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En medio de la crisis de seguridad que azota a América Latina, el presidente salvadoreño Nayib Bukele se ha convertido en un éxito que casi llega al 90% de aprobación en su país. Sus políticas lo han aupado como el líder más popular de la región, según el último Latinobarómetro, y no pocos ansían un Bukele local en sus Gobiernos. Alguien que combata la criminalidad con el mismo éxito que la represión contra las maras en El Salvador. Y muchos políticos han visto en esos reclamos una vía para ganar adeptos o llegar al poder.
Hay múltiples ejemplos. En Honduras y Guatemala, vecinos de El Salvador con problemas de violencia similares, la presidenta Xiomara Castro y la excandidata Sandra Torres han aludido al método Bukele para combatir los asesinatos y extorsiones. A la ola también se han subido el anarcocapitalista Javier Milei en Argentina, el excandidato ultraderechista José Antonio Kast en Chile o figuras del uribismo en Colombia. Pero estas promesas, que anteponen la seguridad por encima de todo, han salido adelante por lo concreto del caso salvadoreño y a costa de una ruptura democrática que otros países no pueden permitirse.
Una respuesta a la crisis de violencia regional
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