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La esperanza de vida en el mundo

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Cada vez vivimos más años. En tan solo una década, la esperanza de vida media al nacer ha aumentado tres puntos, situándose en 2016 en los 72 años. La reducción de la mortalidad infantil y los continuos avances de la medicina cada vez se lo ponen más difícil a la muerte, aunque el país de nacimiento sigue siendo clave en los años de vida estimados al nacer.

Según los datos del Instituto de Estadística de la Unesco de 2016, la diferencia entre nacer en Japón, el país cuyos ciudadanos son más longevos, y Sierra Leona, el caso opuesto, es de 32 años. No se trata de una disparidad aislada, pues Europa y los países asiáticos con un Estado del bienestar más asentado, como Japón, Singapur o Corea del Sur, ocupan los primeros puestos en la clasificación mundial, mientras que África es la región con los registros más alarmantes. De hecho, los 17 únicos países cuya esperanza de vida se situaba por debajo de los 60 años en 2016 pertenecían al continente africano, mientras que las 32 naciones peor clasificadas en la lista global también eran africanas.

En el lado opuesto sobresalen los casos de Japón, Suiza y España, los países que cuentan con una mayor esperanza de vida al nacer de media. Sin embargo, el orden está llamado a alterarse en los años venideros, según un estudio de la Universidad de Washington de 2018. En 2040, España se convertirá en la nación con la mayor esperanza de vida del mundo, con 85,8 años de media. Teniendo en cuenta que en 2016 el promedio era de 83,3, el aumento de 2,5 años se traducirá en un incremento diario de casi dos horas en la vida de los españoles. Detrás de este crecimiento está, por un lado, la dieta mediterránea y, por otro, el buen desempeño de su sanidad, que contrarrestará en buena medida los mayores riesgos para la salud del futuro: el consumo de tabaco y alcohol, los niveles elevados de glucosa en sangre, la hipertensión arterial y el sobrepeso. Sin embargo, estas mejoras en la esperanza de vida también conllevan retos: el envejecimiento de la población reduce la capacidad productiva y la sostenibilidad de las economías y, por extensión, de sus propios sistemas de bienestar.

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