El mundo actual está marcado a nivel simbólico por un evento que supuso una ruptura evidente con la era anterior: la caída del Muro de Berlín. Este hecho es tomado por la historiografía como el inicio de una nueva época, denominada por parte de los académicos como mundo actual, aunque no sin críticas. Y es que el colapso de la URSS no significó el fin de la historia.
La caída del Muro de Berlín supuso el principio del fin de la Guerra Fría, y dio carpetazo a la división del mundo en dos bloques antagónicos, lo cual, unido al auge de internet, las nuevas tecnologías y la globalización, originó un mundo con unas reglas completamente diferentes a las que había habido hasta entonces y en el cual seguimos viviendo.
La desaparición del muro y de la propia Alemania Oriental llevó a la reunificación alemana, que pasó de ser una de las potencias económicas de Europa occidental a la potencia hegemónica del continente europeo, y que dejó de ser un país volcado al Atlántico para tener también intereses en Europa central y del este. También supuso el golpe de gracia a la Unión Soviética, que se acabó desmembrando poco después.
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En 1992 la Unión Europea aprobaba el Tratado de Maastricht, que sentaba las bases de una auténtica unión política y monetaria en Europa, y cuyas ambiciones cruzaban los escombros del Telón de Acero. En América Latina, el fin de la dictadura de Pinochet cerró la anterior etapa y fue un fin simbólico a la década perdida, al igual que el fin del apartheid en Sudáfrica.
El nuevo mundo tenía una única potencia hegemónica, Estados Unidos, y un único modelo triunfal, el capitalismo liberal. Pero también surgieron contestatarios a finales de los noventa. Con fuerte influencia cubana nació la revolución bolivariana en Venezuela, que después saltaría a Nicaragua, Bolivia o Ecuador. China, por su parte, se abrió al mundo, especialmente a partir de la adhesión de Hong Kong bajo el ...