba su bicentenario, y en sus salas sólo podían verse diez obras firmadas por siete pintoras, una cifra ínfima entre las 1.700 obras que la institución tenía en exposición. Las críticas no tardaron. El principal argumento era una supuesta ausencia de calidad y la llamada “inclusión forzada”. Ese razonamiento sólo dejaba ver un profundo desconocimiento: esta misma obra premió a la artista con la Gran Cruz de Isabel la Católica, mérito que sólo era accesible para los más...
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