Cuando pensamos en artistas visuales, lo común es pensar en nombres masculinos. El problema no es que no hayan existido “mujeres artistas”, sino que el relato las ha dejado fuera. Las pocas que lograron reconocimiento en su tiempo fueron ignoradas en los libros, condenadas a ver sus obras ocultas en los almacenes o directamente atribuidas a sus compañeros varones.
En los últimos años, el mundo del arte ha volcado sus esfuerzos en rescatar a las artistas que la historia condenó al olvido. Pero, aunque valioso, el trabajo de escarbar en el pasado para hacer una lista que demuestre que las mujeres siempre han estado ahí, no ayuda a romper con el sistema que las excluyó de ser “grandes creadoras” y que, en cierta medida, sigue haciéndolo. Como ya advirtió la historiadora del arte estadounidense Linda Nochlin en su célebre ensayo de 1971, el mismo que da nombre a este artículo, la pregunta no es si hubo grandes mujeres artistas, sino qué impidió que fueran reconocidas como tal.
Nos quieren como musas, nos temen como artistas
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